
A lo largo de los últimos meses Latinoamérica vive una distopía democrática. El movimiento político que en la década de los años ochenta inició con la deposición de las dictaduras militares y las hegemonías que permanecían en el poder sin sustento plenamente democrático fueron quedando atrás.
Hoy nuevamente Latinoamérica vive un proceso que Miguel Alemán Velasco define como “el otoño latino”, un fenómeno semejante a lo que se denominó la “primavera árabe” donde uno tras otro, los países de la región van generando movimientos sociales de gran escala para propiciar un cambio de gobierno inmediato.
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Son movimientos que demuestran que la impaciencia de la sociedad inducida evidentemente por las oposiciones, buscan reducir los plazos de mandato si los procesos electorales no les favorecieron.
Bolivia inicia una semana con una profunda crisis de gobernabilidad. La renuncia del presidente Evo Morales fue resultado de una movilización de fuerzas policiacas, así como grupos sociales inconformes con las irregularidades y excesos identificados por la OEA en las elecciones del pasado 20 de octubre.
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Después de 19 días de protestas permanentes y ante la inexplicable evidencia de un fraude electoral, el presidente boliviano aceptó que se anularan las elecciones y se convocara a una nueva elección. Para muchos era inaceptable que el propio Evo se postulara otra vez como candidato.
Súbitamente, dicho anuncio fue opacado el domingo 10 de noviembre por un lacónico comunicado donde Evo Morales anuncia su decisión de renuncia a la Presidencia de Bolivia y acusa un golpe de estado con sustento policiaco, civil y militar.
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Las amenazas a familiares de los principales funcionarios, así como la provocación para que grupos de la sociedad actúen de manera violenta mediante el incendio saqueo y vandalismo de casas, comercios y oficinas públicas es en todos casos un hecho reprobable.
De inmediato la cadena de sucesión a la presidencia de Bolivia quedó acéfala, con las renuncias de todos los posibles sucesores que marca la constitución. El vicepresidente, la presidenta del senado y de la Cámara de diputados.
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Una vez que la Asamblea haya ratificado a la segunda vicepresidenta del senado, Jeanine Añez como Presidente interino, se habrá de convocar a elecciones en un plazo no mayor de noventa días.
Y de nueva cuenta, la competencia electoral será un campo de batalla delicado, pues muchos de los principales colaboradores de Evo Morales han renunciado, otros piden asilo político en la Embajada de México o Argentina y otros más intentaron escapar y han sido detenidos por las autoridades.
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Evidentemente la próxima elección, al igual que la del pasado 20 de octubre, no será equitativa. La oposición cuenta también con una amplia base de soporte social, y el péndulo ideológico nuevamente sacudirá la estabilidad política de ese país.
Bolivia registró altos índices de crecimiento económico y de reducción de las asimetrías sociales mediante un modelo económico que privilegia las subvenciones gubernamentales. Su deuda externa representa la cuarta parte de su Producto Interno Bruto y las reservas internacionales han disminuido a la mitad en el último año.
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Bolivia, al igual que muchas naciones latinoamericanas confronta la debilidad de su desempeño económico con la fragilidad de las instituciones que sustentan la gobernabilidad. La solución más fácil ha sido imponer hombres fuertes con instituciones débiles. Es un modelo que se replica en diversas partes donde se observa la aparición de autócratas-demócratas que buscan permanecer indefinidamente en el poder.
La izquierda latinoamericana ha vivido durante décadas en la búsqueda de una utopía que sus propios gobernantes con sus actos se han propuesto frustrar.
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Los gobiernos que promueven una propaganda intensiva con largos discursos cargados de reclamos y descalificaciones a sus opositores, en donde quieren ofrecer una visión con énfasis en la equidad social, reiteradamente buscan perpetuarse en el poder a toda costa, encabezando una camarilla de intereses y relaciones familiares que sumergen en la recesión y la quiebra económica a sus países una y otra vez.
Son gobiernos que lucran políticamente con las grandes expectativas sociales que prometen y que en la cotidianidad de su proceso de gobierno provocan la división social, el deterioro de la calidad de vida y la gradual anulación de las libertades.
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A lo largo del presente siglo Bolivia ha vivido una ardua senda de gobiernos que intentan una y otra vez promover la estabilidad democrática, que reiteradamente son depuestos por asonadas y dictaduras militares que reprimen, censuran y persiguen a sus opositores.
Desde Venezuela, Perú, Ecuador, Chile, Nicaragua, y Bolivia mismo, y hasta en Puerto Rico, las movilizaciones sociales llenan las calles para exigir un cambio de gobierno.
Evo Morales con el orgullo de su origen indígena, llegó al poder por la vía democrática, civil y pacífica. Su proyecto de gobierno tuvo muchas cualidades; logró reducir la pobreza, elevar la participación de las etnias, ampliar los servicios sociales y otros programas más.
Lo anterior contrasta con la decisión de nacionalizar la industria del gas y del petróleo, así como dar preferencia a la inversión nacional sobre la extranjera, alterar los equilibrios macroeconómicos, y elevar la deuda externa. En su país la economía informal es la cortina de humo de ciertos alcances de la economía ilegal. Es evidente que la actividad de los “cocaleros” tiene un componente de implicaciones con el trafico ilegal de substancias tóxicas, adictivas y prohibidas.
Es en realidad “el elefante en la sala” del que nadie quiere hablar.
Su visión política apuntaba a una reforma profunda del sistema político, pero con la salvedad de buscar por todos los medios permanecer en la presidencia de su país.
Por esa razón promovió las reformas constitucionales que le permitieran la reelección y agotadas estas opciones, convocó a la celebración de un referéndum para poder competir repetidamente para ser reelecto en la presidencia.
El resultado de dicho referéndum no le fue favorable, síntoma inequívoco que la mayoría de la población no desea que ningún gobernante se eternice en su puesto.
Adicionalmente se perciben los controles estatales en los medios de información y la preeminencia del partido que apoya a su gobernante, promueve la omnipresencia de la imagen presidencial en calles, anuncios, carteleras o “billboards” de gran formato con la fotografía de Evo Morales en las diversas dependencias del gobierno al grado de poner una imagen de Evo en la puerta de cada vagón del teleférico de La Paz.
Bolivia está inmersa en el vacío de poder que tantas veces ha caído en manos de intereses ajenos a las aspiraciones de las mayorías. Las fuerzas locales se debaten en la búsqueda de una vía de carácter institucional para restablecer el orden político, a costa de la legitimidad democrática.
Toda la región está atenta a estos sucesos. Los que comulgan con la ideología de Evo Morales lo defienden denodadamente y reclaman el abuso de las presiones que forzaron su dimisión, otros aluden las anomalías jurídico-constitucionales que llevaron a Bolivia y a su presidente a estos extremos de ambición de poder.
Los tiempos son prematuros para un veredicto final. No obstante es conveniente reconocer que el ejercicio del poder desgasta a los presidentes en el cargo, razón por la cual es necesaria la renovación de representantes por la vía democrática, y de acuerdo a reglas de renovación que no deben ser alteradas a modo por el gobernante en turno.
En muchos países el debate sobre la crisis boliviana se está convirtiendo en una razón más para que las ideologías opositoras se enfrasquen en una discusión hostil respecto a las causas y razones que defienden su evidente relativismo moral y oportunismo político
Latinoamérica ha intentado una y otra vez, superar sus propias limitaciones. Y regularmente las vías de progreso se ven truncadas por las ambiciones de poder de los actores políticos. Unos culpan a la injerencia yanqui, otros acusan la penetración del “castro-chavismo” ambos siguen olvidando su principal responsabilidad con una población que no desea confrontaciones que dividan a la sociedad, que rechazan la cultura del rencor como elemento de permanencia de las clientelas políticas y que rechazan toda forma de abuso del poder.
Latinoamérica esta cansada de la demagogia. Entre más largos son los discursos de sus gobernantes, más malo es el desempeño de sus economías.
La verborrea ideológica primitiva no está siendo útil para promover el progreso que fortalezca las instituciones y amplíe la cultura democrática de nuestras sociedades.
En mi opinión, todo intento de ampliación de permanencia en un cargo, ya sea por la ampliación de plazos de gobierno por reformas a modo que permitan la reelección, son artimañas que intentan legitimar una dictadura con cara de democracia, pero dictadura al fin.
EN 1910, la Revolución Mexicana, levantó diez años de lucha social contra la dictadura militar de Porfirio Díaz bajo el lema “Sufragio Efectivo, No Reelección”. Esa lección histórica tiene hoy mas validez que nunca.
México es santuario de perseguidos políticos y se han abierto las puertas para dar asilo a Evo Morales y su familia si así lo desea.
*Licenciado en Economía, Director General de Alemán Velazco y Asociados
Lo aquí publicado es responsabilidad del autor y no representa la postura editorial de este medio
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