Mire, lector, voy a insistir en esta prédica redemocratizadora sobre Venezuela mientras tenga voz. Y deberíamos hacerlo todos los demócratas de América. No por simpatías ideológicas, no por alineamientos automáticos con Washington, sino porque en Venezuela se juega una parte sustancial de la salud democrática del continente. Allí está en discusión si América todavía cree en sus propias cláusulas de defensa institucional o si todo aquello fue apenas literatura diplomática para decorar cumbres internacionales. La Carta Interamericana y la Carta Democrática no son piezas ornamentales. Son compromisos jurídicos y morales suscritos por los Estados del continente. Y si tanto se invoca el derecho internacional para algunas causas, entonces conviene recordar que aquí el derecho internacional está primero. No es una opción estética. Es una obligación política y jurídica. Todo lo demás viene después y lo debatimos hasta el fin de los tiempos.
No se trata de coincidir en todo con Estados Unidos. Mucho menos de transformarse en un devoto automático de cada movimiento de la Casa Blanca. Pero en este punto específico conviene decir las cosas sin maquillaje: sacar de una oreja a un dictador, sentarlo frente a un tribunal y exponerlo como un delincuente narcoterrorista, corrupto y responsable de violaciones sistemáticas a los derechos humanos no es un entretenimiento geopolítico. Es una operación de saneamiento institucional frente a una estructura cleptocrática que devastó un país entero. Si hay un país secuestrado, liberarlo de su tirano no es un error, le duela a quien le duela. Los dictadores no tienen inmunidad de jurisdicción: eso creen ellos, pero no es así, no debe ser así.
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Todos saben lo que ha sido la élite gobernante venezolana actual. Todos. Lo saben en Caracas, en Bogotá, en Montevideo y en Washington. Fingir sorpresa a estas alturas sería una obscenidad intelectual. Que Estados Unidos utilice ahora a estos actores del régimen para administrar una transición demuestra también la naturaleza moral de esos personajes: sirven a quien haga falta para sobrevivir un día más. Esa es precisamente su identidad política. Pero sin ingenuidades. Sin romanticismos. Sin engaños.
Y conviene ser claros también respecto de la llamada “dictadora ad hoc”. No es una reformista democrática ni una estadista iluminada. Es, en rigor, una sobreviviente del chavismo primigenio que, junto a su hermano, intenta construir un modelo de supervivencia política bajo formatos menos brutales porque ya no tiene margen para sostener el sistema anterior (por ahora). Eso no es democratización. Eso es adaptación defensiva.
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Cuesta creer en una transición auténtica mientras continúe existiendo centenares de presos políticos en Venezuela. Los represores no construyen libertad; administran simulacros de apertura cuando sienten el agua al cuello. Por eso Estados Unidos debería colocar como condición central e inmediata la liberación total de los detenidos políticos, el cese de la persecución y el esclarecimiento del destino de tantos venezolanos que probablemente jamás volverán a la vida. Lo primero es lo primero. Sin eso, todo el discurso transicional empieza a parecerse demasiado a una escenografía.
Hay además un problema evidente en parte del diseño norteamericano: una dosis peligrosa de voluntarismo. Las fases teóricas del proceso podían ser correctas. Los tiempos jamás lo fueron. Las transiciones reales son viscosas, imprevisibles, llenas de trampas y bloqueos. Mucho más cuando se negocia con estructuras mafiosas acostumbradas a comprar tiempo mientras reorganizan poder.
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Estados Unidos debe involucrarse activamente en la construcción de garantías electorales reales. Y la comunidad internacional tiene que abandonar la cómoda liturgia del “observador electoral” que aterriza cuarenta y ocho horas antes de votar y se retira con una declaración diplomática. Venezuela requiere otra cosa: presencia técnica, política y jurídica desde la primera hora. Supervisión seria. Auditorías robustas. Presión permanente. ¿O no lo sabemos todos? ¿O nos estamos haciendo los tontos para que un grupo de empresarios rápidos monte sus negocios como primer objetivo? ¿En serio era esto lo central?
Porque los dictadores ad hoc juegan exactamente a eso: a ganar tiempo. Washington, mientras tanto, quiere estabilizar rápidamente a Venezuela para volverla funcional a sus intereses estratégicos y energéticos. Pero acaso la administración Trump no advierte que la lección verdaderamente histórica para América no sería apenas normalizar relaciones con Caracas, sino cerrar de verdad el ciclo autoritario mediante una elección legítima, transparente y jurídicamente incontestable.
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Y allí aparece una realidad política imposible de disimular: María Corina Machado es hoy la figura con mayor capacidad de construir una mayoría democrática real en Venezuela. Le duela a quien le duela. No unanimidad -eso no existe en ninguna democracia adulta-, pero sí mayoría social, legitimidad emocional y autoridad política. Es la bisagra inevitable de cualquier transición seria.
Los sudamericanos conocemos las transiciones. Las vimos todas. Las sobrevivimos a todas. Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, España como referencia inevitable de aprendizaje histórico. Sabemos que nunca son perfectas. Pero también sabemos algo peor: no hay nada más destructivo que simular una transición para terminar frustrándola. Eso deja cicatrices políticas que duran décadas.
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Hoy Venezuela está en un cruce de caminos. La sociedad está agotada. Millones sobreviven en la pobreza. Millones emigraron y ya ni siquiera saben cómo seguir ayudando a sus familias desde afuera. Cada demora burocrática, cada negociación eterna, cada ambigüedad diplomática fortalece a quienes viven de eternizar el deterioro.
Y respecto a María Corina Machado, regresará plenamente al centro de la escena cuando las condiciones mínimas existan y cuando ella entienda que es el momento adecuado. Probablemente nadie conozca mejor que ella el nivel de riesgo que enfrenta. Pero conviene que Washington comprenda algo esencial: se trata de una dirigente con profundo sentido espiritual, con vocación de unidad nacional y con una capacidad singular para construir esperanza en una sociedad devastada. Sin ese activo humano, las posibilidades de una transición pacífica disminuyen dramáticamente.
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Y que nadie se confunda. Los dictadores ad hoc podrán sonreírle al inversor extranjero, hablar el lenguaje correcto en foros internacionales y disfrazarse de pragmáticos reciclados. pero debajo de la ropa nueva siguen habitando estructuras viejas, resentidas y entrenadas en la lógica del miedo. Están siempre dispuestos a reinstalar mecanismos de violencia si sienten amenazada su supervivencia.
No se está negociando con Chamberlain, se negocia con aparatos de poder que mienten, especulan, esconden cartas y preparan siempre un plan B y un plan C. Las mafias conservan códigos mafiosos aun cuando usan corbata diplomática. No equivocarse jamás. O no usarlos, ellos saben usar mejor que nadie al otro.
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Haría bien Donald Trump en acelerar definiciones y haría bien Marco Rubio en comprender que estos actores sólo respetan la presión sostenida. Porque conviene no olvidar nunca algo elemental: los pueblos, a veces, se cansan. Y cuando el agotamiento social se transforma en furia colectiva, ya nadie controla el desenlace.
Ojalá Venezuela no llegue a ese punto. Por el bien de millones de vidas. Pero si la tragedia termina imponiéndose, la historia también pedirá cuentas a todos los que jugaron con fuego creyendo que podían domesticarlo.
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