
A los españoles realmente les gustan sus bares.
Probablemente hay más bares en España per cápita que en cualquier otro país europeo, aproximadamente un bar por cada 175 personas, según un recuento reciente.
Y tal vez ninguna ciudad en España venere tanto sus bares como Barcelona. Son históricos, culturales y, por lo general, personales. Imagínate un Cheers español y empezarás a darte una idea. Pero en los últimos años, muchos de estos establecimientos, conocidos como bodegas --el tipo de lugares concurridos por los lugareños, con barricas de madera llenas de vino y vermut de grifo--, habían estado desapareciendo.
¿El culpable?
"En pocas palabras: los alquileres y la codicia", dijo Ricard Martin, editor de comida y bebida de Time Out Barcelona. Cuando se flexibilizaron las leyes de alquiler alrededor de 2014, dijo, los propietarios subieron las tarifas que habían estado reguladas por mucho tiempo. Muchos dueños de bodegas no pudieron pagarlas, vendieron sus licencias y se jubilaron. Los lugares que abrieron en su lugar no estaban dirigidos a los habitantes, sino a los turistas.
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Pero a medida que crecían las preocupaciones sobre el exceso de turismo en todo el país, los lugareños se resistieron. En 2014, dos empresarios locales, Lito Baldovinos y Enric Rebodosa, compraron uno de los bares más olvidados de Barcelona, La Confiteria, para revivirlo. Funcionó: en 2015, el ayuntamiento designó el bar como un "establecimiento emblemático", lo que lo marca como un negocio digno de protección. Hasta la fecha, su empresa, Grupo Confiteria, ha salvado 15 establecimientos.
"Lo que hace que estos bares sean únicos es que no están diseñados como conceptos. Son el resultado del tiempo", dijo Baldovinos. "Las capas de historia, arquitectura, hábitos y personas se acumulan de manera natural".
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Si sabes dónde buscar por toda la ciudad, las bodegas todavía están ahí. Cada una lleva la huella de su barrio, pero también comparten un rasgo común: parecen haber sido decoradas con los objetos de una venta de garaje. Tal vez haya una trompeta en un estante, o una pintura de la abuela fallecida de alguien. Quizás una foto enmarcada de un equipo deportivo, o una foto en blanco y negro de hace un siglo, cuando todos usaban sombrero.
Durante una estadía reciente de dos semanas, deambulé por Barcelona en busca de bodegas. Esta lista no es definitiva; piensa en ella como una foto instantánea de bares de barrio románticamente atrapados en la Barcelona de décadas, o tal vez siglos, pasados.
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BAR GELIDA
En mi primera salida, di en el clavo: el Bar Gelida, en medio del barrio de Eixample. Incluso a primera hora de la tarde, el bar estaba atestado de lugareños hasta en filas de tres personas. Sus paredes de azulejos y techos altos tenían una forma de amplificar la conversación y la iluminación fluorescente y poco favorecedora. Gelida se encuentra en una esquina, que no es la habitual esquina de 90 grados de la mayoría de las manzanas de la ciudad. En Eixample, cada esquina está cortada en un ángulo de 45 grados, o "achaflanada", lo que crea intersecciones octagonales. El resultado es más espacio en la acera para tomar una mesa, pedir un plato de estofado de tripas y fumar.
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Carrer de la Diputació, 133
BAR BODEGA GOL
El bar Bodega Gol, en el barrio de San Antoni, es lo que obtendrías si cruzaras un bar catalán de 75 años con un club de fútbol ruidoso y apasionado. Un puñado de hombres estaba afuera vistiendo conjuntos deportivos Adidas, fumando cigarrillos y debatiendo sobre un partido. Adentro, las paredes estaban forradas con fotos enmarcadas de jugadores, camisetas, trofeos, banderines, balones de fútbol: todo menos la cancha. Pobre de la persona con una camiseta del AC Milan.
Cada mesa estaba repleta de vasos de cerveza y platos de pintxos: patatas bravas, calamares en aceite de oliva, pimientos, anchoas ensartadas con un palillo. (Los bares, a diferencia de los restaurantes, sirven los pintxos a temperatura ambiente). La gente hablaba catalán y español, y reía, comía, debatía, discutía. Ni una palabra en inglés.
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Carrer del Parlament, 10
EL POLLO
Las ventanas de El pollo están perfectamente colocadas para observar a los empresarios, estudiantes y profesionales que caminan por fuera, que se reúnen con amigos en los cafés de las aceras o que se suben a sus Vespas. Pedí un trozo de tortilla española, una copa de verdejo y me senté a pasar una tarde de voyerismo junto a Kiki, mi acompañante, en el barrio de El Raval.
"En Barcelona somos un poco anticuados. Creemos que es importante conocer a la gente en persona", dijo el propietario Aimar Cordoba Bilbao. Ha sido dueño de El Pollo durante cinco años, pero su espíritu es leal a un pasado mucho más antiguo. "Es la receta de mi abuela", dijo, señalando las tortillas.
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Carrer del Tigre, 31
BAR BODEGA MARIN
Pequeño y con poca luz, el Bar Bodega Marin en el barrio de Gracia tiene paredes forradas de botellas de vino, barricas y cajas. Luis Sologuren, un venezolano que compró el bar con su esposa, Vanessa, en 2022, me dijo que desde 1896 solo ha habido cuatro propietarios. "En los viejos tiempos, el cliente habitual tal vez tenía 80 o 90 años, y pedía una cerveza y se sentaba en el mismo taburete durante tres horas. No era sostenible".
Sologuren ahora sirve comida y vende vino, pero algunos clientes veteranos todavía disfrutan sentarse en el mismo taburete durante la mayor parte de la tarde.
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Carrer de Milà i Fontanals, 72
BIANCO NOIR
Técnicamente, Bianco Noir, en El Raval, fue abierto por un italiano y su esposa francesa. Pero la decoración, la iluminación y el ambiente son completamente de Barcelona. Con una antigua pared de piedra de un lado, estantes de vino y licor del otro, Bianco Noir se siente como si no hubiera cambiado en un siglo.
Christian Torlone, uno de los propietarios, dijo en referencia a otros dueños de bodegas que en Bianco Noir no trabajan para hacerse ricos y no sirven platillos para turistas, que suelen incluir paella y sangría.
Torlone dijo que quería un bar donde las personas pudieran tener una plática agradable, un buen vino y quizá ver un partido del Barça. "Las bodegas del siglo XXI no tienen alma. Yo quería un lugar con alma".
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Carrer de la Riera Alta, 8
QUIMET Y QUIMET
Solo hay espacio para estar de pie, una fila afuera de la entrada, una variedad de comida limitada solo por tu imaginación: este es el fenómeno de Quimet & Quimet en el barrio de El Poble-sec.
Cuando abrió en 1914, el bar solo vendía su propia cosecha, pero a medida que el barrio creció, también lo hizo su menú, que eventualmente incluyó una enorme selección de vino, vermut y comida. Camarones con pimientos rojos asados, puerros con caviar, frijoles con bacalao, atún salado con alcachofas, anchoas con aceitunas, algunas cosas con el brillo del aceite de oliva, otras con gotas de miel, jamón en todas sus formas.
Lo que no cambió fue el propietario: Quimet & Quimet ha estado en la misma familia durante más de un siglo.
Carrer del Poeta Cabanyes, 25
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