No es la pandemia, es el modelo: efectos económicos del coronavirus en México

(Foto: Alejandro Cegarra/Bloomberg)
(Foto: Alejandro Cegarra/Bloomberg)

Diversos analistas señalan que la pandemia de COVID-19 que afecta al mundo entero causará un grave impacto económico, posiblemente superior a los efectos de la crisis de 2008. Esta causalidad es parcialmente cierta. La caída de las bolsas de valores, el aumento de los precios del petróleo y la desaceleración económica mundial que observamos desde inicios de este 2020 son fenómenos que derivan, sin duda, del avance de la contingencia sanitaria. Pero la inestabilidad económica y el riesgo de colapso estaban presentes desde mucho antes de la aparición de la pandemia. En realidad, el COVID-19 vino a agudizar los riesgos de la llamada globalización financiera de las últimas décadas y a poner en evidencia un conjunto de desigualdades e injusticias del sistema económico que, en el caso de México, crecieron de manera alarmante durante los anteriores sexenios.

COVID-19 y mercados financieros bursátiles

Desde enero de 2020, las bolsas de valores de todo el mundo empezaron a registrar variaciones negativas ante el brote de Coronavirus COVID-19 que inició en la ciudad de Wuhan, China, en diciembre de 2019. Los mercados financieros son muy sensibles ante este tipo de eventualidades globales porque sus actividades consisten en lucrar con las expectativas de los inversores.

Una bolsa de valores es un mercado financiero donde se compran y venden valores, tales como acciones de compañías, títulos de participación, bonos y una amplia variedad de instrumentos de inversión que no son más que “trozos de papel” que otorgan al poseedor el derecho a disfrutar de beneficios futuros. Por un lado, tenemos a las empresas y los gobiernos que acuden a estos mercados para obtener fondos para sus respectivas actividades. Por otro, a los inversores, ya sea personas físicas o fondos de capital ‒incluidas las administradoras de pensiones y sociedades de ahorro‒ que proporcionan estos recursos, adquiriendo valores en espera de obtener un rendimiento futuro. Es decir, si un inversor estima que tal o cual empresa tendrá altas ganancias en el corto o mediano plazo, es muy probable que invierta buena parte de su dinero en comprar acciones y títulos de esta compañía. Dicho de una forma más sencilla, en una bolsa de valores se comercia con las expectativas de rentabilidad de bienes y servicios que aún no se producen.

Por ello, cualquier eventualidad que afecte la producción futura ‒una sequía, un terremoto, una pandemia‒ puede provocar caídas en el valor de las acciones de empresas relacionadas a los sectores más perjudicados que estiman aumentos de costos y caída en sus ventas, afectando con ello a los tenedores de valores. Dependerá del epicentro y la gravedad de la contingencia que el contagio a los mercados financieros sea o no grave y duradero. A partir de este punto, surge otro fenómeno. Existen fondos especializados en comprar acciones al alza y venderlas a otros inversores antes de que se enteren de la caída de su valor. Esto se llama especulación. En las bolsas de valores existen sofisticadas redes de especulación que lucran con las perspectivas de la gente acerca de valores futuros.

Pero el problema no para allí. Existen cierto tipo de valores llamados “derivados financieros” que consisten en títulos cuya rentabilidad se basa en el comportamiento del precio de un activo subyacente. Estos derivados son muy populares por las altas ganancias que generan. Por ejemplo, una compañía petrolera que busca fondos extraordinarios para recomprar sus acciones a la baja puede recurrir a estos productos financieros ofreciendo a los inversores altos rendimientos aparejados al precio futuro del petróleo (activo subyacente).

Si el precio es alto a la fecha de vencimiento de los contratos de derivados, los inversores se quedan con una parte elevada de las ganancias. Y a la inversa, como ocurrió con las hipotecas subprime en Estados Unidos en 2008, si el precio del activo cae de manera estrepitosa los contratos se vuelven basura. Teóricos y especialistas, como Peter Gowan, advierten que la mayor parte de las transacciones que ocurren en las bolsas de valores no tienen nada que ver con inversiones reales que generen empleos, sino con el afán de ganar dinero a costa de otros apostadores.i

En este sentido, la pandemia de COVID-19 impactó fuertemente en las bolsas de valores del mundo entero porque los inversores y especuladores comenzaron a estimar contracciones importantes en los escenarios económicos futuros y reestructuraron o disminuyeron su compraventa de valores. China, el foco de la pandemia, es la segunda economía más grande del mundo y la principal potencia exportadora; tan sólo el año pasado fue el mayor productor, exportador y consumidor de electrónica del mundo. Cabe destacar que para muchos países que elaboran materias primas, la economía asiática representa su principal socio comercial. Por ende, al impactar en China, el coronavirus sacudió la economía del planeta.

De acuerdo con información de Bloomberg en los primeros dos meses de 2020 las principales bolsas de valores del mundo acumularon caídas negativas superiores al 20%. Pero la debacle se acentúo después del 11 de marzo cuando la Organización Mundial de la Salud decretó al COVID-19 como una pandemia y advirtió a todos los países que se prepararan ante una contingencia sanitaria grave. Al día siguiente hubo un desplome generalizado en todo el mundo. La bolsa de Nueva York cayó 10%, la de Londres 11%, la de Fráncfort 12.5%, en Madrid y Milán las bolsas cayeron 14% y 17%, respectivamente. En México, la bolsa cayó 5.2%, pero su variación negativa acumulada en el año ascendió a 21%.

 (AP Photo/Fernando Llano)
(AP Photo/Fernando Llano)

En los últimos días, los gobiernos de todo el mundo han preparado paquetes de estímulos monetarios y fiscales para enfrentar las consecuencias sanitarias y económicas del COVID-19, mismos que tratan de contener la caída de las expectativas económicas. En Estados Unidos, el presidente Trump propuso un paquete de apoyos a la economía de alrededor de 850 mil millones de dólares; en México, el presidente López Obrador ha mencionado que se cuenta con un fondo de ahorro de 400 mil millones de pesos para enfrentar la contingencia. También hay ramas económicas que se benefician de esta pandemia y de las medidas sanitarias que están tomando los gobiernos (como el distanciamiento social y el home office), tales como la farmacéutica, las telecomunicaciones e internet cuyas expectativas de crecimiento a corto plazo son altas en el mercado financiero. No hay que descartar movimientos de especuladores que están adquiriendo acciones empresariales a la baja con la finalidad de revenderlas más adelante. Tales situaciones provocan que el comportamiento de los mercados financieros sea errático.

De acuerdo con un análisis del Wall Street Journal en su edición del 25 de marzo, en los últimos días la bolsa de valores de Nueva York alcanzó picos históricos tanto a la baja como al alza. Situación similar ocurre en México; entre el 25 y 27 de marzo el principal índice de cotizaciones repuntó más de 3.5 puntos porcentuales. No obstante, la tendencia que esperan los mercados es que los ciclos de contracciones de la bolsa se sigan presentando con intensidad en los siguientes meses.

Estas fluctuaciones no necesariamente implican que disminuirá o aumentará la inversión productiva en un país (como señala Gowan), pero sus impactos financieros pueden ser brutales en algunas economías. Detrás de estos números actúan grandes fondos de inversión de billones de dólares que trasladan en tiempo real su dinero de un instrumento financiero a otro y de un país a otro, o que retiran sus recursos de las bolsas de valores y los invierten en otros mercados ‒como el de oro o el de divisas‒ acorde a las expectativas de rentabilidad. Este es uno de los graves riesgos de la llamada globalización financiera ‒fenómeno que se desarrolló a partir de la década de 1970‒ que entraña la posibilidad de una entrada o salida masiva de divisas (i. e. dólares, euros) sin que los gobiernos puedan regularla o imponer restricciones para evitar daños colaterales.

En México, por ejemplo, el fondo de inversiones BlackRock ‒uno de los más grandes del mundo‒ tiene invertidos cerca de 130 mil millones de dólares (cálculos de investigaciones periodísticas), distribuidos en proyectos de infraestructura energética, fondos de pensiones y en la bolsa de valores, donde se estima que posee acciones de más de 60 empresas que lo convierten en el inversionista más importante del mercado bursátil mexicano.v Este poderío le da al fondo de inversión la potencialidad de desestabilizar la economía en caso de retirar sus activos del país.

En suma, aunque la caída reciente de las bolsas no es producto de burbujas especulativas, como pasó en la crisis de 2008, estos grandes movimientos de capital implican riesgos y pueden tener repercusiones severas en los países que dependen altamente de los flujos financieros de corto plazo para equilibrar sus cuentas nacionales, agravando con ello los escenarios de crisis. Una relación que permite ver con mayor claridad este fenómeno es el tipo de cambio.

COVID-19 y tipo de cambio en México

El tipo de cambio nos indica cuántas unidades de una divisa nacional se necesitan para obtener una unidad de otra divisa. Por ejemplo, en México, el 25 de enero de 2020 se requerían 18.7 pesos para comprar un dólar, relación que ascendió 25.1 pesos por dólar el 24 de marzo pasado. ¿Por qué cambian estas relaciones? En principio, los tipos de cambio se determinan por la oferta y demanda de cada divisa, lo que es conocido como el mercado de divisas.

Estos mercados surgieron en la década de 1970 cuando se abandonaron las políticas de tipo de cambio fijo. En ellos participan los bancos centrales, la banca comercial, empresas y casas de cambio; su función es tener a la disposición del público las divisas necesarias para realizar sus transacciones con el extranjero (i. e. compras, viajes, inversiones). En este sentido, cuando un tipo de cambio se deprecia (como en el caso de México), significa que el nivel de la demanda de dólares por parte del público es más alto en comparación con el nivel de la oferta disponible.

Una imagen que ayuda a comprender esta relación es la de una subasta: imaginemos un maletín de dólares que todos quieren, pero sólo lo podrá obtener la persona que ofrezca más pesos. En realidad, la afluencia de dólares al país es constante, pero hay momentos en que ésta se ralentiza. ¿De dónde se obtienen las divisas? Principalmente de la exportación de bienes y servicios, de las remesas que envían a México los residentes de otro país, del turismo que viene a México, de la inversión extranjera directa (la que abre nuevas empresas) y de la inversión en cartera, o sea, la que fluye a través del mercado financiero.

En este sentido, la variación negativa acumulada en lo que va del año en la bolsa mexicana de valores ‒especialmente el “bajón” del 12 de marzo‒ representó una menor afluencia de dólares que mermó los niveles de oferta general de divisas disponibles. Sin embargo, ésta no es la única razón por la que cayó la divisa mexicana. También se combina la disminución de las exportaciones hacia Estados Unidos y la caída del turismo en el marco de la pandemia. Posiblemente veremos disminuciones de la inversión extranjera directa y de las remesas en las siguientes semanas que tendrán un efecto similar sobre el tipo de cambio.

Ahora bien, es importante decir que mientras no se corrijan una serie de problemas estructurales, el tipo de cambio y la economía mexicana seguirán siendo altamente vulnerables al impacto de las contingencias externas. El problema más notorio ‒y tal vez el más grave‒ es nuestra limitada capacidad para generar superávits comerciales. Estos resultan cuando el monto de las exportaciones de bienes y servicios es mayor al de las importaciones. Lo que quiere decir que una economía es capaz de producir más de lo que necesita e inclusive generar excedentes.

(Foto: REUTERS/Gustavo Graf)
(Foto: REUTERS/Gustavo Graf)

Sin embargo, en lo que va del siglo, de acuerdo con estadísticas del INEGI, las importaciones totales de bienes y servicios en México han superado año tras año las exportaciones, salvo en 2019, único año de superávit. Es decir, México ha arrastrado un déficit crónico de su balanza comercial que oscila alrededor del 2% del PIB, lo que significa una salida permanente de dólares. Entre las principales razones que explican esta dependencia externa figura la importación creciente de alimentos, medicinas y derivados petroquímicos (como las gasolinas); pero cabe destacar que el supuesto motor exportador de la economía (el sector manufacturero), centrado en aparatos electrónicos y equipos de transporte, en realidad importa alrededor de 70% de sus insumos. Es decir, se reexporta buena parte de lo que se importa.

Para cubrir los faltantes de divisas que genera año tras año este déficit comercial, los tecnócratas neoliberales han utilizado la tasa de interés como mecanismo de atracción tanto de inversión extranjera como de cartera. De acuerdo con Global-Rates, México es de los pocos países cuyo banco central ha mantenido altas tasas de interés en lo que va del siglo. Hasta el 13 de febrero de 2020, el Banco de México mantenía en 7% la tasa de interés referencial, la más alta del mundo, sólo por debajo de Turquía (10.75%).Sin embargo, esta medida tiene impactos severos en la economía y la sociedad.

Por un lado, se atrae al capital de cartera (o golondrino, como lo llaman algunos debido a su inestabilidad) que encuentra rentable dicha tasa de interés ‒pues en el mundo la tasa promedio es de 3.2%‒ y con ello se cubren las divisas faltantes de la balanza comercial manteniendo así el tipo de cambio “estable”.

Pero, por otra parte, se encarece el crédito al interior del país (recordemos que la tasa de interés del Banco de México es la que toman como referencia la banca comercial, las cajas de préstamo, sociedades de inversión, etc.), lo que representa un desincentivo tanto para la inversión como para el consumo internos.

Con bajos niveles de inversión, México difícilmente podrá sustituir con producción nacional la creciente cantidad de bienes que importa (incluidos los que reexporta), manteniendo perpetuo este entrampamiento financiero. El mantra neoliberal que se ha utilizado para justificar esta situación es el de las ventajas competitivas, es decir, que es racional comprar en el exterior lo que un país no puede producir más barato.

Sin embargo, las altas tasas de interés que existen en México y el consumo mermado por el rezago salarial acumulado en décadas, entre otros factores, hacen que cualquier esfuerzo interno sea muy complicado. No se puede esperar que el mercado nos de la salida al entrampamiento económico ‒a menos que se crea en los cuentos de hadas‒ sino que se deben construir salidas políticas como lo enseña la historia económica.

En suma, los efectos del COVID-19 en la bolsa de valores y el tipo de cambio en México no son otra cosa que la confirmación de un modelo económico que ha priorizado la atracción de capital financiero (aquel que no necesariamente se invierte para crear riqueza y empleos) en detrimento del mercado interno, lo que vuelve al país más vulnerable ante los riesgos externos y al mismo tiempo agudiza las falencias de una estructura económica atrofiada por las políticas neoliberales.

* Doctor en Economía, profesor de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

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