"Me casé de por vida y le soy fiel. Hay una unión extra humana" dice sobre su vínculo con la música el prestigioso pianista argentino que lleva más de 5000 conciertos alrededor del mundo.

"Tuve uno solo en mi vida a los 5 años, donde no tuve nervios. Porque no tenía ninguna mochila con prestigio atrás", recuerda Bruno Gelber que deslumbrará esta noche en el Teatro Colón con el Concierto nº 21 de Mozart y explica cómo es la previa a una presentación: "Concentración, rezos, y elevarse lo máximo para ser digno de lo que vas a tocar. Uno interpreta los genios en inspiración divina, para ser digno de eso hay que estar elevado uno mismo".

—¿Cuándo se dio cuenta que era digno de eso?

—En estado fetal, fui parido en el hogar justo

—No había otra posibilidad.

—Mamá profesora, papá en el Colón y yo en el vientre sintiendo todas las vibraciones musicales. No salí tocando porque no podía, pero realmente con un gran frenesí de amor por la música.

—Y en estos más de 5.000 conciertos ¿nunca tuvo la fantasía de dejarlo?

—Jamás. Yo me casé, hice un casamiento como los actuales con este señor de cola negra, larga, y dientes blancos y negros que me sonríe todos los días. Me casé por vida y le soy fiel. Hay una unión extra humana.

—Nunca quiso dedicarse a otra cosa.

—Nunca me quise divorciar, no. Amo lo que hago. En la vida venimos para brindarnos. Tengo ese talento y puedo hacerlo con placer, porque trabajar para algo con placer no es difícil. Aunque te mates, te matás con placer. Y yo lo hago, estudio, porque tenemos tres partes: tenemos la parte intelectual, la parte física y la parte emocional. En la parte física hay que entrenarse como un deportista.

—Y en el recorrido para triunfar, sin esfuerzo, sin constancia y sin método más allá del talento, del oído absoluto, no se puede.

—Oído absoluto no es indispensable. Lo que más importa es la vocación. Y también focalizarse, cosa que hoy día está muy difícil, y sobre todo para los jóvenes, que adoro, pero es tan dada la vida que hay con las máquinas y con todas las distracciones modernas que es difícil focalizarse en una cosa.

—Ya que hablamos de jóvenes, ¿cómo se los acerca a la música clásica?

—Esa es una tarea que debería ser hecha de una manera muy inteligente. Cuando era chico íbamos a conciertos en el Colón absolutamente gratuitos. Hay que ponerles figuras conocidas como se hace con la otra. Hay que quitar lo que les molesta a los jóvenes, lo armado, lo fastuoso, todo lo que le gustaba a mí generación, a los chicos les gusta lo que es más natural, más casual.

—Hay un prejuicio con la música clásica ¿Por qué algunos opinan que solamente es para gente con un poder adquisitivo o social medio alto?

—Es mentira porque se hacen las mismas obras en otras funciones. Lo que pasa es que el Colón es el Colón y va a ser siempre el Colón aunque le pongas quien le pongas. No hay que estigmatizarse pensando que le gusta a la gente culta nada más y de un cierto medio social. Hay que saber digitar la música clásica, hay que acercar. Yo si hubiera tenido hijos hubiera acercado un teclado, me parece divertido para el chico.

—¿Le hubiera gustado tener hijos?

—Mis hijos son mis conciertos y mis alumnos. Yo estuve viajando sin parar 57 años y es muy lindo pero está lleno, lleno, lleno de problemas también. A un chico hubiera querido dedicarle la vida, porque me enternecen y me encantan, pero decidí darle la vida a la esencia de los grandes genios.

—Teniendo la posibilidad de elegir dónde vivir y dónde realizarse profesionalmente ¿hoy por qué elige vivir en la Argentina?

—Porque soy profundamente argentino, adoro Argentina. Viste que no te hablo con acento, hay gente que se va seis meses y vuelve con acento. He vivido 25 años en París frente a Chanel y he vivido 27 años en Mónaco y este año cumplo 50 años que voy a Japón. Si junto todo he pasado más de 2 años en Japón. ¿Para mí sabés cómo es el mundo? Como un libro que le vas dando vuelta las páginas y cambia todo de golpe.

—¿Siente diferencia con el público argentino?

—¿Vos sabés lo que tiene el público argentino? Tiene la mezcla de esa cosa maravillosa que es escuchar con amor y al mismo tiempo expresando con gran fuerza su entusiasmo y concentrandose para sentir el mensaje de la música porque los públicos muchas veces, los que son muy doctos no son muy expresivos en el aplauso y los que a veces son muy, muy cariñosos saben menos.

—¿Qué pasó con la fan alemana?

—¿Cuál de ellas?

—Una que lo acosaba, lo perseguía.

—Tuve no una, tuve varias. Yo soy una persona muy honesta y no creo ser realmente el personaje para obsesionar a alguien. Pero esta chica estaba obsesionada conmigo, me escribía cartas y empezó a esperarme en los hoteles y a querer entrar en mi cuarto. Yo viajaba con un empleado, Luis, que adoraba. Estábamos en una ciudad que se llama Bamberg y no nos podían dar dos cuartos seguidos, estábamos uno en cada punta del corredor. Entonces él vino, me desvistió del concierto que había dado y se fue. Y yo en la cama con mi pijama, estaba en ese momento lindo justo antes de dormirte, y siento (Golpes). Yo digo: "Luis, qué se olvidó." No me contestan. "Luis, déjese de…" "¡It´s me!", me dice a mi. Fue como un rayo que me pasaba por la columna vertebral, me pegué un susto. Le dije en inglés que si no se iba llamaba a la policía. No sé cómo la iba a llamar porque el teléfono después de las 12 estaba cortado. Era una ciudad chica. Y se fue. Y yo que soy muy miedoso, porque no tengo mucha defensa personal físicamente, empujé una mesa, empujé otra cosa hasta que no se podía abrir la puerta. Y ahí me pude dormir.

—¿No apareció nunca más?

—¡Siempre! Sigue viniendo.

—¿No le da miedo?

—No es agresiva. Eso no fue lo peor. Vino una que quería casarse conmigo acá desde Alemania y se suicidó.

—¿Vino a la Argentina?

—Sí, y yo hablé con el cónsul que me hizo entender que no estaba para ocuparse de mis affaires sentimentales. Recorría la calle donde yo vivía de noche con una bolsa con los discos y otra con las fotos.

—¿Cómo terminó?

—Ella muerta.

—Que fuerte.

—Sí. Tuve una sensación de culpa muy grande, que no tenía por qué tener porque no la conocía. Pero cuando veo gente, porque hay gente que te llega y no solamente niñas, te llegan a veces señores emocionados hasta las lágrimas que no pueden hablar, no soy yo, es lo que transmito, lo que interpreto. Es muy increíblemente satisfactorio el hecho de que alguien esté emocionado a ese punto. Pero yo me guardo un poquito, porque tengo ganas de tener cuidado para no tener problemas.

—¿Qué le ha dado la música?

—Toda la felicidad del mundo, y yo le he dado mi vida como dice Mirtha Legrand. Realmente no creo que haya algo que me emocione tanto como la música. Es un verdadero amor.

—¿Siente que la música lo salvó?

—Yo tuve polio a los 7 años y por la fuerza de las cosas estuve mucho más dedicado que si hubiera tenido las dos piernas sanas.

—Sus padres en ese momento lo ayudaron.

—Mi madre fue perfecta porque en esa época no había tanta conciencia de cómo educar, si educás con el corazón va. Yo estudiaba debajo de mi piano, tuvieron la idea de sacar la lira, donde están los pedales del piano de cola y empujaban la cama debajo del piano. Estudiaba así y el progreso era ponerme un almohadón más de tanto en tanto para poder incorporarme.

—Eso fue un año.

—Un año, sí. Pero fui feliz porque lo único que le pregunté a mi madre fue: "¿Esta vez no es como siempre?", porque era un chico que tenía todas las cosas que tienen los chicos. y me dice: "Esta vez es más difícil." Yo digo: "¿No voy a poder caminar nunca más?" Y me dice: "No se sabe." Me dijo la verdad. Y yo digo: "El piano voy a poder tocar". Y me dice: "Eso seguro." Y nada menos seguro.

—¿Le importaba más poder tocar el piano que caminar en ese momento?

—Sí, me sigue, me sigue importando más.

—Hoy con el resultado es claro, pero a los 7 años no.

—Cuando nacés con ese frenesí de amor por algo, ese palpitar frente a algo, yo tenía las sinfonías de Beethoven en una reducción para dos manos y las tocaba como podía porque me producían un placer enorme. Mamá me contaba que una vez ellos volvían de haber salido con mi padre y yo estaba tocando la Séptima de Beethoven en un gran crescendo que hay y dice que estaba tan colorado que me tuvieron que parar porque tenían miedo que me desmayara.

—¿Hace cuánto no pasa un día sin tocar el piano?

—Nunca. Salvo cuando estoy en el avión, cuando paso 28 horas en el avión para ir a Japón. Gozamos pero está muy lejos.

—En tierra no hay un día que no haya tocado el piano.

—No, nunca, porque es lo único que me equilibra totalmente.

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