Un mundo sin coordinación ni liderazgo: los 5 focos de tensión geopolítica que provocó la pandemia

El coronavirus puso en jaque al mundo, incluso a los países más poderosos. EEUU, China, la Unión Europea y América Latina están sufriendo el brote. Cuál es el alcance de estos conflictos y qué consecuencias pueden generar. INFOGRAFÍAS

fkobelinsky@infobae.com
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Desde la desaparición del orden bipolar EEUU - Unión Soviética, el mundo lleva décadas reposando en el liderazgo norteamericano. Es cierto que existieron reclamos en busca del multilateralismo, pero todo siguió pasando por Washington. Ahora, el coronavirus- con más de 400 mil muertos y casi 8 millones de contagiados- desequilibró al mundo. La pandemia transformó la geopolítica en un desorden multipolar: no hay coordinación ni liderazgo, y un puñado de actores pelea por ver quién es el culpable de este lío en vez de proponer formas de resolverlo.

Desde que el brote surgido en Wuhan (China) se descontroló y cruzó fronteras, generó una de las peores crisis de salud pública de la historia y, a fuerza de muertes, puso en jaque a todos los gobiernos y organizaciones del mundo, incluso a los más poderosos. Los derechos individuales sufrieron atropellos, resurgieron brotes nacionalistas y las democracias fueron puestas a prueba.

Aquí, cinco focos de tensión que nacieron o se profundizaron por la pandemia. Cómo sea, el desenlace de cada uno de ellos determinará si el coronavirus finalmente cambia el orden mundial.

China: del virus, a la posibilidad de una nueva guerra fría y la diplomacia de las mascarillas

Las infografías de este artículo se realizaron con datos de la Universidad Johns Hopkins actualizados al 12/06/2020 (Marcelo Regalado)
Las infografías de este artículo se realizaron con datos de la Universidad Johns Hopkins actualizados al 12/06/2020 (Marcelo Regalado)

El gobierno de Xi Jinping lidera el ranking de la polémica internacional que desató el virus. Seguido muy de cerca por la Organización Mundial de la Salud, claro. Es que Beijing ocultó -adrede o por negligencia- la verdadera dimensión del brote que se convirtió en pandemia. Desde diciembre del año pasado, cuando el mundo se enteró del nuevo coronavirus, ha ocultado información y se encargó de obstaculizar los accesos internacionales para verificar que no se trate del producto de un laboratorio. Insistimos: adrede o por negligencia, el virus surgido en su territorio afectó al mundo y cuando las principales potencias del planeta pidieron acceso al lugar de origen, el régimen volvió a levantar su muralla.

Beijing sometió a su población a la exposición del virus letal y, una vez que el brote se transformó en pandemia, intentó contrarrestar las críticas argumentando que hay una conspiración en su contra. Las primeras víctimas de este tipo de ocultamiento fueron los propios habitantes de Wuhan, quienes no fueron advertidos a tiempo por las autoridades que mintieron permanentemente sobre las cifras y la gravedad del caso. Recién el 22 de enero, más de tres meses después de iniciada la pandemia, decidió aislar totalmente a la población de aquella ciudad para hacerlo posteriormente en la provincia de Hubei.

Cercado por sus propios muertos- que se cuentan por miles-, Estados Unidos apunta contra su clásico rival y reúne día a día más información para responsabilizar a China del mal manejo de la pandemia.

Donald Trump no pierde oportunidad de remarcar públicamente que China no estuvo a la altura de las circunstancias y su secretario de Estado, Mike Pompeo, echó mano de la batería de términos de antaño para acusar a Beijing. Para el funcionario norteamericano, “China hizo todo lo posible para asegurarse de que el mundo no se enterara a tiempo” sobre el COVID-19. “Fue un clásico esfuerzo de desinformación comunista”, dice con frecuencia.

En esta cruzada no está solo, sino que un informe de la alianza de agencias de inteligencia “Five Eyes” -compuesta por Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Nueva Zelanda y Australia- asegura que Beijing ocultó información. Según el documento, existen pruebas de que el virus se originó en el Instituto de Virología de Wuhan, cerca del mercado húmedo de donde China dice que proviene. Afirma, además, que el gobierno asiático encubrió la noticia del virus silenciando o “desapareciendo” a los médicos que hablaron, destruyendo las pruebas del virus en los laboratorios y negándose a proporcionar muestras vivas a los científicos internacionales que trabajan en una vacuna. El documento de inteligencia, que dice tener pruebas aunque aún no fueron difundidas, suma sospechas sobre Beijing y alimenta la teoría de una nueva “guerra fría”, esta vez entre EEUU y China.

En este contexto de desconcierto mundial, a fuerza de confinamientos severos, persecución de la población y un sistema de control que viola cualquier noción de derechos humanos, China fue la primera nación que superó el brote. Acaparando la única información disponible sobre el tema -básicamente la experiencia propia- y dominando la producción mundial de elementos de protección como los barbijos, Beijing buscó sacar provecho del horror y puso en marcha la “diplomacia de las mascarillas”, una nueva estrategia de “poder blando” para hacer pie en distintas partes del mundo; por ejemplo, en Latinoamérica.

Donaciones de respiradores, insumos médicos y mascarillas, know how… Esta es la nueva puerta de entrada de China al mundo. Con piel de cordero, busca aumentar su influencia geopolítica y, en medio del caos, puede que lo logre.

La OMS, burocrática, lenta y desfinanciada

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La Organización Mundial de la Salud sufre el descrédito más importante de su historia. En 2015 ya había estado en el foco público por el control del ébola, pero como el epicentro de esa enfermedad fue en África, el mundo no exigió demasiado.

Cuando el brote de coronavirus se descontroló, la OMS dejó al descubierto la burocracia de los organismos internacionales y dilató la toma de medidas. Tardó en dimensionar la gravedad del virus, demoró en calificar la crisis como una pandemia y, producto del desconocimiento sobre la enfermedad -de ellos y de todos-, dijo y se desdijo. Un combo mortal que no supera el escrutinio internacional.

Que las mascarillas no, que las mascarillas sí; que los asintomáticos son un peligro, que no lo son; que sin fiebre no hay coronavirus, que sí hay enfermos sin temperatura elevada; que los niños son inmunes, que son supercontagiadores; que se puede hacer deporte, que correr es más peligroso que Bin Laden.... No hay un solo país en el mundo que no critique alguna de sus acciones o, al menos, deslice la posibilidad de que pueden estar equivocados.

Pero el dilema es mayor, porque por más mala que sea, hoy no hay otra opción. No existe una alternativa a la OMS. Habrá que cambiarla, refocalizarla, desmantelarla... Lo que se decida en el futuro, pero por ahora no hay otra herramienta capaz de coordinar esfuerzos mundiales para enfrentar una pandemia.

Así y todo, la OMS no está en el ojo de la polémica sólo por su lenta reacción, sino que EEUU la acusa directamente de connivencia con China. Para Trump, el director de la organización, Tedros Adhanom Ghebreyesus, se alineó con Xi Jinping. Una vez más, adrede o por negligencia, tomó como válida la información china sin siquiera contrastarla. Su performance hace que hoy, su principal aportante -EEUU- la deje sin financiamiento y su reforma sea inexorable.

EEUU: Trump ve peligrar su reelección por la cifra de muertos y el inevitable desastre económico

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Donald Trump encaraba el 2020 con resultados económicos promisorios. Su America First arrojaba datos históricos y, por más polémica que generaron algunas de sus políticas o declaraciones, no parecía tener ninguna piedra en el camino hacia la reelección.

Pero estalló la pandemia. Los casos empezaron a aumentar y la vulnerabilidad de clásicos símbolos de prosperidad comenzaron a emerger. Nueva York, el aspiracional de millones en el mundo, se transformó en el epicentro de la pandemia en el país. Cuerpos apilados en las morgues, Times Square desierto, los teatros de Broadway sin luces… Solo en la Gran Manzana murieron más de 30.000 personas.

EEUU tiene cerca de 114.000 fallecidos por coronavirus y más de 2 millones de casos. Es el país más golpeado por lejos, sin ningún escolta que se le acerque. En una nación donde el estado de bienestar no es la regla, los más pobres se llevaron la peor parte: son los negros y los latinos los que llenan las listas de muertos.

Enfrascado en una pelea con los gobernadores sobre si la Casa Blanca reaccionó tarde, si los asistió a tiempo, si ellos están haciendo bien las cosas, si hay que abrir o no, Trump fue cambiando de posición. Primero desestimó la gravedad del virus, pero a fuerza de números rojos se rodeó de expertos y, por un tiempo, dio personalmente información diaria sobre la situación, promocionó medicamentos -hasta los probó en su cuerpo- e incluso prometió la vacuna. Ahora, aún cuando la cifra de víctimas sigue siendo trágicamente obscena, se prepara para retomar sus mítines políticos porque la pandemia puso en peligro todos su planes.

Es que la crisis se comió a la economía norteamericana. Unos 40 millones de personas han pedido subsidios de desempleo desde el inicio de la pandemia, grandes empresas han declarado la bancarrota y el Gobierno debió rescatar a miles de negocios y compañías, además de depositar ayudas generalizadas a la población.

En abril la tasa de desempleo alcanzó el 14,7% tras subir más de 10 puntos, pero la semana pasada el Gobierno anunció por sorpresa que en mayo bajó hasta el 13,3%, cuando muchos esperaban una cifra cercana al 20 por ciento. Esta luz se ha transformado en la esperanza de Trump.

Pero como si los 114.000 muertos y la recesión fuera poco, el 25 de mayo pasado un policía de Minneapolis presionó su rodilla contra el cuello del afroamericano George Floyd hasta que éste, esposado, dejó de respirar. Su asesinato grabado con una cámara de vigilancia urbana desató una ola de manifestaciones contra el racismo. Durante 10 días las movilizaciones se sucedieron en todo el país, los estados debieron dictar toques de queda, hubo disturbios y saqueos y la revuelta llegó hasta las puertas de la Casa Blanca. El gobierno levantó vallas para proteger la residencia e incluso el 29 de mayo por la noche Trump tuvo que pasar casi una hora en el búnker diseñado para emergencias, como ataques terroristas, porque los manifestantes arrojaban piedras sin cesar.

Las marchas contra la brutalidad policial y el racismo reavivaron las desigualdades aún no resueltas y crece el movimiento para convocar al voto en noviembre, algo que no lo favorece.

Además, las protestas continuas sembraron otro temor: la precipitación de una segunda ola de contagios. Desde el gobierno de Trump ya adelantaron que un rebrote no cerrará el país pero si por un tsunami de nuevos muertos la economía no encuentra espacio para resurgir, entonces la llave de su reelección se desmoronaría.

Unión Europea, las diferencias internas bloquearon la posibilidad de ser una verdadera alternativa

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La UE podría aprovechar la falta de liderazgo mundial que quedó al descubierto con la pandemia, pero para ocupar ese papel debería resolver los problemas internos que amenazan con reeditar viejas crisis. Es que el coronavirus borró de facto uno de los pilares del bloque, la libre circulación en el espacio Schengen. Y con el regreso de las fronteras internas se profundizaron las diferencias.

"En Europa tenemos la segunda gran crisis del euro. Lo que está pasando ahora tiene mucho de lo que vivimos en la primera. Estamos discutiendo de nuevo cómo organizar la solidaridad entre los Estados miembros. Otra vez han vuelto las fronteras y los dos pilares de la Unión, que son Schengen -libre circulación- y el euro, vuelven a estar enfrentados a dificultades prácticas", aseguró el Alto Representante de la UE para Asuntos Exteriores, Josep Borell.

Es que Italia, el primero de los europeos golpeado con miles de muertos e imágenes de horror inimaginables para Europa, quedó sola. España, la segunda en caer, denuncia lo mismo. Y Alemania, el socio rico, se mostró renuente a destinar más fondos a los países cercados por la crisis. Mientras que allí hay tests suficientes para todos, incluso para que el fútbol vuelva primero, y sobran las camas de terapia intensiva, en Italia se establecía un protocolo que permitía dejar morir a los más viejos para atender a los jóvenes...

Ahora que el temblor parece haber pasado, con 129.287 muertos en todo el bloque, las fronteras empiezan a abrirse y la Unión Europea tendrá que sanar heridas. Para Borrell, las diferencias tienen que desembocar en una oportunidad para asumir mayor protagonismo. “Es un momento en el que la UE debería extraer lecciones, como lograr una mayor integración. Hay que hacer frente a las tendencias centrífugas. Ya las había: el brexit fue su máxima expresión. Hay que reconocer que la primera respuesta a la crisis fue nacional. Es lógico y explicable que sea así porque las competencias en materia de salud son de los Estados miembros, que reaccionaron de acuerdo con su situación e intereses. La propia presidenta de la Comisión ha pedido disculpas en el Parlamento Europeo por la falta de colaboración inicial de algunos países con Italia”.

Bolsonaro: populismo, negacionismo y peligro de intervención militar

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Para Jair Bolsonaro el coronavirus es una gripezinha. Hace tres meses que todos los fines de semana participa en movilizaciones que, obviamente, no respetan ningún protocolo de distanciamientos social. Se muestra con mascarilla, pero en medio de los eventos se la saca para abrazar a la gente. Utiliza sus redes sociales para despotricar contra cualquier intento de confinamiento que ensayen los gobernadores y recomienda vida sana y buena alimentación como el mejor método para superar el coronavirus.

Pero mientras el presidente brasileño pregona con el ejemplo y no se cuida en absoluto del coronavirus, Brasil es ya el segundo país del mundo con más casos detectados después de Estados Unidos. Contabiliza 40.000 muertos, más de 800.000 contagiados y es el foco de la pandemia en América Latina.

Esas son las cifras oficiales, que en los últimos días dejaron de aparecer en la página que el gobierno para “darle más espacio” a los recuperados, pero las extraoficiales magnifican el drama: se habla de más de un millón de infectados y miles de muertos no contabilizados.

San Pablo es la región más afectada, seguida por Río de Janeiro. Ninguno de los estados dice tener infraestructura suficiente para enfrentar la pandemia y los hospitales ya están colapsados. En Manaos, en plena Amazonas, se taló un bosque para cavar tumbas…

La posición de Bolsonaro es inédita en el mundo. Hasta Donald Trump, que también había minimizado la crisis, terminó calificando el brote como “una guerra”. El presidente de Brasil es, de hecho, el único líder del G20 que no respeta las reglas de prevención. Mientras la popularidad de la mayoría de los mandatarios sube, la de él baja. Hasta su propio gabinete se rebeló: renunciaron dos ministros de Salud y la superestrella de su equipo, el ministro de Justicia Sergio Moro, también dio un portazo.

Así, por primera vez en décadas, la mayor democracia de América Latina empieza a convivir con rumores de golpe militar. En ciertos círculos castrenses se habla de “inestabilidad institucional”, pero la idea parece haber calado incluso en el círculo chico del Presidente, que vería con buenos ojos una intervención que lo mantenga en el poder. Así como Bolsonaro llegó al Planalto de manera inesperada, nadie descartar un desenlace sorpresivo.

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