
Quería vivir como una tortuga en la seguridad de mi caparazón.
Cuando nace una tortuga marina hembra, mide más o menos 5 centímetros de largo y lo primero que hace es correr de manera desenfrenada hacia el agua. No mira hacía atrás ni duda. Corre. Después, pasará las próximas décadas en mar abierto antes de encontrar el camino de regreso al tramo exacto de arena donde nació para poner ahora sus huevos.
Ella lleva un mapa dentro de su cuerpo, la huella de su playa, codificado antes de llegar a las olas. Los científicos llaman a esto filopatría natal. Siempre he imaginado que nosotros también llevamos mapas como este, destinos hacia los que nos dirigimos antes de saber exactamente a dónde vamos.
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En algún momento, a finales de mis treintas, me empezó a asustar la idea de que hubiera más vida en mi pasado que en mi futuro. Que mis grandes amores ya habían ido y venido, que las puertas se estaban cerrando y que hasta aquí había llegado, era lo más que conseguría.
De verdad lo creía y a la vez pensaba: "Está bien. Lo que siempre había querido no era ser amada ni elegida. Quería sentirme segura en mi propia vida. Estar en una habitación con alguien sin tener que llevar la cuenta de todo lo que había dicho mal, esperando perdonar o disculparme. Ningún hombre me había dado eso.
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Me habían pedido matrimonio cuatro veces, dije que sí a dos; me casé y me divorcié dos veces antes de cumplir los 30. Amé a personas que también me amaban y nada de eso me había hecho sentir que pisaba en terreno firme. Seguía pensando que la próxima persona me daría esa estabilidad.
Me acerqué a los 40 de la misma manera en la que alguien termina un maratón: con calambres en las piernas, los pulmones ardiendo y demasiado agotada como para sentirme triunfante. Cada relación había exigido una versión diferente de mí y yo me acoplé a cada una, mientras perdía cada vez un poco más a esa yo que era en un principio. Si realmente las puertas se estaban cerrando, creí que podría vivir con eso. Estaba tan cansada de correr, de huir, de perseguir algo. Tal vez fue por eso que me puse a buscar tortugas desde un inicio.
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El centro de conservación de tortugas abarca 37 hectáreas de chaparral seco al pie de las montañas Topatopa en California. Allí viven más de 600 tortugas y las cuidan guardias que recorren los recintos con una paciencia que parece devoción.
Limpié los recintos con rastrillos, agregué hojas frescas de aguacate, llené los platos con lechuga, flores y sepia seca. Pasé mañanas frotando aceite de coco en los caparazones de las tortugas mientras ellas se recargaban en mí con algo que se sentía como confianza. De cerca, el caparazón de una tortuga es arte. Cada escudo está rodeado de líneas superpuestas. Los patrones se repiten a lo largo de la espalda, pero nunca de manera exacta. Así es como se ve llevar todo tu historial en el exterior.
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Antes de venir aquí, creía que el caparazón de una tortuga era una casa prestada en la que ella crecería y después dejaría; pero el caparazón no es algo que la tortuga lleva, es algo que la tortuga es. Pensaba en esto constantemente, preguntándome cómo se sentiría nacer con tanta seguridad.
Pasé tantas noches a lo largo de mi vida de casada acostada en la cama con la lámpara encendida escuchando a mi esposo respirar. Me amó tanto como pudo amar, de la manera que él sabía. Y ahí estaba yo acostada calculando la distancia entre nosotros, los centímetros de sábana tan anchos que no podía imaginar cruzarme a su lado.
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No dije nada. Nunca lo hice. Ese fue todo el problema y también todo el matrimonio: una mujer que apagaba la luz creyendo que había cosas que podían permanecer ocultas.
Perdí la cuenta de cuántas veces busqué su mano durante una discusión mientras mi cuerpo aún temblaba. Me había vuelto tan experta en abandonarme a mí misma que ofrecía ternura incluso antes de reconocer mis propias heridas.
Una puede ser amada y aun así, no sentirse segura. Lo que faltaba era algo para lo que aún no tenía un nombre, algo que seguía pidiéndo a las personas equivocadas que me dieran. Le estaba dando a cada hombre que me amaba una tarea imposible: Ser firme para que yo me sintiera firme. Protégeme para sentirme protegida.
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Hay una tortuga con la que me he encariñado; la llamé Damien. Damien, el tope de puerta. Las tortugas de Galápagos pueden vivir bien más de 100 años. Muchas han estado vivas desde antes de la Guerra Civil, antes del teléfono, antes de cualquier forma de existencia que yo pudiera identificar.
Cada mañana, cuando abro la puerta, Damien bloquea la entrada con todo el cuerpo, como una roca indiferente. Las otras tortugas terminan trepando por encima de él. Él sale cuando está listo; tiene la edad suficiente para actuar a su propio ritmo.
Lo entiendo. Algo cambió en mí el año en que cumplí 40: una renuencia profunda, casi química, a moverme antes de estar lista. Se acabaron las disculpas y las concesiones. Denme la vuelta.
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La mayoría de la gente no sabe que si le rascas suavemente el caparazón a una tortuga con la punta de los dedos, a lo largo de su joroba abovedada, ocurre algo que los cuidadores llaman la postura de estiramiento reflejo. La tortuga se levanta sobre sus patas, casi hidráulicamente, extiende el cuello y todo su cuerpo se eleva hacia el contacto. Como si dijera: "Sí, gracias, más por favor". No se lanza ni corre, solo se levanta lentamente para recibir lo que le da placer.
Nunca había experimentado esto. Solo sabía lanzarme al ataque.
Coleccionaba comienzos de la misma manera en que algunas personas acumulan deudas: con entusiasmo, rapidez y la confianza de que mi yo futuro lo resolvería todo. Las llamadas telefónicas de horas, la sensación de que me acababan de conocer. Era muy buena en eso. Lo que me derrotaba era la larga etapa intermedia: el lavado de ropa, las listas de compras, las peleas, la distancia entre la vida que me habían prometido y la vida que realmente podían ofrecerme.
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Me tomó un tiempo entender que no me enamoraba, sino que me enamoraba de la sensación de enamorarme. Perseguía algo que se disolvía cuando lo alcanzaba. Cada vez, me decía a mí misma que el problema era la persona. Creía que la persona correcta sostendría esa caída libre. Era como la liebre de la fábula a la que le gusta tanto correr que se le olvida que hay una meta. Todo eran círculos, velocidad y el sonido de su propia respiración.
Había pasado por encima de tantas cosas que no eran amor que me había vuelto una experta en sus imitaciones: el peso de una relación mantenida a flote por la inercia; cómo nos quedamos porque irnos implica admitir hace cuánto nos debimos haber ido. Sabía lo que se sentía desaparecer poco a poco: primero las opiniones, luego las necesidades, después las preferencias y finalmente, el instinto que susurraba "Algo anda muy mal". Cuando salí en busca del yo que había silenciado, solo encontré una silueta con forma de mujer donde solía estar yo.
Así que dejé de buscar. Nada de coqueteo, sexo, escroleo o deslizamiento de dedo a la izquierda o derecha. No había nadie a quien manipular ni impresionar. Dejé de evitar mi propia compañía y empecé a darme cuenta de quién era cuando nadie me observaba. El primer mes se sintió como abstinencia. El tercero, como tranquilidad. Alrededor del sexto, empecé a escucharme pensar.
En algún lugar de esa quietud, encontré el camino de regreso a la mujer que había sido antes de dejar que otras personas me dijeran quién debía ser. Era rebelde, divertida y valiente. Se detenía a ver las puestas de sol y lloraba cuando los demás lloraban. Aprendió cómo mantener vivas las plantas del jardín y después a sí misma. Dejó de preocuparse tanto por lo que los demás pensaran de ella.
Para cuando encontré el centro de conservación de tortugas, ya llevaba casi dos años soltera. Iba cada semana y aprendí a caminar con cuidado entre animales que no necesitaban que me apurara. Preparé los recintos para la hibernación, construyendo pequeños refugios para cuerpos que sabían cuándo retirarse.
Una tarde, con los codos hundidos en el heno y las hojas, sentí lo que había estado buscando: el suelo firme bajo mis pies, sosteniéndome desde adentro. Nadie te dice que volver a ser tú misma no tiene nada de glamoroso. Se trata sobre todo de desaprender y borrar; de decir no a las cosas a las que solías decir que sí.
Y de repente un día, simplemente sucede. Te has convertido en alguien que se toma el tiempo y no se disculpa por ello, alguien que puede sentarse en silencio confiando en que sobrevivirá a lo que venga después, alguien que sabe lo que es moverse por el mundo sin necesitar que nadie se interponga.
Los científicos llaman "los años perdidos" al período que transcurre entre la eclosión de una tortuga y el regreso a casa porque hay muy pocos datos sobre dónde fue o qué hizo. Pero no creo que se haya perdido en lo absoluto. Décadas de mar abierto, miles de kilómetros de corrientes fuertes, derivas violentas y el lento desplazamiento del propio campo magnético y aun así, el mapa se mantuvo firme. No necesitó que nadie le mostrara el camino a casa. Solo tuvo que detenerse lo suficiente para sentir el tirón.
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