"¡Por fin!", dijo Alberto Manguel, director de la Biblioteca Nacional cuando, en el piso tres, los periodistas citados lo vieron llegar: barba blanca, traje pulcro, corbata roja y su voz grave característica que anunciaba el rescate de libros valiosísimos que permanecían en "lugares malsanos y lleno de bichos".
Se refería a lo que ahora guardan las vitrinas de la Sala del Tesoro: el material de solo una de las cajas de la enorme biblioteca que Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo compusieron durante años. Su destino era el olvido hasta que en febrero de 2017 se pusieron de acuerdo herederos y donantes, vendedores y compradores, para que los 10 lotes de 33 cajas cada uno, que suman un total aproximado de 17 mil ejemplares, queden en manos de la Biblioteca Nacional, es decir, de todos los argentinos. Lo cual sucedió en septiembre del año pasado y, tras un arduo trabajo al cuidado de Ernesto Montequín, de organización del librero Alberto Casares y de investigación de Germán Álvarez y Laura Rosato, se empezó a desempolvar historias escondidas, las primeras, que son apenas la punta del hilo en un ovillo gigante.

Un libro no es sólo un libro. Una vez que se abre, se lee, se subraya o se le hace anotaciones ya deja de ser ese objeto inanimado, virginal, impreso matemáticamente a máquina y aplastado entre dos tapas. Un libro es también una biografía, la conexión entre destinos y destinatarios, sus ideas en conflicto. "Todos estos objetos testimonian las amistades literarias", dijo Juan Pablo Canala, otro de los investigadores y lectores de esta biblioteca, que se encargó de relatar el contenido de cada libro en las vitrinas.
Estas son apenas algunas de todas esas historias que salieron de la biblioteca del matrimonio de escritores.

Un amor sin fondo
Entre Silvina Ocampo y Alejandra Pizarnik había algo. Meses antes del suicidio, en enero de 1972, Pizarnik le escribe una carta donde le dice —según narra Alberto Giordano en La intimidad de un hombre simple: los escritos autobiográficos de Adolfo Bioy Casares (Cahiers de LI.RI.CO, 2006)— que la ama "sin fondo" y que querría tenerla desnuda a su lado leyéndole un poema. ¿Sabría Bioy Casares de este romance lésbico y (quizás) infiel?
Entre los libros expuestos ahora en la vitrina de la Biblioteca Nacional está un regalo de Alejandra a su amiga: una edición en francés de El muerto de Georges Bataille de 1967 —texto erótico, con cierta oscuridad— lleno de anotaciones y subrayados en lápiz y lapicera verde. Esto es acompañado con una carta, posiblemente de 1972, donde Silvina le responde: "Qué horrible libro. Me da miedo tenerlo en mi cuarto", pero le reconoce que "es lindo conocer cosas repugnantes".

Otro regalo encontrado es un ejemplar de Extracción de la piedra de la locura de Pizarnik, publicado en 1968. Allí hay un collage hecho con papel glasé metalizado, una especie de mandala primitivo, que en su epígrafe, arriba, dice: "Retrato imaginario de una mínima partecita del pensamiento invisible de Silvina (las roturas son adrede)".
Otro regalo, esta vez al matrimonio, es un libro de Antonin Artaud traducido por Pizarnik y Antonio López Crespo. En la dedicatoria, pone: "A Silvina y Adolfito este poquito de Artaud tan grande Artaud que los merece a ustedes dos. Entrañablemente Alejandra", y ese "Adolfito", esa complicidad cariñosa, quizás delate el consentimiento de este romance femenino.
Bioy anti micrófonos
Cuando Bioy Casares ganó el Premio Cervantes en 1990 todos acusaron un gran merecimiento. Ya era hora, ¿cuándo sino? Si bien le costaba dar conferencias —de hecho odiaba hacerlo: se sentía banal frente al micrófono—, finalmente tuvo que hacerlo ante las autoridades del premio, el más prestigioso de habla hispana, en la Universidad de Alcalá de Henares.
Es gracioso verlo en el video subiendo al estrado, temeroso y con nervios más que evidentes. Se seca los labios con la mano, desdobla los papeles —tarda más de lo normal— y, cuando quiere sacar los anteojos del bolsillo delantero del saco, se le cae el pañuelo. Luego un breve tartamudeo: esa noche no lo pasó bien. Él mismo lo escribió en su biografía de Borges: a su amigo le envidiaba la ceguera porque, al dar discursos, podía pensar directamente lo que iba diciendo sin problema alguno.

Entre los objetos que recuperó la Biblioteca, hay una carta de Gabriel García Márquez fechada el 28 de junio de 1991, meses después de que recibiera el Cervantes. Allí lo que le escribe es confuso por tratarse de temas que se resguardan en su complicidad. "Querido Adolfo, mi asombro por tu resistencia descomunal ante los embates de once discursos, me hizo pensar que una cena inolvidable no lo sería menos porque terminara antes de los postres". No sabemos de qué cena el escritor colombiano se fue antes de tiempo, antes de los postres. Lo que sí sabemos es que en algo ambos coincidían: a Bioy no le gustaba dar discursos y a García Márquez no le apetecía escucharlos.
Posibles errores físicos
La amistad entre Ernesto Sabato y Silvina Ocampo y su esposo es más que estrecha. Cuando el escritor rojense publicó Tres glosas en 1942 les envió un ejemplar a ambos. Allí los califica como "altos poetas" en un diseño y caligrafía que bien podría utilizarse como flyer de Facebook, concluyendo con una cita de Groucho Marx. Esa amistad les dio pie para inmiscuirse en los procesos creativos del otro y hacerse todo tipo de recomendaciones ya que, desde luego, se enviaban los manuscritos antes de publicarlos. La opinión de los amigos es clave.
"Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro. El verano se adelantó". Así comienza una de las mejores novelas de la literatura argentina del siglo XX: La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares, ciencia ficción surrealista. Sabato, que además de escritor era Doctor en Ciencias Físicas y Matemáticas por la Universidad Nacional de La Plata, le envió algunas observaciones. Sentía que allí existían cuestiones a reveer.
El manuscrito que apareció en la biblioteca del matrimonio de escritores cuenta con fragmentos de Eduardo González Lanuza y Henry James, y dice, con letra rápida y desgastada por los años ya que está escrita con lápiz, que encontró "posibles errores físicos de la invención".


Las historias siguen destilándose, quizás sólo falte reconstruirlas. En estos 30 libros que ya están en la Biblioteca Nacional, hay uno de Chesterton donde Borges le hizo varios dibujos caricaturescos en sus hojas. También libros de Silvina Ocampo, como Viaje olvidado (1937) que está viciado de anotaciones en los márgenes que le sirvieron a ella misma para corregir una edición que salió años más tarde. Se encontró un dibujo de la escritora pintado a lápiz con varios colores. "Fue un gran pintora y dibujante. Quizás este sea el comienzo de una muestra futura", comentó Manguel para luego referirse al proyecto de generar en la vieja Biblioteca Nacional, la que funciona en la calle México, "el núcleo de una galaxia de investigaciones sobre Borges" porque "de alguna manera todos estamos bajo la sombra del gran escritor bibliotecario".
Los materiales expuestos aún no están abiertos al público. La tarea de investigación y catalogación sigue. "Esto da para cien exposiciones", concluyó el director de la Biblioteca Nacional. Los 17 mil libros de la biblioteca de Bioy Casares y Ocampo seguirán hablando, diciendo cosas, develando historias, ramificando significados. Eso es lo que hacen los libros: nunca dejan de tener sentido.
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