Llega solo, tranquilo; se lo ve relajado y cordial incluso en este fin de diciembre agobiante en temperaturas y en noticias. Jorge Telerman (Buenos Aires, 1956) es una figura conocida de la política desde el regreso de la democracia. Pasó por cargos de diferente espesor, algunos de ellos de alto nivel diplomático como cuando fue embajador en Cuba, a fines de los 90 y otros de alto rango político, como cuando debió ocupar el sillón de Jefe de Gobierno porteño, luego del juicio político que terminó con la destitución de Aníbal Ibarra por la tragedia de Cromañón. Su nombre está indisolublemente asociado al mundo de la cultura, por los diferentes roles que fue ocupando a lo largo del tiempo y también por su lugar como empresario.  Hoy ejerce su cargo de director del Complejo de teatros de Buenos Aires y hace muy poquito acaban de nombrarlo a la cabeza de un flamante Consejo de Cultura porteño, lo que no sería en sí sorprendente salvo por un detalle: Telerman viene del peronismo y el partido que gobierna la Ciudad de Buenos Aires desde el 2007 es el PRO.

En esta entrevista en el estudio de Infobae TV, Telerman habló de los proyectos culturales, de su cercanía en términos de ideas para la Ciudad con el jefe de Gobierno Horacio Rodríguez Larreta, más allá de los diferentes recorridos políticos,  y también habló de las debilidades y lo que advierte como falta de consensos básicos en la nueva dirigencia. Además, reflexionó sobre la violencia, sobre la fortaleza de la democracia argentina y también sobre el presente de su partido de origen. "Hay partidos políticos y fuerzas políticas que desaparecen. Pero desaparecen sobre todo si no encuentran un lugar de representación en la sociedad, con ideas y con mujeres y hombres que puedan liderar. Eso me parece que hoy, sin duda, está en entredicho dentro de esa otra gran fuerza política que tiene la Argentina que es el peronismo", dijo. Lo que sigue es la reconstrucción de una charla frondosa y con grandes definiciones.

— Repasando su trayectoria, uno puede ver la cantidad de años que hace que usted está en la política pero también en la función pública, de distinta manera, local, internacional, diplomacia, prensa…

— Docencia.

— Docencia. Prensa de todo tipo, vocerías y también prensa escrita. Es decir, se puede ver cuánto hace que está en la escena pública, no solo en la función pública. ¿Cuántos años son?

— En la escena pública de alguna manera casi siempre porque si uno incluye en la escena pública la actividad social, la militancia política… Y luego la escena pública propiamente dicha trabajando para las políticas públicas. Soy parte de una generación que siempre ha creído y se formó creyendo que uno no estaba del todo acabado como ser humano si no tenía no solamente un compromiso sino una práctica colectiva, ya sea en su participación en organizaciones estudiantiles, en fuerzas políticas, o en actividades solidarias, hoy llamado tercer sector. Y también la participación pública: la política en mi generación era parte indisoluble, al menos para una parte importante de mi generación, no de toda, de aquello que nos terminaba de convertir en seres humanos, en integrantes de una sociedad. Me parece que como extensión de eso mi vocación por la política y por lo público ha encontrado desde muy jovencito un cauce. Y me parece que tampoco es llamativo en ese sentido que las actividades privadas por así decirlo, que también me interesaban y estaban en parte de mi vocación, de alguna manera tenían que ver también con lo público como el periodismo. El periodismo también es una forma de participar de una manera muy activa y muy central también en la construcción colectiva de una sociedad en la discusión pública.

— O como La Trastienda, un espacio de espectáculos…

— De espectáculos, de encuentros, de cosas que en una época -cuando se fundó- no sucedían en otros lugares. Y pensar eso, pensar en que aquello que sucede colectivamente tiene siempre un plus tan fuerte en cualquier época. Y a mí me parece mucho más en épocas como esta, cuando muchos estamos preocupados por las formas tan tensas de relacionarse entre las personas. No solamente en la Argentina es una época de cambio y transformación con algunas aristas  bastante violentas. Pero en aquellas manifestaciones vinculadas con la actividad artística y cultural todavía sigue obrando ese milagro maravilloso de compartir con otros, con decenas, con cientos o con miles. Allí, el disfrute o la participación o el efecto que esa acción artística produce en ese colectivo lo hace sin tomar diferencias ni de sector social, ni de ideas políticas. Uno ve una obra de teatro sentado con otras mil personas de distintos sectores sociales, unos votaron al peronismo, otros votaron al PRO, otros votaron a la izquierda, otros no votan, otros son antisistema, y sin embargo frente al hecho artístico, frente al hecho público, frente al hecho masivo, si reparáramos un poquito más nos daríamos cuenta que hay tantísimas cosas que nos pertenecen a todos, que nos igualan y en las que nos parecemos. Y quizás ese podría ser un camino, la participación pública y mucho más en cuestiones vinculadas a lo cultural, que nos aflojaran, nos ablandaran y nos permitieran tener vínculos interpersonales más fluidos, más amorosos.  

— Sin embargo la llamada grieta también llegó al ambiente cultural de una manera fuerte en los últimos años. Hubo pérdidas de relaciones importantes, hubo fisuras importantísimas en las relaciones humanas. Y en su caso se da la paradoja de que usted, proviniendo del peronismo, está con una función muy importante como director de los teatros de la Ciudad y ahora a la cabeza de un consejo flamante de Cultura en un gobierno del PRO. 

— Más allá de lo que hablábamos recién sobre una vocación pública, es una vocación pública que por supuesto está situada. Cuando el jefe de Gobierno, Horacio Rodríguez Larreta, me convocó para esta posición para mí tan rica y que tanto me entusiasma no solamente me sentí honrado sino que me parece que estábamos llevando a la práctica la posibilidad de generar espacios de encuentro donde, más allá de los recorridos políticos, de las trayectorias políticas, pudiéramos aplicarnos a algo que estamos convencidos que es importante para el bien común como en este caso las políticas culturales. Pero no solamente porque esa convocatoria me ha honrado y en relación a los valores que yo sé que tiene Horacio sino porque también en muchas cosas de su visión sobre la Ciudad me siento identificado. Tengo un gran aprecio personal por Horacio y comparto su visión sobre la Ciudad, una visión sobre el espacio público y no solamente aspectos culturales. Pero también me parece de vital importancia que seamos capaces, cuando ejercemos la función pública, de convocar a quienes más allá de las coincidencias partidarias podamos crear coincidencias que hagan realmente posible que las políticas públicas representen como tienen que ser y en un campo tan sensible como el cultural al espectro más amplio posible. Y en ese sentido ojalá mi actividad como responsable del Consejo, pero sobre todo ahora como responsable del Complejo Teatral, de los teatros públicos, me esté permitiendo eso, que lo que suceda allí suceda porque creemos, el ministro, yo y quienes implementamos estas políticas, que tienen valores, representan la diversidad de gustos de una sociedad, representan la diversidad de género de los artistas.

 

— Jorge, yo todo eso lo entiendo y lo comparto, pero la pregunta es: alguien tan ideologizado históricamente como usted, ¿no hay algún momento de cortocircuito en relación con las ideas? Más allá de que usted tenga todos los atributos técnicos para estar en el lugar en el que está. Ahí es donde sorprende porque en la Argentina uno no está acostumbrado…

— Sin duda, no está acostumbrado, me parece que es una buena costumbre. Pero por eso le decía, más allá de los aspectos técnicos también yo me siento cómodo perteneciendo con una responsabilidad así a un espacio que tiene un jefe de Gobierno con el que también acuerdo en muchas cosas. Hay una visión sobre la Ciudad, el interés y el cuidado del espacio público, el nivel de modernización que se está implementando en tantas áreas, una concepción en relación con obras de infraestructura que hacían mucha falta en la Ciudad de Buenos Aires, que eran parte en muchísimos casos de mis acciones cuando fui jefe de Gobierno o de mis propuestas cuando fui candidato y me parecería absolutamente cínico de mi parte decir que esas no son cosas buenas cuando siempre las he defendido. Así que me parece una virtud del lado de Horacio de convocar a gente que tiene distinta trayectoria política. Y ojalá en algún momento esto comience a ser algo más habitual en la práctica porque hay una sociedad que pide que se produzcan acuerdos básicos. Es decir, cuando estas cosas suceden deberíamos celebrarlas. No quiero hacer un aviso parroquial pero cuando me tocó gobernar la Ciudad hace diez años, invité institucionalmente a distintas fuerzas políticas a participar del gobierno. Era un caso que lo requería porque se venía de una crisis muy grande, una crisis política con un juicio político y destitución de un jefe de gobierno. Pero, además, porque creo en eso, me parece muy bien que nos habituemos a convivir y trabajar con quienes compartimos un universo de valores aunque no compartamos trayectorias políticas o posiciones políticas.

La función pública no está para darse gustos personales ni para fortalecer narcisismos ni vanidades personales sino para cumplir un servicio y para cumplir una misión

— ¿Alguien lo llamó traidor?

— No, no, me llaman de distintas maneras (risas). He podido desplegar una serie de actividades con un equipo que me acompaña hace mucho tiempo y me parece que las cosas allí están saliendo bastante bien en los teatros públicos, en el San Martín y en el resto de los teatros. Y las acciones de una mujer, de un hombre público, están sometidas a un escrutinio permanente por parte de la sociedad. Uno debe escuchar y hacer las correcciones, y están las explicaciones que uno tiene que dar porque es una persona pública pero tampoco hay que estar tan preocupado por la opinión que se pueda tener sobre uno mismo porque la función pública no está para darse gustos personales ni para fortalecer narcisismos ni vanidades personales sino para cumplir un servicio y para cumplir una misión. Si uno está convencido, como en mi caso y como es el caso de las mujeres y los hombres que me acompañan, que estamos haciendo bien las cosas, que la actividad de los teatros públicos en la Ciudad de Buenos Aires está brillando y se lo ve en la respuesta del público, y se lo ve en la cantidad de obras y de artistas que participan, eso es lo suficientemente fuerte como para dar las discusiones que eso requiere dar pero también para poner las cosas en su lugar. La gente opina pero también opinan en lo que más me interesa que acerca de si están bien o mal las cosas en cómo están funcionando los teatros públicos. Los teatros públicos son la programación pero también cumplen un rol fundamental en términos de desarrollo de una sociedad, de la creación de ciudadanía, del lugar de encuentro, de formas de pertenencia. La actividad cultural en general y la teatral en particular juegan un rol muy importante en sociedades como la nuestra que han sido afortunadamente siempre muy curiosas, con expectativas en términos de creación y de consumo de bienes culturales. Creo que la Argentina y la Ciudad de Buenos Aires en particular está a nivel de cualquiera de las grandes capitales del mundo en términos de lo que produce pero sobre todo en términos de un pueblo muy abierto, muy curioso, con muchas ganas de estar al tanto de lo que sucede, muy abierto, acá puede haber desde una ópera contemporánea hasta un cantante pop híper comercial y vas a encontrar público para todo, para manifestaciones de artes visuales de experimentación, para las grandes colecciones que afortunadamente también nos están visitando últimamente. Y participar en eso me da una gran satisfacción y ojalá sea juzgado por eso. 

— Hay buenas fotos para juzgarlo también porque le ha tocado estar en lugares de estreno importante o de inauguraciones y reinauguraciones importantes. Inauguraciones como la Usina o como el Museo del Mar en Mar del Plata. Reinauguraciones como la del Teatro San Martín. Estaría faltando el Alvear.

— Estos días seguramente tendremos alguna novedad acerca de cuándo podría comenzar la obra. Es una obra de nueve meses aproximadamente.

— ¿Qué la demoró?

— Prioridades. Digo, nuevamente, cuando hablábamos de algunas cosas que también podría decir que están fuera de la cultura y con las que me siento identificado de este gobierno, tiene un nivel de inversión en infraestructura, y hablo ahora por ejemplo específicamente de infraestructura cultural, muy importante. Menciono algunas pero hace pocas semanas se reinauguró el Museo Sívori con una obra fantástica, otras más pequeñas pero también importantísimas como la casa de Carlos Gardel. El viernes estuve en la reinauguración del Museo del Cine, que quedó formidable. Ya empezó la obra del Museo de Arte Moderno que duplica la superficie, lo va a convertir creo en el museo más importante de toda la Argentina con una superficie casi similar a la que tiene el Bellas Artes. Hay una inversión en infraestructura cultural muy importante. Y por supuesto dejé para lo último pero no por ello menos importante la reapertura gloriosa que tuvo el Teatro San Martín. Así que la buena noticia es que hay una inversión en infraestructura que hace que más rápido -el Centro Cultural Recoleta también entra en obras- más temprano que tarde, y yo creo que es en los próximos meses, también le llega al Alvear. Con el mismo criterio que hicimos el San Martín. El San Martín ya tenía sesenta años, necesitaba no solamente un refresh como se dice ahora sino una intervención edilicia y escenotécnica. Hoy tiene lo más moderno y lo más actual que hay en plaza. Lo que se haga en el Alvear va a ser así también. Falta definir qué día comienza, pero yo creo que en las próximas semanas tendremos novedades.

— Estamos hablando de Buenos Aires como gran capital cultural, y usted habla con mucha satisfacción de lo que ya hay, al mismo tiempo va a encabezar este Consejo Cultural novedoso. ¿Qué nos falta?

— Algo que Enrique Avogadro, el nuevo y gran ministro de Cultura que tiene la Ciudad ha mencionado y también hemos hablado: la cultura en la Ciudad de Buenos Aires es una unidad potentísima independientemente de quién la ejecuta, si el sector público, el sector independiente, que también la Ciudad de Buenos Aires tiene este anillo, este círculo virtuoso fantástico de la producción independiente. Tenemos la pública, la comercial como casi todo el mundo y además una independiente como pocas capitales en el mundo. Bueno, que cada vez más creo que deberíamos ver la posibilidad de pensar en su conjunto esa producción cultural y de qué forma creamos puentes concretos entre el sector público, el sector comercial y el sector privado para potenciar más la actividad cultural de la Ciudad de Buenos Aires. Potenciar más la actividad cultural de la Ciudad de Buenos Aires porque sabemos los beneficios en términos individuales y colectivos que trae, por los beneficios que trae para el desarrollo pero también los beneficios a nivel económico y productivo. Hoy las actividades culturales, las industrias culturales, como se las llama las industrias creativas, como se las quiera llamar, en la Ciudad de Buenos Aires son alrededor del diez por ciento de su producto bruto, de su ocupación de mano de obra y con una potencialidad formidable. Entonces un Consejo donde estén representados el sector público, el sector privado, el sector independiente, de las distintas actividades que tiene el campo de la cultura, que esté también representado el sector académico, que pueda pensar de qué manera potenciamos la actividad cultural de la Ciudad de Buenos Aires, en qué zonas fortalecer. Un Consejo que no solamente sea consultivo sino que con su acción y su palabra promueva acciones concretas y específicas llevadas a cabo sin dudas por parte del Ministerio y las distintas áreas que tiene el Ministerio, que pueda pensar de qué manera mejorar aún más las posibilidades de mercado en la actividad cultural que es central. Lo importante es que garanticemos el derecho al acceso a los bienes culturales por parte de la población. Y esos bienes culturales son tanto los que ofrece el Estado como los que ofrece el privado y los que ofrece el sector independiente. Y pensar también el mundo como un mercado en donde la actividad cultural argentina puede seguir creciendo y brillando, con participación en los festivales internacionales. 

— Veníamos hablando antes de tantos años en la escena pública, tantos años en la función pública y en la política. Usted estuvo muy cerca de personalidades de la política como Antonio Cafiero.

— Sí.

— En los últimos tiempos hay una crítica importante a la clase política acerca de las figuras o por la falta de figuras en la clase política. Me gustaría una opinión sobre eso.

— Sí, además hace pocos días se cumplió una de las fechas me parece centrales de la consolidación de la democracia en la Argentina que fue la asunción de Cafiero como gobernador de la provincia de Buenos Aires y en donde tuve el honor de participar y también, fue una rara ocasión en la que yo creía que durante unas semanas iba a prestarle un servicio a Antonio Cafiero, que lo acompañé en la actividad de comunicación, y él mismo me dijo "sí Jorgito, venga una semana, va a ver que de esto no se va más". Efectivamente comenzó en el 85, 86, hace algún tiempito. Me parece que ese tipo de figuras centrales en la recuperación de la democracia no son las que hoy uno encuentra con mayor frecuencia. No hay que rasgarse las vestiduras, es un fenómeno general, no solamente de la Argentina, la crisis de representación política, en fin, el mundo en general, Occidente…

— No me lo diga tan rápido, por favor: quiero saber realmente qué piensa en relación a la crisis de representación acá en la Argentina.

— Que más que añorar lo que no tenemos es ver la manera de encontrar lo nuevo. Hay una necesidad de nuestras sociedades de encontrar nuevos liderazgos. La crisis política, que llegó después del 2001 a algunas fuerzas políticas, terminó ahora de llegar a todos. Para decirlo claramente, hoy el peronismo, que es la otra gran fuerza política en la Argentina, vive en medio de una crisis no solamente producto de la derrota electoral del 2015 o las derrotas posteriores sino una derrota que ojalá pueda permitir una reflexión acerca de su razón de ser. Ningún partido político cuando nace tiene asegurada una vida eterna. Hay partidos políticos y fuerzas políticas que desaparecen. Pero desaparecen sobre todo si no encuentran un lugar de representación en la sociedad, con ideas y con mujeres y hombres que puedan liderar. Eso me parece que hoy sin duda está en entredicho dentro de esa otra gran fuerza política que tiene la Argentina que es el peronismo. Y no va a encontrarlo solamente mirando hacia atrás. Mirando hacia atrás uno puede encontrar esas figuras en el caso del peronismo, el caso de Antonio Cafiero. En el caso del radicalismo, Raúl Alfonsín. Pero viene bien esa mirada en la medida que no sea una mirada melancólica, de decir ay, todo tiempo pasado fue mejor, ya no vamos a ser nunca así, no. Yo creo que sirve en todo caso mirar para decir: "de esto también somos capaces". Somos capaces como fuimos capaces en un momento de generar un sistema político sólido. Cuando Antonio Cafiero cruza la plaza… para los más jóvenes: en 1986 hubo intentos de golpes de Estado porque recién estábamos en los primeros años de la democracia e históricamente cuando a un partido político las Fuerzas Armadas le hacían un conato de golpe, la otra fuerza política se juntaba a los militares para aprovechar la circunstancia. Eso, que lamentablemente fue parte de nuestra historia, para los más jóvenes les digo que en 1986 obra el milagro y eso no sucede, la oposición peronista dice el único valor a tutelar de la dirigencia es la democracia y en esta nos tienen a todos juntos. Bueno, eso, que no fue solamente un símbolo, esas acciones generadas por unos líderes son aquellos que entendieron la época y cuál era su razón de ser, en ese momento era consolidar la democracia y entender que había una serie de valores y de acciones que tenían que estar más allá de la discusión. Me parece que eso es lo que hoy todavía no hemos encontrado, cuál es el corpus de ideas, de acciones, de convicciones, que deberían estar más allá de la discusión para la construcción de un país más justo, un país más próspero, un país que crece, que distribuye, etcétera, etcétera, y que seamos todos en la medida de lo posible lo más felices posible. Esa dirigencia todavía me parece que no está consolidada y en ese sentido vale la pena por ahí mirarse en algunos ejemplos. Pero en ese sentido soy bastante optimista porque veo que el nivel de participación de la sociedad argentina en la cosa pública, en la discusión, está siendo muy fuerte, a veces gritonamente fuerte y sin encontrar formas más dialoguistas pero sigue existiendo esa pasión. Así que van a ir emergiendo esos liderazgos.

— Ya que habla de intentos de golpes de Estado… Si uno piensa en lo que fue la crisis del campo y cómo se acuñó la imagen de "ánimo destituyente" y cómo ahora, hace apenas unos días, se volvió a hablar de la sensación de que podía haber también intento de golpe, esta vez dicho por representantes de Cambiemos, ¿usted cómo ve eso?

— Sin duda uno puede ver malas intenciones, deseos mezquinos, eso es parte de la condición humana, pero no creo que la Argentina tenga ninguna posibilidad de éxito que a un sector se le ocurra romper el orden democrático. La historia lamentablemente en el mundo entero nos ha dado muestras de que las cosas malas también se pueden repetir pero esa no la veo hoy. Sí veo una dirigencia política aún no lo suficientemente vigorosa como para generar los acuerdos básicos en términos de cómo encaminar durante un tiempo sostenido unas políticas económicas, unas políticas sociales, unas políticas educativas, es decir pilares de la formación de una sociedad. Yo lamento esas ausencias porque eso nos hace más pobres, nos hace menos educados, nos hace más infelices como pueblo y como sociedad. Pero no veo esos riesgos de ruptura del orden democrático, sobre todo en la medida que el debate político se vuelva un poco más tranquilo, que me parece que el debate político intranquilo y gritón es una manifestación más de un clima gritón que tiene la sociedad desde hace bastante tiempo.

— A propósito de eso, me gustaría preguntarle por la violencia que se vive últimamente.

— Me parece que no estuvimos viendo a tiempo los distintos huevos de la serpiente, porque acá hay varias serpientes que ya han mostrado sus peores crías. Yo creo que hace muchos años viene incubándose en distintas prácticas sociales, prácticas deportivas, hasta en los recitales, formas cada vez más violentas de manifestarse. Y no estoy hablando como un vejete que dice nuevamente "ay, en mi época", porque yo vengo de una generación que hizo hasta una especie de elogio de la violencia. Lo que digo es que aquellas cosas que empezamos a mirar sin demasiada atención y preocupación hoy están dando unos resultados que a todos nos afligen. Desde las formas de manifestación, que son por momentos más violentas. El delito, un delito más violento. Los espectáculos deportivos. No puedo decir otras cosas de las que vemos día a día. Y eso también tiene un lugar de manifestación en la discusión política. Me parece que es tiempo de parar, de entender que tampoco tenemos firmada ninguna seguridad de que no nos desmadremos. Y eso es un rol importantísimo y vital de las dirigencias, políticas y no solo políticas.

— ¿Faltaría una mayor condena de la violencia por parte de la clase política?

— Falta una conciencia de que hay que parar. Una conciencia clara y contundente de qué es lo que cada uno de nosotros tenemos que hacer para generar condiciones de mayor diálogo, de mayor fluidez en las relaciones interpersonales, de mayor contención donde hay que contener y ciertas políticas públicas que se tienen que aplicar relacionadas con la seguridad, etcétera, etcétera. Me refiero a las responsabilidades sociales de las dirigencias, que deben alertar cada vez más sobre los comportamientos de sus representados.

— Le hago la última pregunta y necesito un sí o un no: otra vez le pregunto más en profundidad. ¿Perdió amigos estos años?

— Cada vez tengo más amigos.

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