
Por Gonzalo Santos
Es sabido que, comúnmente, cuando se contempla al David, de Miguel Ángel, lo primero que llama la atención no es la postura, el uso del contrapposto, o la utilización de las proporciones clásicas: es el tamaño del pene, su longitud minúscula, como pasa también con otras esculturas greco-latinas.
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O sea: si es un héroe, le sospechamos un pito grande. Nos resulta inconcebible, en el caso del héroe bíblico, que haya podido derrotar a Goliat con ese micropene irrisorio, y no debe faltar quien se sorprenda de que Napoleón haya podido construir un imperio con un pito que no superaba, en estado de erección, los siete centímetros, o a la inversa: probablemente resulte natural o verosímil que el monje ruso Grigori Rasputín haya podido sanar al hijo del zar porque, ¿cómo no iba a poder realizar un milagro un hombre con un pene de esas dimensiones?
El tamaño del pene es algo que, supongo, preocupa a algunas mujeres, a otras no, pero lo cierto es que en el hombre suele ser un tema trascendental, y en ocasiones se trata de uno de los elementos que más peso tienen en la formación de la estructura básica de la personalidad.
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Pese a eso, es un tema que ha quedado casi completamente colonizado por el discurso psicoanalítico o la sexología. El discurso literario, ideal, a mi juicio, para trabajar estos tabúes, no se ha ocupado de esos "eunucos", palabra que Arlt utilizaba en forma peyorativa, a modo de insulto, y seguramente con gran eficacia, ¿o acaso hay algún insulto peor que decirle a un hombre que tiene el "pito corto"?
En la literatura argentina lo único que recuerdo es una escena de El farmer, de Andrés Rivera, donde Lavalle y Rosas se apean de sus caballos para orinar y "El restaurador" saca a relucir un miembro ostensiblemente superior al del líder unitario, que termina huyendo.
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Pero lo de El farmer es eso: una escena.
Quizás habría que rastrear si hay algo en Osvaldo Lamborghini, autor al que leí hace mucho tiempo, pero lo cierto es que en la literatura argentina, o al menos en la que compone el canon, parece un tema que casi no se ha transitado.
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En parte por ese motivo, y en parte por otros, es que en la novela Yo fui un hacker gordo y un poco eunuco lo que quise es trabajar esta problemática desde la literatura, y abordarla desde un punto de vista literario es, según entiendo, abordarla desde el lenguaje y desde la singularidad, sin la prescripción de un marco teórico ni pretensiones de universalidad, y todas esas variables y categorías muy útiles para la ciencia pero que no lo explican todo: siempre quedan pliegues, intersticios, y es ahí, en esas hendiduras, donde entiendo que debe instalarse el escritor.
Por supuesto, también recurrí —no voy a eludir, como se dice, "el bulto"— a experiencias propias. Si bien no es una novela autobiográfica, es sabido que todos los hombres, o casi todos, tuvimos en algún momento algún complejo de esta naturaleza. A veces, con un sustento real. Pero otras veces no: se trata sólo de una percepción distorsionada, que a veces surge a partir de situaciones de vestuario, de miradas subrepticias en mingitorios, o del consumo de pornografía, donde nuestro nuestro falo siempre sale desfavorecido.
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En mi caso, sin embargo, hubo un sustento real: mi desarrollo fue bastante lento, o por lo menos lo recuerdo así: medirse el pito y observar cotidianamente la —nula— evolución es algo agotador que debe ralentizar bastante la existencia.
Después las cosas cambiaron, pero los complejos siguieron: es imposible escapar indemne de estas cosas y sospecho que buena parte de mis problemas de autoestima o mi introversión —y probablemente muchas otras cosas— se deben a esto.
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En cualquier caso, y además de esa materia prima surgida de la experiencia personal —experiencia en la que siempre, de un modo u otro, abrevamos—, uno de los principales recursos que atraviesa esta novela es el de la exageración.
A veces exacerbar una obsesión, amplificarla, permite comprender mejor su naturaleza. La hipérbole, si se la sabe usar, es como una lupa que permite iluminar algunas zonas que, de otro modo, permanecerían difusas. Por eso en Martín, el personaje, todo está exagerado, y por momentos hasta el delirio o el humor absurdo. Se trata de un muchacho que vive con una madre, justamente, "castradora", y que, además de "eunuco", o "un poco eunuco", tiene problemas de obesidad, y se refugia en el hacking, o en ciertas plataformas virtuales —el viejo IRC— que le ofrecen la posibilidad de ser, virtualmente, otro. La trama se acelera —resumo— cuando conoce a un chico más o menos como él —gordo y hacker— con quien entran a la computadora de una mujer que termina asesinada, y empiezan a temer que alguna pericia informática dé cuenta de la intrusión y, en consecuencia, los vincule con el crimen.
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En ese contexto, Martín conoce a una chica que parece sentirse atraída hacia él y eso termina potenciando hasta el delirio sus complejos, y despertando algunos lados oscuros.
En el prólogo a Los lanzallamas, Roberto Arlt escribió: "El futuro es nuestro por prepotencia de trabajo (…), y que los eunucos bufen".
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Pues bien: este libro es un bufido. El bufido furioso, en primera persona, de quien transita uno de las derivaciones probables de la microfalosomía: la acumulación de odio.
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