Desde el jardín de la muerte: El asesinato de un costarricense destapó la casa de los horrores de Dorothea Puente

El viaje que Álvaro González Montoya comenzó a sus 16 años desde Costa Rica hacia los Estados Unidos terminó de la forma más trágica e imprevista: en el jardín trasero de una asesina en serie

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Una mujer mayor con gafas y suéter rojo se arrodilla en un jardín con una palita frente a una casa antigua y descuidada, rodeada de plantas y tierra.
Dorothea Puente, conocida como la "Abuela Asesina", es fotografiada en el jardín de su casa en Sacramento, California, donde se descubrieron los cuerpos de varios inquilinos. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La fachada de la casa número 1426 en la calle F de Sacramento, California, prometía un oasis de tranquilidad.

Rosas cuidadas en el jardín, el aroma a café recién hecho y una anciana de cabello canoso, lentes grandes y gestos dulces que parecía encarnar la definición misma de la caridad.

Dorothea Puente era, ante los ojos del vecindario, una santa que abría las puertas de su pensión a los desahuciados, a los que la sociedad prefería no mirar.

Pero tras esa máscara de abuela bondadosa se escondía una de las asesinas en serie más frías de Estados Unidos. Y en el centro del fin de su imperio del terror quedó atrapada la historia de un costarricense: Álvaro González Montoya.

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Conocido por todos como “Bert”, Álvaro era un hombre de alma noble atrapado en una mente atormentada. Su viaje hacia el norte había comenzado décadas atrás, en la calidez de su natal Costa Rica. A los 16 años, cargado de los sueños típicos de la adolescencia y acompañado por su familia, Bert se mudó a los Estados Unidos buscando un futuro mejor.

Sin embargo, el destino tenía preparados caminos sinuosos. Con el paso del tiempo, el diagnóstico de problemas severos de salud mental, incluyendo psicosis, fragmentó su realidad. El desarraigo, la enfermedad y la falta de un sistema de apoyo fuerte terminaron por arrastrarlo a donde tantos otros caen: la dura vida en las calles de Sacramento.

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Álvaro González Montoya llegó a Estados Unidos desde Costa Rica a los 16 años. Décadas después, su trágica desaparición destapó los crímenes de la calle F. (Cortesía La Teja).
Álvaro González Montoya llegó a Estados Unidos desde Costa Rica a los 16 años. Décadas después, su trágica desaparición destapó los crímenes de la calle F. (Cortesía La Teja).

Para 1988, a sus 52 años, Bert era un rostro familiar en los márgenes de la ciudad. No tenía hogar, pero mantenía una vulnerabilidad infantil que despertaba el instinto protector de quienes lograban conocerlo de verdad. Fue en ese estado de indefensión cuando su trabajadora social creyó encontrar la solución perfecta.

La pensión de Dorothea Puente gozaba de una reputación intachable entre las organizaciones de asistencia; era el techo ideal para un hombre que necesitaba medicación, comida caliente y un entorno seguro. Bert llegó a la casa de la calle F buscando un hogar, sin saber que caminaba directo hacia su propia tumba.

Una matemática macabra: Cócteles de sueño, cal y flores

La rutina de Dorothea era tan macabra como matemática. Detectaba a inquilinos vulnerables, ancianos, enfermos o personas solas cuyos reclamos nadie escucharía, se ganaba su absoluta confianza y luego los eliminaba de manera silenciosa. El arma no eran pistolas ni puñales, sino potentes cócteles de pastillas para dormir mezclados con la comida o la bebida.

Una vez que las víctimas caían en un sueño eterno, Puente procedía a enterrar sus cuerpos en el patio trasero, cubriéndolos con cal para mitigar el olor y sembrando flores encima.

El motivo era fríamente económico: clonar sus identidades, falsificar sus firmas y seguir cobrando los cheques de ayuda social que el Estado les enviaba mes a mes. El cheque de Bert era solo un número más en la contabilidad de la muerte de la anciana.

Pero Dorothea cometió un error de cálculo con el costarricense. Bert no estaba tan solo como ella pensaba. Judy Moise, una consejera de extensión de la organización Volunteers of America, se había encariñado profundamente con el tico y seguía de cerca su caso. Cuando Bert desapareció de la noche a la mañana en noviembre de 1988, la alarma se encendió en la mente de la trabajadora social.

Dorothea Puente (Policía de California)
Dorothea Puente (Policía de California)

Al acudir a la pensión, Moise se topó con la ensayada amabilidad de Dorothea, quien, sin parpadear, inventó una mentira: Bert se había ido a México a visitar a unos familiares. La explicación no encajaba con el comportamiento del costarricense. La insistencia y la sospecha de Moise fueron tan implacables que la policía de Sacramento no tuvo más remedio que intervenir.

Los agentes llegaron a la propiedad y, guiados por el persistente olor a descomposición y la tierra removida del jardín, comenzaron a excavar. Lo que encontraron horrorizó al país entero. Debajo de los parterres de flores y los senderos perfectos de Dorothea, las autoridades desenterraron los restos de siete personas. Bert Montoya fue uno de los últimos en ser asesinado, y su cuerpo fue hallado en el patio, confirmando la peor de las pesadillas.

Puente huyó temporalmente, pero fue capturada días después en Los Ángeles. En 1993, tras un extenso y mediático juicio que desnudó los fallos del sistema de protección social, la “abuelita asesina” fue condenada por tres de los asesinatos incluido el de Bert y recibió cadenas perpetuas consecutivas. Murió tras las rejas en 2011, a los 82 años, por causas naturales.

En Sacramento, una casa victoriana parecía el refugio perfecto para los necesitados. Pero su dueña, Dorothea Puente, ocultaba un oscuro secreto.

Hoy, la historia de Bert Montoya ha recorrido el mundo gracias al primer episodio de la serie documental de Netflix Worst Roommate Ever (“El peor inquilino del mundo”).

A través de la pantalla, el nombre de Álvaro ya no es solo el de una cifra en un expediente criminal, sino el recuerdo de aquel muchacho de 16 años que un día dejó Costa Rica y cuya trágica muerte, paradójicamente, salvó a futuros inquilinos al destapar el horror que crecía en el jardín de Sacramento.

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