
¿Te imaginas ir caminando por la calle y ver que le están realizando una sesión fotográfica a alguna persona fallecida con sus seres queridos? Aunque es algo que suena un poco perturbador, en la segunda mitad del siglo XIX y a principios del XX era muy común en México este tipo de prácticas.
Para conservar el recuerdo en físico de la corta vida de las y los niños difuntos, las familias mexicanas acostumbraban retratarlos. Cabe mencionar que la fotografía no era tan común en esa época, aunque hoy en día todo mundo cuente con una cámara en sus teléfonos móviles.
Este ritual nació en Europa y llegó a América en el siglo XVIII conocido como La muerte niña. Antes de que la fotografía fuera popularizada y masificada se acostumbraba retratar a través de la pintura a los infantes que habían muerto.
Las personas que se dedicaban a hacer este trabajo, los representaban como angelitos llegando al cielo y buscaban dar la impresión de que estaban vivos. Era una práctica más común en la clase alta, pues que alguien hiciera alguna pintura en aquel entonces resultaba muy caro.

El nombre de “angelitos” venía de una tradición de tiempos de la Nueva España, donde se le denominaba así únicamente a los fallecidos de cero a 13 años de edad y que habían sido bautizados. A través de esta palabra expresaban la pureza de los pequeños que se encontraban libres y pecado.
Más tarde, gracias a la llegada de la cámara fotográfica esta tradición pudo convertirse en una práctica accesible a las clases media y baja, ya que resultaba más económico pagar a los fotógrafos que a los pintores.
Incluso, fue tan popularizada que se volvió muy común encontrar anuncios en los periódicos de personas que publicitaban sus servicios de fotografía post mortem a domicilio, aunque el hecho de que fueran a la casa de las familias implicaba un gasto extra.
Para comenzar con los retratos, la familia debía preparar a la persona y escoger su mejor ropa y arreglarlo lo más que se pudiera. En ocasiones se retrataba al muerto solo, con familia, mascotas, etcétera; el estilo de la fotografía dependía de las peticiones de la familia.

En aquellos tiempos, las fotografías de los difuntos eran vistas como parte del proceso de duelo de la pérdida de algún ser querido, no tenían una connotación negativa o morbosa como tal vez sucedería hoy en día.
De acuerdo con la historiadora Claudia Canales, retratarse era una especie de ceremonia, “de rito social cuya importancia se acentuaba con los elementos que la técnica y la moda obligaban a emplear”.
Como la práctica se llevaba a cabo en todo el país, a lo largo de toda la República surgieron diversos fotógrafos destacados como José Antonio Bustamante Martínez en Zacatecas, Rutilo Patiño y Romualdo García en Guanajuato y los hermanos Casasola en la Ciudad de México.
Uno de los más destacados fue Romualdo García, nacido en Silao, Guanajuato, en febrero de 1852. Tenía una técnica particular en su estilo que intensificó la demanda de este tipo de fotografías, fue por ello que es considerado como uno de los exponentes de los retratos post mortem.
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