
En Costa Rica, cada año miles de toneladas de alimentos aptos para el consumo terminan en la basura mientras que un sector importante de la población enfrenta condiciones de pobreza y vulnerabilidad. Esta paradoja, visible en los hogares del país, fue señalada con énfasis por el Banco de Alimentos de Costa Rica con motivo de sus 14 años de fundación. El impacto del desperdicio no solo es social, representa también un desafío ambiental considerable, ya que los alimentos no consumidos contribuyen al incremento de las emisiones de gases de efecto invernadero.
Según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), alrededor del 33% de los alimentos producidos a nivel global se pierden o desperdician cada año, lo que equivale a unas 1,300 millones de toneladas anuales. Además, el Informe del índice de Desperdicio de Alimentos de las Naciones Unidas señala que más del 10% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero provienen de alimentos descartados antes de ser consumidos. Estas cifras dimensionan el reto que enfrenta no solo Costa Rica, sino el planeta, en materia de seguridad alimentaria y sostenibilidad ambiental.

La coexistencia de exceso y necesidad queda en evidencia en el país centroamericano, donde el Banco de Alimentos de Costa Rica ha consolidado una red para redistribuir productos que de otro modo serían desechados. Esta organización actúa como un puente, conectando los excedentes de comida con quienes más lo requieren. Durante el último año, la entidad indicó haber beneficiado a más de 44,400 personas a través de una red articulada por 345 organizaciones sociales en 69 cantones del territorio nacional.
El alcance del Banco de Alimentos no se limita a la distribución: la institución informó la implementación de iniciativas como el programa ResCataR, que se dedica a recuperar alimentos provenientes de hoteles y restaurantes, y Nutrihéroes, centrado en la educación y sensibilización sobre nutrición y hábitos responsables. De esta forma, la estrategia aborda el fenómeno en distintos frentes, desde la recolección hasta la concientización.
En la actualidad, la organización enfrenta nuevos desafíos. Según datos del propio Banco de Alimentos de Costa Rica, el 2026 se vislumbra complejo ante la disminución de donaciones por parte de empresas, un fenómeno que amenaza directamente la provisión de productos básicos como arroz, frijoles, leche, pastas y proteínas. Esta tendencia, si persiste, podría dificultar la atención a una población beneficiaria en constante aumento.
A propósito del aniversario, Francia Linares, directora ejecutiva de la entidad, enfatizó la importancia de la colaboración intersectorial: “El hambre y el desperdicio de alimentos son dos realidades que coexisten, pero que sí tienen solución cuando trabajamos en conjunto. Este aniversario es una oportunidad para invitar a toda la sociedad, especialmente al sector empresarial, a transformar excedentes en oportunidades y llevar alimento a quienes más lo necesitan”, señaló Linares en declaraciones recogidas por el Banco de Alimentos de Costa Rica.
El daño ambiental provocado por el desperdicio trasciende la pérdida directa de recursos. Cuando los alimentos son desechados, también se pierden la energía, el agua y el trabajo empleados en su producción. Su descomposición genera gases como el metano, que tienen un notable efecto en el calentamiento global y agravan las consecuencias del cambio climático.

De acuerdo con la información proporcionada por el Banco, la lucha contra el desperdicio se apoya tanto en la recuperación de alimentos como en la sensibilización social. El público puede integrarse a esta causa mediante la donación directa de productos en buen estado, aportes económicos o participación en actividades de voluntariado como el programa “Manos Transformando Vidas”, dirigido a multiplicar el impacto positivo en las comunidades vulnerables.
A 14 años de su creación, el Banco de Alimentos de Costa Rica reitera la necesidad de sumar esfuerzos desde los distintos sectores de la sociedad para enfrentar esta problemática. La cooperación entre empresas, agrupaciones civiles y ciudadanía se plantea como condición esencial para reducir el desperdicio de alimentos y avanzar hacia un modelo de desarrollo más equitativo y sostenible.
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