Emmanuel Macron, un presidente con algunas extravagancias
Emmanuel Macron, un presidente con algunas extravagancias

Emmanuel Macron no sabe si el huracán ya pasó o si está parado en el ojo, a la espera de la arremetida final. La única certeza es que está viviendo la peor crisis política desde que llegó al Palacio del Elíseo, hace 14 meses.

Esta semana debió afrontar en la Asamblea Nacional la primera moción de censura contra su gobierno. En realidad fue doble: una estuvo impulsada por Los Republicanos, el principal partido opositor, y la otra, por diferentes fuerzas de izquierda. Ni siquiera sumadas se acercaron a los 289 votos necesarios para destituir al primer ministro, Édouard Philippe.

No era ese el objetivo. La cómoda mayoría que tiene el oficialismo hacía imposible prever un triunfo. Lo que buscaban era enviar un mensaje. "El mito de la república ejemplar acaba de caer", sintetizó el líder de la bancada socialista, Olivier Faure.

El detonante de la crisis fue el escándalo protagonizado por Alexandre Benalla, que hasta hace unas semanas era el joven jefe de la custodia presidencial. Tiene 26 años y, desde hacía al menos dos, seguía a Macron a cada lugar al que iba.

Emmanuel Macron, junto a Alexandre Benalla (REUTERS/Regis Duvignau/File Photo)
Emmanuel Macron, junto a Alexandre Benalla (REUTERS/Regis Duvignau/File Photo)

Un video difundido a principios del mes pasado lo muestra a Benalla portando una identificación policial —a pesar de no ser miembro de la fuerza— durante una movilización el 1 de mayo. No sólo estuvo presente, también golpeó, empujó y arrestó a más de un manifestante.

Macron y su equipo se enteraron de la irregularidad el 2 de mayo, pero no lo echaron. Apenas lo suspendieron por dos semanas. Lo suficiente como para que pudiera acompañar al mandatario durante su visita a Rusia para ver a Francia ganarle a Croacia la final del Mundial. Lo desafectaron sólo luego de que se conocieran las imágenes.

El escándalo se fue agrandando a medida que se conocían más detalles del inexplicable rol que tenía Benalla en el entorno presidencial. Entre otros privilegios, tenía un pase libre para acceder a la Asamblea Nacional, llave de la casa particular de Macron y un departamento prestado por el Estado en París. Los rumores sobre la naturaleza de la relación que mantenía con el mandatario se esparcieron como un virus.

Todo creció gracias al obstinado silencio de Macron, que no sentía la obligación de dar explicaciones. Hasta que finalmente habló y asumió la responsabilidad por lo sucedido. "Alexandre Benalla nunca ganó 10.000 euros. Alexandre Benalla nunca supo los códigos nucleares. Alexandre Benalla nunca ha sido mi amante", dijo. "El responsable soy yo y solo yo".

El caso exhibió algunos de los puntos débiles del presidente. Por un lado, su excesivo verticalismo, que para sus críticos es un inconfundible autoritarismo. Es lo esperable de un político que llegó a la Presidencia a los 39 años, con un partido fundado por él mismo y con mayoría en el Parlamento. La oposición trató de facturarle esa falta de apego al diálogo y a los acuerdos.

El otro rasgo que quedó expuesto como nunca antes es la extravagancia de Macron. Desde que llegó al gobierno tomó decisiones y tuvo actitudes que se diferencian mucho del recato que han tenido muchos presidentes franceses a lo largo de la historia.

Por momentos, eso se convierte en un activo inigualable, que lo muestra como alguien más cercano al ciudadano medio. Pero, en otras ocasiones, esas formas lo hacen parecer un líder que se siente por encima de todo y de todos. Difícilmente pueda haber futuro político para alguien que es visto de esa manera por la población.

El festejo del presidente francés Emmanuel Macron en el primer gol del partido que consagró a su país por segunda vez en la historia de los Mundiales (Reuters)
El festejo del presidente francés Emmanuel Macron en el primer gol del partido que consagró a su país por segunda vez en la historia de los Mundiales (Reuters)

Las excentricidades de la gestión Macron

Concluida su semana más tumultuosa, Macron partió este viernes junto a su esposa Brigitte a Fort de Brégançon, la residencia de verano de los presidentes franceses, ubicada en una pequeña isla en Bormes-les-Mimosas, en el sur del país. Este fuerte del siglo XVII, que tiene playa privada, estuvo en el centro de una de las polémicas que protagonizó el jefe de Estado el año pasado.

La decisión de invertir 40 mil dólares en refacciones que incluyeron la construcción de una piscina de diez metros de largo generó malestar en la opinión pública. Sobre todo, porque se produjo en un contexto de ajuste en las cuentas públicas.

Los gastos personales del matrimonio presidencial son un tema de discusión desde el comienzo del gobierno. El mes pasado se conoció que el Elíseo destina 6.000 dólares al mes en un peluquero que está las 24 horas del día, los siete días de la semana, a disposición de la estética de la pareja. La noticia se sumó a una del año pasado, que indicaba que en los primeros tres meses de gestión había gastado cerca de 30.000 dólares en maquillaje.

Macron junto a su esposa Brigitte (REUTERS/Charles Platiau)
Macron junto a su esposa Brigitte (REUTERS/Charles Platiau)

Lo interesante es que la información oficial muestra que su predecesor, François Hollande, destinaba un presupuesto similar a estas menudencias. Sin embargo, la prensa francesa y parte de la población parecen caerle más fuerte a Macron. Quizás sea porque transmite cierta imagen de frivolidad que a algunos les molesta.

Es cierto que la relación entre Macron y su esposa es vista con otros ojos por los prejuicios que genera en lo sectores más conservadores de la sociedad francesa que ella haya sido su profesora y sea 25 años mayor. Pero algunas iniciativas del Gobierno contribuyen a potenciar esas miradas inquisitivas.

Por ejemplo, la propuesta de otorgarle a la primera dama un estatus especial, con un presupuesto propio, algo que no está legislado en Francia. El rechazo que despertó fue tan grande que debieron dar marcha atrás.

Macron dio muchas muestras de sentirse cómodo saliendo de protocolo. Se vio claramente en la final del Mundial. Cuando Francia marcó el primer gol del partido, saltó de su butaca y empezó a agitar los brazos como cualquier fanático. Al lado lo miraban sorprendidos Vladimir Putin, Kolinda Grabar-Kitarović y Gianni Infantino, presidentes de Rusia, Croacia y la FIFA.

Días antes había llamado la atención su cruce con un adolescente cuando se acercó a saludar al público durante un acto en Mont Valérien, al oeste de París. El joven estaba cantando "La Internacional" y, cuando vio al jefe de Estado, le preguntó "¿Qué pasa, Manu?".

A Macron no le gustó ni un poco. "Estás en una ceremonia oficial, así que te comportas como debe ser", le dijo. "Puedes hacerte el imbécil, pero hoy hay que cantar la Marsellesa. Me llamas señor presidente de la República o señor, ¿sí?". Algunos celebraron la respuesta como una forma de hacer respetar la investidura y de transmitir ciertos valores, pero otros consideraron que estuvo demasiado subido de tono.

Quien sufrió ese impronta impredecible durante la cumbre del G7 celebrada a principios de junio en Quebec, Canadá, fue Donald Trump, otro enemigo del protocolo. Tras una breve reunión, lo saludó ante las cámaras y le dio un apretón de manos tan fuerte que le dejó el pulgar marcado.

El apretón de manos con Trump (REUTERS/Leah Millis)
El apretón de manos con Trump (REUTERS/Leah Millis)

Puede que haya sido una manera de expresar su malestar con la negativa de Trump a suscribir cualquier acuerdo con las demás potencias. Aunque también es posible que se estuviera vengando del efusivo saludo del que él había sido víctima en su primer encuentro, el año pasado, en la Casa Blanca.

Si con el presidente de Estados Unidos Macron caminó en la cornisa tratando de mostrarse duro, con el primer ministro australiano, Malcolm Turnbull, le pasó por querer ser demasiado agradable. Durante la conferencia de prensa conjunta que ofrecieron al término de su visita oficial, el mandatario le dijo: "Gracias a ti y a tu deliciosa esposa por su cálida bienvenida".

En inglés, el término que utilizó (delicious) sólo se usa para referirse a la comida. Aplicado coloquialmente a una persona tiene connotaciones sexuales. El problema es que délicieuse en francés significa tanto deliciosa como encantadora.

La mano de Trump, con el dedo de Macron marcado (REUTERS/Leah Millis)
La mano de Trump, con el dedo de Macron marcado (REUTERS/Leah Millis)

Un estilo peligroso para aplicar un programa muy difícil

No todos estos sucesos son escandalosos ni necesariamente reprobables. Pero pueden resultar inoportunos para un presidente que intenta pasar a la historia como el gran reformador.

Si Macron desarrollara un programa de expansión del gasto público, con subas salariales y aumento de los subsidios, estas cosas pasarían desapercibidas. Pero el eje de su plan de gobierno es la modernización de la economía francesa, para hacerla más competitiva. Eso implica recortar el gasto, achicar personal donde sobra y eliminar algunas rigideces de la legislación laboral.

Son todas medidas muy impopulares, que lo enfrentaron con los sindicatos y con parte importante del electorado. El de los ferroviarios es un caso testigo. Tras una reforma que busca terminar con el monopolio de la compañía estatal, la deficitaria SNCF, cuyos empleados tienen el trabajo garantizado de por vida, el gremio realizó tres meses consecutivos de huelgas.

Que un presidente acusado de "gobernar para los ricos" haga estas cosas indigna a mucha gente, y contribuye a limar su bien más preciado: la legitimidad. Sin ella, es casi imposible prosperar implementando políticas antipáticas.

El promedio de las principales encuestas difundidas en julio le asigna un 38% de aprobación a su desempeño. Con ciertas oscilaciones, es el nivel en el que se mantiene desde que se terminó la luna de miel, antes de que cumpliera 100 días en el poder. Eso significa que, por ahora, el caso Benalla no lo estaría afectando tanto. Pero aún es temprano para captar todo el impacto. Más aún si se repiten situaciones parecidas en los próximos meses.

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