
“Los manglares se encuentran entre los ecosistemas más incomprendidos”, describen desde la UNESCO. La importancia de estos bosques costeros, presentes en regiones tropicales y subtropicales, suele ser pasada por alto. “A nivel mundial, una quinta parte de ellos ya ha desaparecido”, advierten. Sin embargo, cumplen un rol fundamental para el clima y la biodiversidad marina.
Actúan como barreras naturales ante tormentas, erosión e inundaciones, aportan alimento y madera, favorecen la depuración del agua, ayudan a mitigar el cambio climático al almacenar carbono y son refugio para más de 1500 especies de plantas y animales.
Más allá de ser vulnerables a la contaminación y la deforestación, estos ecosistemas enfrentan una amenaza silenciosa. Recientes investigaciones detectaron que los peces que los habitan están expuestos a condiciones extremas que dificultan su supervivencia, en especial por la reducción del oxígeno disuelto en el agua y el aumento del dióxido de carbono.
Guardianes del clima como los manglares ven comprometida su función, con impactos directos en la biodiversidad, la pesca y la capacidad de estos bosques de almacenar carbono. Dos estudios científicos recientes analizaron tanto la salud de estos bosques y sus suelos como las presiones que enfrentan frente al cambio climático y la degradación ambiental. Ambos trabajos coinciden en la urgencia de conservar y restaurar estos humedales para evitar pérdidas irreversibles en sus servicios ambientales y en las comunidades que dependen de ellos.
Manglares bajo presión: los niveles extremos de CO₂ que ponen en riesgo a los peces
El equipo liderado por Gloria Reithmaier, del Departamento de Ciencias Marinas de la Universidad de Gotemburgo, evaluó 23 áreas de manglares a nivel global y encontró que estos sistemas ya experimentan condiciones extremas de baja concentración de oxígeno y altos niveles de dióxido de carbono, un fenómeno conocido como hipoxia hipercápnica. Según el estudio publicado en Geophysical Research Letters, estos eventos afectan entre el 34% y el 43% del tiempo en la mayoría de los sitios analizados, con episodios severos en hasta un 32% de los casos.
La investigación, que analizó los niveles de oxígeno y dióxido de carbono en distintos momentos del ciclo de las mareas, indica que durante la marea baja el oxígeno disminuye y el dióxido de carbono aumenta, mientras que la marea alta aporta agua más oxigenada y reduce el CO₂. Los científicos notaron que en las regiones tropicales, los periodos de marea baja se prolongan, lo que dificulta que especies sensibles, incluidas muchas de interés comercial, puedan ingresar y permanecer en los manglares.
El calentamiento global agrava este escenario. El equipo modeló diferentes escenarios climáticos hasta 2100 y concluyó que la hipoxia hipercápnica será más frecuente, duradera y severa, con una disminución del oxígeno de hasta 35% y un aumento del CO₂ de hasta 60% en el agua, según los escenarios más pesimistas.
“Es probable que los peces que más interesan a las personas sean los más afectados”, subrayó Reithmaier. Además, los sistemas tropicales, como los del Amazonas y la India, ya operan cerca de sus límites de tolerancia, por lo que el riesgo de pérdida de especies sensibles es alto.

El informe destaca que la biodiversidad de los manglares, clave para la pesca y la economía de muchos países en desarrollo, se verá reducida porque solo las especies más tolerantes sobrevivirán a estas condiciones. Los eventos de hipoxia hipercápnica pueden reducir la fertilidad, impedir la alimentación, ralentizar el crecimiento y provocar la muerte de peces si se prolongan.
El “corazón” del manglar: crean un índice para medir la vitalidad y recuperación de los suelos
La asfixia de la fauna marina descrita por el equipo de Reithmaier es solo una cara de la moneda. La otra se esconde bajo la superficie, en el sustrato que sostiene estos bosques. La capacidad de los peces para resistir condiciones extremas de falta de oxígeno y exceso de CO₂ está íntimamente ligada a la salud del suelo, que actúa como el motor químico del manglar. Si el sedimento está degradado, pierde su facultad para procesar nutrientes, filtrar el agua y capturar carbono, lo que agrava la crisis biológica.
Es en este punto donde una investigación realizada en Brasil cobra una relevancia estratégica, al ofrecer una herramienta precisa para medir si el “corazón” del manglar (su suelo) tiene la vitalidad necesaria para sostener la biodiversidad y seguir enfriando el planeta.
El equipo liderado por Laís Coutinho Zayas Jiménez y Tiago Osório Ferreira desarrolló un Índice de Salud del Suelo (SHI), por sus siglas en inglés, capaz de medir el funcionamiento de los manglares en distintas condiciones: degradados, restaurados y conservados.

El SHI, descrito en el artículo publicado en Scientific Reports, integra variables físicas, químicas y biológicas que reflejan la capacidad del suelo para almacenar carbono, inmovilizar contaminantes y reciclar nutrientes. El índice se expresa en una escala de 0 a 1, donde 0 representa el peor estado posible de salud del suelo y 1 corresponde al máximo funcionamiento.
Los resultados de su aplicación en el estuario del río Cocó, en el noreste de Brasil, muestran que los manglares maduros alcanzan valores de 0,99, mientras que los degradados apenas llegan a 0,25. Las áreas replantadas de 9 y 13 años presentan valores intermedios de 0,37 y 0,52, lo que indica una recuperación gradual, aunque aún incompleta.
“Mi sueño ahora es usar el Índice de Salud del Suelo en la práctica. Demostrar a mis colegas, los administradores, que es posible analizar si un manglar que se ha recuperado está produciendo plenamente servicios ecosistémicos y cuánto tiempo tarda en hacerlo”, explicó Jiménez en declaraciones recogidas por la Agência FAPESP.
Por su parte, Ferreira resaltó que el índice facilita la comunicación entre científicos, tomadores de decisiones y comunidades locales, ofreciendo una herramienta concreta para monitorear y planificar la conservación.

La investigación destaca la importancia de las funciones del suelo para que los manglares conserven su capacidad de almacenar carbono y retener contaminantes, procesos que dependen tanto de la composición del suelo como de la actividad de los microorganismos. Además, advierte que algunos servicios, como la protección frente a la erosión costera, pueden requerir más tiempo para recuperarse, por lo que restaurar humedales degradados no reemplaza la necesidad de proteger los que se encuentran en buen estado.
Por qué restaurar no reemplaza la necesidad de conservar
Ambos estudios coinciden en que la degradación de los manglares y el aumento de las condiciones extremas en sus aguas y suelos representan una amenaza directa para la biodiversidad, la seguridad alimentaria y la capacidad de mitigación climática de estos ecosistemas. Según la investigación brasileña, se perdieron entre el 30% y el 50% de los manglares del mundo en los últimos 50 años, y la tendencia podría acelerarse por el cambio climático, la deforestación y la expansión urbana.
El proyecto global Mangrove Breakthrough estima que los manglares almacenan el equivalente a más de 22 gigatoneladas de CO₂ y advierte que perder solo el 1% de los manglares restantes implicaría liberar emisiones comparables a las que generan 50 millones de automóviles cada año.

Mientras tanto, la investigación de Reithmaier y su equipo proyecta que en 2100 los eventos de hipoxia severa podrían multiplicarse por 15, y que el 86% de las áreas estudiadas experimentarán, al menos, hipoxia leve bajo escenarios de olas de calor. Esta situación compromete el desarrollo y supervivencia de especies de interés pesquero, como la Gerres oyena, el Pomadasys argenteus y el Lethrinus lentjan, fundamentales para las economías locales en países tropicales.
“Aunque la recuperación de los manglares puede ser rápida si se cuenta con restauración asistida y condiciones adecuadas, esto no justifica dejar de protegerlos ante nuevas amenazas”, advirtió Jiménez. La ciencia ofrece herramientas y datos para guiar acciones urgentes de conservación y restauración, pero la presión sobre estos guardianes del clima continúa creciendo en paralelo al avance del cambio climático y la actividad humana.
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