Soy de la generación de los que nos ilusionamos con Malvinas. Que creímos en lo que nos decían los diarios y la televisión. Que estábamos ganando. Que el mundo nos apoyaba. Que recuperábamos las islas, que son nuestras. Hasta que un lunes 14 de junio todo terminó. Ganaron los ingleses y nosotros nos rendimos. Encima la (mala) noticia no fue rápida. La dictadura tardó varias horas en reconocer la derrota y reordenarse porque significaba un cambio de gobierno.

Para la generación de Malvinas esa experiencia fue muy fuerte. Se trató del ejercicio de manipulación y auto manipulación colectiva de una sociedad nunca visto antes.

Y nos quedó marcado. Y no queremos que vuelva a suceder.

Algunos días después de que el Presidente comenzara a decidir las diferentes formas de aislamiento, que comenzó por los espectáculos públicos, siguió por el fútbol, las clases en las escuelas y finalmente la cuarentena total, comencé a percibir un clima raro. Difícil.

En el que no se podía disentir. No se podía opinar. No se podía pensar.

Que quede claro: no hago cargo de esto ni al Presidente ni al Gobierno.

Del mismo modo que la soledad de las calles me hizo acordar al mismísimo 24 de marzo de 1976 (soy de la generación que pasó casi todo), el ambiente y contexto político, mediático y general de la última semana me hizo acordar al “estamos ganando”, “que venga el Principito” y “el mundo nos apoya”. En síntesis, al clima malvinero. Con una aclaración: malvinero en el mal sentido de la palabra, porque también existe el bueno, el que reivindica la recuperación de nuestras islas.

Vaya uno a saber por qué me pareció importante enfocar la cobertura de mi programa de radio y el de televisión en la cantidad de casos positivos y en los recuperados, y por supuesto en las víctimas fatales.

Pero de repente siento que la información sobre la cantidad de casos positivos, los test que se hicieron durante el mes de marzo -Argentina es uno de los países del mundo que menos pruebas hizo- las víctimas fatales y hasta los enfermos recuperados parecen una información menor. Al revés, parece que como periodista tengo que hablar durante dos días del fascismo vial que representa criticar y criminalizar a un bobo que rompió -en su infinita falta de solidaridad con el resto- el aislamiento.

En la misma lógica, tampoco hasta ayer se podía mencionar la situación de la economía argentina. Es más, he llegado al colmo en la tele, de pedir disculpas por tocar el tema, hasta que Débora Plager me corrigió muy bien en el sentido de que no había que dar explicaciones y que resultaba muy importante hablarlo.

No sé de dónde vino el cacerolazo.

O sí: del fastidio de una clase política, que te pide aislamiento y no hace más que aparecer en fotos todos los días en reuniones donde están pegados unos a otros tomando mate (¿de la misma bombilla?) y que llaman a los canales de televisión pidiendo notas para decir que hay que lavarse las manos con alcohol en gel, pero no hacen nada para que usted o yo podamos tenerlo en las farmacias.

O de jueces que no se bajan el sueldo ni aun ahora para donarlo como un gesto.

O de un Ministerio de Salud que minimizó el coronavirus durante los meses de enero y febrero, no controlando Ezeiza –todavía recuerdo la discusión al aire con Carla Vizotti pidiendo que les tomaran la fiebre a los viajeros- y no ocupándose de que tengamos los tests para saber cuántos argentinos son positivos.

O de un ministro de Salud que quiere que lo tratemos como si fuera Albert Sabin o Marie Curie después de haber dicho hasta el hartazgo en público y privado que el coronavirus no era importante.

O de otros ministerios que muy tarde se enteraron de que los camiones del sistema alimenticio no pueden circular por el país. Con la consecuencia en las góndolas y en los precios.

O de la propia Presidencia, que privilegia en la reunión con los gobernadores sentar en la mesa al vocero presidencial y no al ministro de Salud en el medio de una pandemia, haciéndonos dudar de las prioridades oficiales.

O del propio Presidente, que nos dio a entender el domingo a los argentinos que no nos podíamos quejar de la situación económica, porque el Gobierno nos había salvado la vida decretando la cuarentena.

No hay dicotomía entre salud y economía. Ese es un error en el que nos quiere hacer caer Donald Trump.

No hay economía sin salud. Y no hay salud sin economía.

La lucha contra el coronavirus depende de todos. Pero en los todos también está incluida la clase dirigente. Los “exceptuados”, los que somos “esenciales”. Los que que tenemos que dar el ejemplo.