
Arlington (Virginia) – Es primera hora de un jueves por la mañana y la azafata Bette Nash acaba de caminar hasta la puerta 19 en el Aeropuerto Nacional Reagan, donde está estacionado el vuelo 2160 de American Airlines con destino a Boston. Se prepara para embarcar.
Cuando hace una pausa en el mostrador para ajustarse la bufanda, un hombre de unos 20 años mira hacia arriba. Él deja escapar un grito ahogado.
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"¡Oh, Dios mío! ¿Eres Bette Nash? ¿Puedo hacerte una foto?", dice emocionado.
Así es la vida cuando eres Nash, de 81 años, que ha estado volando desde que Dwight D. Eisenhower estuvo en la Casa Blanca y un billete para un trayecto costaba USD 12.
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El joven de 20 años en cuestión, Pavel Boress, es un azafato de American Eagle que ha oído hablar, desde hace mucho tiempo, sobre Nash pero nunca había tenido la oportunidad de conocerla en persona. Los abrazos se intercambian.
Él hurga con su teléfono. Los dos juntan sus cabezas y se toman una selfie.
"Todos en la industria conocen a Bette", dice Boress, todavía aturdido por el encuentro. "Ella es una inspiración".

Cerca, su colega de toda la vida, el asistente de vuelo Suellen Evan, mira la situación con gracia.
"Sucede todo el tiempo. También le piden autógrafos", dice.
Mientras acaricia su bolso, Evans susurra: "Guardo Sharpies extra por si acaso".
Eastern Air Lines, US Airways y, sí, incluso Trump Shuttle. Quiebras y, al menos, una huelga. Nash ha capeado todas las crisis. Y ahora, al entrar en su séptima década de vuelo, nadie está tan sorprendida como ella.
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Hace diez años, cuando Nash fue agasajada en su cincuenta aniversario como azafata con un raro saludo mediante un cañón de agua (un tributo generalmente reservado para un capitán que se jubila o un oficial), se rió de la sugerencia de que ella estaría cerca de su sesenta aniversario.
Sin embargo, aquí está: con un elegante traje con tres pequeños botones marrones, un poco de brillo en los párpados y la cantidad justa de maquillaje.
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La edad obligatoria de jubilación para los pilotos es de 65 años, pero no existe tal regulación para los asistentes de vuelo, por lo que Nash todavía está volando.
Ella ha trabajado varias rutas durante su larga carrera, pero la de Columbia-Boston, conocida cariñosamente como "Nash Dash" por sus clientes habituales, es su favorita. Requiere que se levante antes que las gallinas: su alarma suena en Manassas (Virginia) a las 2:10am pero la madre soltera llega a casa a tiempo para cenar con su hijo, que tiene síndrome de Down.
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La ruta la pone en contacto con pasajeros de todo tipo, de diferentes industrias y con distintas convicciones políticas.
En la actualidad, sus clientes habituales son el comentarista político David Gergen, miembros de la delegación del Congreso de Massachusetts y Kenneth Feinberg, el abogado mejor conocido por administrar los fondos de compensación por el desastre del 9/11 y Deepwater Horizon.
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"Si Bett está en el vuelo, sabes que todo va a ir bien. Nunca se pone nerviosa. No importa lo ocupada que esté, siempre se detendrá y te preguntará cómo estás", comenta Feinberg, que ha volado con Nash durante casi tres décadas.
Karen Clougherty, una contratista jubilada del Departamento de Defensa y pasajera habitual de Nash Dash, que vive en Alexandria (Virginia) y tiene familiares en Boston, agregó: "Ella es la primera que ves cuando llegas. Te reconoce y te da un abrazo. Cambio mi horario si sé que Bette está volando".
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Nash, la mayor de tres hermanas que creció en las afueras de Atlantic City (Nueva Jersey), era una joven de 21 años que quería una pequeña aventura. Pidió prestado un traje a una de sus hermanas y, después de dos entrevistas, fue contratada por Eastern Air Lines.

¿Historias? Ella tiene muchas. Hubo un vuelo de Washington a Miami con nueve paradas intermedias. O el día en que su avión tuvo unas turbulencias tan malas que el inodoro del baño se separó del suelo. En los primeros días, se requerían sombreros, cinturones y ligueros. Una vez, su liguero se rompió en mitad del vuelo. Nash no entró en pánico, no. Se inclinó, lo recogió y continuó con el servicio de bebidas. Hubo días en los que servía langosta y carnes de alta calidad. Ah, y el momento en el que voló junto a Jacqueline y John F. Kennedy Jr.
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Las cenas de langosta y los boletos a USD 12 pueden ser cosa del pasado, pero una cosa permanece intacta: la filosofía que Nash ha adoptado desde que comenzó en 1957.
"El servicio al cliente tiene como objetivo que los pasajeros se sientan bien. Todos quieren un poco de amor y un poco de atención", relata.
En una fiesta para celebrar su sesenta aniversario, que se celebró hace unas semanas en el aeropuerto, se escucharon ciertos comentarios que dejaban entrever cómo ha cambiado la forma de viajar. "En los viejos tiempos veíamos muchos abrigos de visón, hoy vemos demasiadas chanclas".
Con 10 minutos antes del despegue, no hay tiempo para una pequeña charla ya que Nash ayuda a preparar el vuelo para embarcar. Ella guarda su bolso en la parte superior y va a trabajar asegurándose de que todo está en orden. Y así continúa siendo el día a día de esta veterana azafata de vuelo.
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