Por Natalia Blanc

Me encantan las guías de autor. Siempre me fascinaron esos diarios de viaje, con datos útiles y recomendaciones de los sitios que no habría que perderse en una ciudad: esos cafés, bodegones, teatros, librerías, bibliotecas, ferias, mercados que uno le sugeriría visitar a sus amigos.
También soy lectora rigurosa de las publicaciones de festivales como el Bafici y el FIBA donde los colegas que vieron gran cantidad de películas, en un caso, y obras de teatro, en el otro, comentan cuáles vale la pena no dejar pasar y por qué: qué tiene ese film o espectáculo en particular que probablemente vaya a cautivar mi sensibilidad.
Es que, ya lo sabemos, es imposible ver y leer todo lo que circula. Ni siquiera, creo, es posible ver y leer una parte de lo que nos parece de antemano que nos podría interesar. La oferta es enorme, el tiempo queda corto y más de una vez nos hemos ensartado con un título ganchero o una sinopsis que prometía.

Eso mismo sucede con la literatura infantil: cada vez hay más y mejor producción de libros para chicos, medianos y adolescentes. De las escasas librerías especializadas y un par de estantes en las grandes cadenas con todo mezclado, nos encontramos hoy en el país con sellos boutiques exquisitos, sectores especiales con el material a la vista y al alcance de las manos de los chicos para que puedan elegir, ferias independientes, librerías virtuales con excelentes catálogos, bibliotecas bien surtidas, festivales y muchos vendedores (no todos, es cierto) que conocen los libros, los leyeron e imaginan un lector potencial.
Así, sumando mi fascinación de siempre por las guías de autor y mi trabajo como periodista cultural centrado en los últimos años en LIJ, más un fuerte y necesario impulso de un Secretario de Redacción de La Nación, donde trabajo desde 2007, surgió un proyecto que ya se volvió realidad: un libro sobre libros para chicos, una guía para adultos interesados en regalar libros infantiles pero que no saben qué elegir entre todo lo que hay.
Ahora, con La vuelta al mundo en 101 libros chicos, que publicó Planeta en abril. En mis manos, todavía persiste una duda inicial: ¿le interesará a alguien comprar un libro sobre libros? ¿Se sumarán los lectores al viaje alrededor del maravilloso mundo de la literatura infantil para tomar el rol de guías en la construcción del camino lector de los que recién comienzan a leer?
Mientras se revela esa incógnita, voy recibiendo algunas señales que me llenan de orgullo y alegría: un profesor de secundario que todos los años lidera un proyecto literario con sus alumnos de tercero les propuso hace unas semanas trabajar con mi libro en clase. Creó un juego / desafío a partir de lo que yo propongo como recurso en el libro: ir armando una mapa. una red, de lecturas propias a partir de determinados títulos que conocen o que están leyendo.

Los pibes subieron la apuesta: están armando un mapa gigante, una especie de mural, con los 101 libros destacados de mi libro y los recorridos de lectura posibles que se arman a partir de cada uno. Y algo más, que me conmueve: como la mayoría de los libros que destaco son para lectores iniciales, ellos se los leen a los nenes de la primaria. Una experiencia de lectura compartida en el ámbito de la escuela que surgió de manera espontánea a partir de mi trabajo.
Aunque no me había imaginado algo así, esa es la meta: difundir los libros para chicos que me parecen excelentes y muy buenos y darlos a conocer a los que no saben que existen o no tienen quién los guíe. Me propuse recomendarlos como cuando lo hago con amigos y familiares, que siempre me preguntan qué le pueden regalar a un chico de tal edad, tales intereses y experiencias de vida. Porque, estoy segura, esa es la clave: encontrar los libros adecuados para cada lector y abrir la puerta para que ellos comprueben si les gustó o no, por qué, qué más hizo ese autor o ilustrador, qué otras opciones tienen.
La selección de los 101 libros (y los que se vinculan con cada uno) fue un trabajo intenso que duró más de seis meses. Con la biblioteca desordenada y el escritorio revuelto y colmado de pilas y catálogos, fui armando un índice posible e imaginando las constelaciones que se armaban entre títulos y autores.
Leí, releí, elegí, reemplacé, dudé y pedí consejos: a chicos lectores que conozco y a los que saben del tema. A editores, libreros y autores. Ellos me ayudaron a despejar dudas y a asumir el riesgo de equivocarme. El cuaderno con el que empecé la lista quedó lleno de tachaduras, flechas y notas. El escritorio sigue repleto de libros y papeles y mi biblioteca, más amplia, pero todavía revuelta.
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