
Decir que Elvis Aron Presley amaba la música podría parecer una obviedad tan grande que con decir que fue el Rey del Rock, queda mejor explicitado que de ningún otro modo. Pero había otras cosas que amaba además de la música, que quizás no son tan obvias. A Elvis le gustaba disfrutar y compartir el dinero, y por eso compró una mansión como Graceland en Menphis, y sentía placer por vivir la gran vida que su popularidad y su encanto le permitían vivir. Se rodeaba de amigos a los que les regalaba lo que fuera necesario para sentir que todos estaban en un plano de igualdad para pasarlo bien en determinadas situaciones.

Además, Elvis tenía dos pasiones adicionales: los autos y las armas. De hecho, es famosa la historia de cómo en medio de un día de furia por una pelea con su novia del momento, la actriz Linda Thompson, Elvis le pidió que se bajara de su De Tomaso Pantera amarillo, uno de los primero que habían sido vendidos en EE.UU., y una vez que ella había descendido del auto, el Rey del Rock no pudo arrancar para irse quemando gomas con su súper deportivo. Ese fue el único día en que una de sus pasiones afectó a la otra, o en todo caso, su mal genio del momento, nubló tanto su sentido común, que dañó un bien muy preciado. Simplemente tomó un arma de la guantera y descargó las tres balas que tenía en la recámara en el pobre Pantera.

Pero dentro de la enorme colección de autos que tuvo Elvis, se destacaban los Cadillac, la marca de lujo de General Motors. Si bien su primer auto fue un Lincoln de 1941, apenas pudo ganar el suficiente dinero, compró su primer Cadillac. Era un Fleetwood 60 de 1954 y era de color rosado, de segunda mano, pero que Presley compró precisamente por su color distintivo. Con ese auto, recorrió junto a The Blue Moon Boys, su banda, los estados del sur haciendo giras. Tal era su fascinación por el auto, que años después confesaría que fue “el coche más hermoso que había visto en mi vida. El día que lo compré, lo estacioné afuera en mi hotel y me quedé despierto toda la noche simplemente mirándolo”.
Pero ese Fleetwood 60 duró unos tres meses antes que por un recalentamiento de los frenos, tomara fuego y se destruyera. Fue entonces que Presley fue a un concesionario, compró otro del mismo modelo pero cero kilómetro, que no era rosa sino azul con techo negro. Entonces lo mandó a pintar de “Rosa Elvis” y se lo regaló a su madre para que lo usara como auto para pasear los domingos. El tema era que su madre no sabía conducir y no tenía licencia, cosa que tampoco hizo, lo que dejó el auto parado en su garage.

Entonces Elvis buscó otro auto que le diera algo similar, un color estridente, otro Cadillac, y lo encontró en Houston. Era un modelo Eldorado, que lo atrapaba por su estilizado perfil. El auto era de color blanco, pero eso no le preocupaba al Rey del Rock, porque apenas lo retiró de la agencia, lo llevó a pintar, y el color elegido fue una improvisación total. Cuando le preguntaron de qué color debían pintarlo, Presley simplemente estrelló un racimo de uvas moradas sobre el capot, y dijo “de este color”. Así el Cadillac Eldorado mantuvo su interior blanco inmaculado, pero con un contraste total con una carrocería color uva.

En 1960, descubrió el Cadillac Series 75 Fleetwood, que se trataba de una opulenta limusina que en su interior tenía teléfono, limpiazapatos, frigobar, un würlitzer de discos, radio y televisión. Pero si eso era une excentricidad, que estuvieran todos enchapados en oro, lo hacían completamente impresionante. Por fuera, el Series 75 no tenía nada para envidiarle al interior, ya que su pintura estaba elaborada con polvo de perlas y diamantes y escamas de pez oriental, y las llantas y tazas de las cuatro ruedas también estaban enchapadas en oro de 24 kilates.

La cifra no es exacta porque como todo mito, se distorsiona con el paso del tiempo y después queda en leyenda. Se sabe que en 1975, Elvis Presley entró a una concesionaria Cadillac con 15 amigos e integrantes de su banda diciendo que quería comprar un modelo para cada uno. Y lo más curioso fue que como el salón de ventas se transformó en una verdadera fiesta, una mujer que pasaba por la vereda se quedó mirando al reconocer al Rey del Rock. Cuando Elvis se percató de esa persona, salió a preguntarle si le gustaban los Cadillac, recibiendo una respuesta inmediata y afirmativa. Así que la tomó de la mano, la invitó a pasar y al gerente de ventas, simplemente le dijo que compraría uno más para la dama, quién eligió un modelo Eldorado.
Otras historias cuentan que un día en un centro de esquí, compró ocho Cadillac al mismo tiempo para él y sus siete amigos, pero todos debían ser iguales, así la diversión de ir a esquiar juntos durante esa semana, era completa. Así fue como poco después, al dar la noticia, un periodista comentó en vivo en televisión que no se enojaría si tenía ganas de regalarle un Cadillac, y pocos días después al llegar al trabajo, se encontró con un auto de regalo de su parte.

Se dice que Elvis Presley compró más de 200 Cadillac, y que eso se debía presamente a que los regalaba tan rápidamente que nunca aparecía en el mismo auto en un mismo lugar. El último que compró fue un Cadillac Seville color bordó y plateado con un interior gris. El Seville era una especie de contraofensiva de la marca para contestar la ofensiva alemana de Mercedes y BMW en EE.UU. A Elvis le encantaba el auto por su diseño, por ese espíritu que representaba de defender el honor norteamericano, y porque tenía un equipo de radio que le permitía hablar con Graceland y avisar que estaba llegando, así le abrían el portón y empezaban a cocinar de modo tal que pudiera llegar a casa y comer lo que tuviera ganas.

Su última aventura en un Cadillac fue irse al más allá. El día de su muerte, el 16 de agosto de 1977, también viajó en un Cadillac, era un Miller Meteor, y la caravana que lo siguió estaba compuesta por otros 20 autos de la misma marca, todos de color blanco.
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