
Cuando compramos u obtenemos algo que deseamos, en ese momento sentimos alegría y nos ponemos contentos. Esa emoción que sentimos nos llena de satisfacción. Pero esa alegría nos dura poco tiempo, la mayoría de las veces mucho menos tiempo que el que invertimos para conseguirlo.
La búsqueda del placer nos lleva a hacer todo lo posible para lograrlo. El placer está relacionado con nuestros sentidos y es una sensación momentánea producida por algo que viene de afuera, no viene de nuestro interior, depende de acontecimientos externos. Puede ser un cigarrillo, un whisky, un par de zapatos, una mansión, o un yate. No importa el valor, importa conseguirlo, tenerlo, poseerlo para que nos provea de esa sensación tan agradable que nos ofrece el obtener lo que deseamos.
Pero lamentablemente la adquisición de lo que ansiamos es bastante efímera. Buscamos placer, lo conseguimos y al poco tiempo vamos por más. El placer nos vuelve eternamente insatisfechos. Compramos el último teléfono celular que salió al mercado y al año siguiente “necesitamos cambiarlo por el modelo nuevo”. Queremos más y más y no terminamos de sentirnos satisfechos. Nada es suficiente.
Cuando estamos frente a algo que nos gusta, llámese una comida o una tienda de celulares se activa en nuestro cerebro una sustancia llamada dopamina, un poderoso neurotransmisor que desencadena una sensación de placer o euforia. La dopamina es una sustancia química que se produce durante situaciones agradables y alimenta los sentimientos de deseo y motivación, y está implicada en la regulación de las recompensas, la motivación y el placer.
Las cosas que nos gustan son estimulantes de la secreción de dopamina y nos incitan a buscar más de aquella ocupación o actividad que nos genera placer, alimentando un circuito de motivación y recompensa que nos lleva a repetir nuevamente aquellas conductas que nos hacen sentir bien.
El riesgo que corremos es que, si abusamos, podemos caer en una adicción. Es en ese momento cuando sentimos una necesidad “imperiosa” de repetir una misma conducta y comienza a importarnos muy poco las consecuencias futuras. Debido a la corta duración del efecto del “placer” este se puede convertir en una trampa en la que podemos caer fácilmente.
Para el placer nada es suficiente. Siempre está dispuesto a ir por más. Somos nosotros los que tenemos que ponerle el freno y decirle ‘basta’ al helado, a la comida, al shopping o al teléfono para que no nos lleve a una adicción y tome el mando de nuestra vida.
Cualquier conducta que nos cause placer y que la repitamos con frecuencia, establece un patrón en el cerebro que pondrá en marcha el circuito del quiero más y más y más.
El placer es grandioso en tanto y en cuanto lo sepamos regular, pero si abusamos de él puede convertirse en la puerta de entrada a las adicciones, ya que todo lo que causa una elevación de la dopamina puede tener como destino final una adicción.
Diviértase, coma rico, compre lo que le gusta. En su justa medida solo le aportará beneficios, pero si se excede le aseguro que el placer que le puede llegar a provocar, no compensará el malestar que sentirá.
*Psicóloga y escritora
Lo aquí publicado es responsabilidad del autor y no representa la postura editorial de este medio
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