
Una joven muchacha vestida de verde y con un sombrero rojo se asoma a la puerta e invita a los pocos turistas a pasar. "Es gratis, es gratis", dice. Sonríe mucho y habla en un inglés británico perfecto y con una descontracturada cortesía. Entonces los extranjeros dejan de cruzar una y mil veces aquella línea blanca en el piso que marca en forma ceremonial el círculo polar ártico, y la siguen. Antes de retirarse la joven advierte que está prohibido sacar fotos dentro del edificio. Un letrero en la puerta anuncia: "Papá Noel está acá". Pasillo largo, oscuro, extraños sonidos de relojes y hielo que se resquebraja, una música incesante como de película de Tim Burton, luces rojas o azules y finalmente un péndulo gigante y una escalera. El recorrido parece buscar cierta tensión y algún nerviosismo en el incrédulo visitante. Al fin y al cabo, está a punto de conocer a Papá Noel. Y él está allí, al final de la escalera.
Hay una especie de estudio de televisión en donde las enormes luces apuntan a una escenografía con sillón en el medio, el hombre saluda con entusiasmo y mueve mucho las manos. Sus ropas no son sólo rojas y blancas sino que incluyen detalles azules y ornamentos tradicionales saami, el pueblo indígena que habita en la región. Pregunta, cuenta, demuestra cuánto conoce sobre los países de los que provienen sus visitantes, da consejos, alguna humorada, fotos, un fuerte apretón de manos y "feliz navidad", aunque sea septiembre. Es que en la Aldea de Papá Noel es navidad todo el año, no importa ni el clima ni la cantidad de visitantes. Para diciembre y enero las filas serán interminables y ya no habrá más que saludo, foto y hasta luego.
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Allí debería terminar todo. Quizás alguna información concreta sobre cómo visitar el lugar o acerca de los distintos servicios que se ofrecen al turista. Pero la presencia de Papá Noel y todo el universo que lo rodea en la ciudad finlandesa de Rovaniemi van más allá de un conjunto de tiendas de recuerdos.
Los vecinos locales se enorgullecen al repetir que la capital de Laponia, 800 kilómetros al norte de Helsinki, y pese a sus poco más de sesenta mil habitantes, es la ciudad más grande de Europa. Sí, suena descabellado, pero oficialmente Rovaniemi ocupa un área de más de 8.000 kilómetros cuadrados y quintuplica el tamaño de Londres. Pero también es cierto que alcanza con alejarse unos pocos minutos del centro para rodearse de árboles y silencio. Nadie se atrevería a discutirle sobre datos numéricos a quien se presenta al mundo con el eslogan registrado de "Ciudad Natal Oficial de Papá Noel".
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En medio de la Segunda Guerra Mundial Rovaniemi fue completamente destruida por el ejército alemán y la reconstrucción recién comenzó a finales de los años 40. El encargado fue el renombrado arquitecto finlandés Alvar Aalto. Todo el masterplan fue diseñado con un pequeño truco que para muchos sigue siendo un secreto hasta el día de hoy: las calles del centro de la ciudad dibujan la silueta de la cabeza de un reno con cornamenta incluida. El ojo del animal es el estadio de fútbol en donde actualmente juega, entre otros, el equipo de cuarta división Santa Claus FC. No muy lejos de allí, al otro lado del río Kemi, se encuentra el centro deportivo Santa Sport, que daba nombre hasta 2009 al equipo de volley local. Y como si con esto no alcanzara para verse rápidamente inmerso en clima navideño sea el mes que sea, en las afueras de la ciudad hay un parque de diversiones subterráneo llamado, por supuesto, Parque Santa.

Pero la estrella es la Aldea de Papá Noel, cuya construcción comenzó en 1950 luego de una visita de la ya por entonces ex Primera Dama estadounidense Eleanor Roosvelt. El conjunto de casitas y tiendas está ubicado a unos 8 kilómetros del centro de la ciudad, justo por donde pasa la línea del círculo polar ártico. En todas las regiones al norte de esa línea el sol permanece durante las 24 horas arriba o debajo del horizonte. Es decir, hay sol de medianoche en verano y noches eternas en invierno. Una línea blanca en el suelo marca la latitud exacta y los turistas cruzan y recruzan sacándose fotos. Si es invierno y esa línea está cubierta de nieve, una serie de luces de led que sobrevuelan la zona sirve como demarcación. Hay tiendas de recuerdos, oficina de correo, restaurantes, cafés, la posibilidad de conocer a Joulupukki (como llaman los finlandeses a Papá Noel) en su ciudad natal oficial y, hasta la temporada pasada, también allí estaba Sasha.
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Sasha es de Kiev, Ucrania, y estudia arquitectura en la Universidad de Laponia, la más boreal de toda la Unión Europea. Trabajó durante casi un año en la Aldea de Papá Noel y durante ese periodo fue una de las dos únicas extranjeras, junto con una muchacha rusa. Las dos recibían a los numerosos turistas rusos que llegan en enero, cuando se celebra la navidad según el calendario ortodoxo. Sasha recuerda que "al principio fue un poco extraño, con toda la piel de reno y las cosas de navidad dando vueltas, pero de a poco te vas acostumbrando y empieza a ser un trabajo como cualquier otro. Hasta que ves a toda la gente llegar con sus expectativas, a los chicos extremadamente entusiasmados… y dan ganas de participar también de esa experiencia. Me gustaba hablarles a los niños y poner cara misteriosa cuando preguntaban por Papá Noel. Supongo que al final no es un trabajo más".


Un mes antes de navidad Rovaniemi da el puntapié inicial a la temporada con una fiesta con bailes, música, discursos de autoridades locales y también algunas palabras de Papá Noel. Es un evento multitudinario pero notablemente local en el que pocas palabras son pronunciadas en inglés. A partir de entonces la ciudad se viste de gala, aparecen árboles decorados por doquier, hay numerosos conciertos y eventos, y los vecinos comparten galletas de canela acompañadas de un vino caliente y dulzón llamado glöggi. Para esa época, las luces del puente "Vela del Leñador", el primer puente colgante de Finlandia, se reflejan en forma difuminada en el ya congelado río Kemi. En cualquier tienda aparecen los populares calendarios de adviento, que cuentan regresivamente los días para navidad y esconden debajo de cada día chocolates u otros pequeños regalos, mientras que en las calles centrales se construye un tobogán de nieve para niños y no es raro que alguna empresa haga deambular renos por la zona peatonal a modo de promoción.
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Durante diciembre las ventanas de cada edificio exhiben candelabros eléctricos en forma de pirámide llamados adventtikynttelikkö, o candelabros de adviento, cuyas pequeñas lámparas simulan la llama de una vela. El resultado de cientos de lucecitas a través de los cristales es un tanto fantasmagórico pero no por eso menos encantador, como si toda la ciudad participara de un mismo ritual comunitario.

El punto neurálgico es la plaza Lordi, un pequeño espacio seco en medio de la ciudad con una torre que informa la temperatura tan sólo para que cualquier transeúnte corrobore lo obvio: sí, hace muchísimo frío. Pero en la base de esa torre hay algo que pareciera contrastar con todo el clima inocentón y naif. Como en Hollywood, hay unas placas de cemento en las que las principales celebridades locales han dejado su huella. Se ven las manos de cinco personas y dos tienen uñas largas como si fueran las garras de alguna bestia. Son las manos de la popular banda de heavy metal Lordi, cuyos miembros salen a escena disfrazados de monstruos o demonios alados y siempre con una buena dosis de espectaculares fuegos de artificio. La plaza fue nombrada en su honor en 2006, cuando la agrupación se convirtió en el primer representante de Finlandia en ganar el Festival de la Canción de Eurovisión. A pesar de todo el cotillón infernal, Lordi no tiene malas relaciones con el otro cotillón de la ciudad, más bien todo lo contrario: han lanzado canciones y videos navideños, y las fotos de los monstruos posando junto a Papá Noel son simplemente hilarantes, en especial aquellas en las que el barbudo navideño hace cuernitos cual estrella de rock.
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Tan curiosas imágenes no despiertan ninguna sorpresa entre los nórdicos, y es que el heavy metal es tan importante para la cultura local como los renos o el sauna. Finlandia es de hecho el país con más bandas de este género per cápita en el mundo y no es extraño que sea la música de fondo en supermercados o centros comerciales. Igualmente llamativos resultan otros dos récords mundiales que ostenta el país: es el mayor consumidor de leche y de café en el planeta. Claro que cualquiera querría un café cuando no se ve el sol durante semanas.

Como el transporte público es escaso, los ciclistas circulan por alguna de las numerosas bicisendas incluso durante la más cruda etapa del invierno, cuando la temperatura roza los veinticinco grados bajo cero. Muy probablemente la mayoría de ellos sea alguno de los diez mil estudiantes universitarios que ayudan a hacer de Rovaniemi una urbe activa y llena de vida. Para ellos y para cualquiera que quiera abstraerse por un rato del imperturbable clima navideño, hay una enorme cantidad de bares y clubes nocturnos, impresionante número tratándose de una ciudad tan pequeña. Casi todos ellos cuentan con máquinas tragamonedas y escenario para uno de los divertimentos más populares del país: el karaoke. Pese a la enorme oferta, el alcohol es realmente caro y, si se prefiere comprar en alguna tienda las opciones son limitadas: sólo la estatal Alko vende bebidas con más de 4,7% de graduación. Y qué importa, si al final son poquísimas las ciudades del mundo en las que se puede salir de un bar y volver a casa iluminado por coloridas auroras boreales.
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En el medio de todo eso, Papá Noel. A veces se aparece en eventos o para sacarse fotos promocionales en algún punto de la ciudad: junto al río, en la plaza Lordi, en el centro comercial más grande, en algún museo o en el parque de juegos "Angry Birds", extraño homenaje a uno de los inventos finlandeses más populares. Pero eso no significa que se trate de un vecino más ni el más accesible de los personajes, más bien es como una celebridad. Ni siquiera Sasha pudo interactuar demasiado con él porque Papá Noel tiene sus propios espacios y trabaja aislado de los demás. Una especie de espíritu que está en todas partes pero se lo ve poco, que llega y se esfuma para reaparecer pronto en otra punta del mapa, en Finlandia o en quién sabe qué chimenea. Aún así, no es difícil encontrarlo si se sabe dónde buscar. Y su ciudad natal oficial es un buen comienzo.
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