
Las secuelas del cambio climático están a la vista, tanto en los trópicos como en las regiones más heladas del planeta. Los glaciares se están derritiendo a una velocidad que no tiene precedentes, y con ellos, también desaparece algo que no se ve a simple vista: formas de vida microscópicas, únicas y fundamentales para el equilibrio ambiental.
Científicos de la Escuela Politécnica Federal de Lausana (EPFL), Suiza, acaban de publicar un estudio que muestra cómo los arroyos que nacen en los glaciares, y que alimentan muchos de los ríos más importantes del mundo, están a punto de transformarse para siempre.
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El cambio de estos ecosistemas va a alterar profundamente las comunidades microbianas que viven en ellos, lo que tendrá consecuencias que todavía no terminamos de dimensionar.
Los arroyos glaciales ya no son lo que eran

Cuando uno piensa en glaciares, tal vez se imagine una gran masa de hielo quieta, silenciosa, allá arriba en las montañas. Pero en realidad, esos glaciares son el punto de partida de una enorme red de agua en movimiento. De ellos nacen ríos que cruzan valles, abastecen ciudades y sostienen economías enteras. En Suiza, por ejemplo, el Ródano, el Inn y el Adigio tienen origen glacial. Y lo que pase allá arriba afecta todo lo que pasa río abajo.
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Ahora, un equipo de investigación internacional, coordinado por la EPFL en el marco del proyecto Vanishing Glaciers, acaba de demostrar que el deshielo no solo implica perder agua. También cambia por completo el tipo de vida que hay en esos arroyos.
“Los arroyos glaciares son las fuentes de algunos de los sistemas fluviales más grandes del mundo y suministran agua vital a miles de millones de personas”, explicó Hannes Peter, del Laboratorio de Ecosistemas Fluviales de la EPFL, en un comunicado.
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Hasta ahora, ningún estudio había descrito cómo sería este cambio desde el punto de vista de los microorganismos que habitan esos ambientes. Este nuevo trabajo, publicado en Nature Communications, completa ese vacío: permite asomarse a lo que puede pasar en esos arroyos de acá a fin de siglo.
Lo que pasa con el hielo también pasa con los microbios

El equipo liderado por Massimo Bourquin, quien fue doctorando en la EPFL y ahora es experto técnico en microbiomas, trabajó con muestras de agua tomadas en 164 arroyos glaciares repartidos por el mundo.
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Analizaron más de 2.300 tipos distintos de bacterias. Lo que querían saber era cómo reacciona esta comunidad microbiana cuando el entorno cambia: qué especies desaparecen, cuáles se fortalecen, cómo se reorganiza el ecosistema.
“Reconstruimos y analizamos datos genéticos, y después los cruzamos con variables del clima, del entorno y de los propios glaciares para armar modelos predictivos”, contó Bourquin. Además de estudiar cada bacteria por separado, también observaron el microbioma como un todo: su diversidad, su composición, y cómo están distribuidas las especies raras y las dominantes.
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Una de las cosas que más les llamó la atención fue que, a pesar de haber tomado muestras en lugares tan distintos, los microbiomas eran muy parecidos. “Esto se debe a las condiciones extremas propias de los glaciares”, dijo Bourquin. En esos arroyos, el agua es helada, el caudal cambia todo el tiempo, hay pocos nutrientes, poca luz, poca oxigenación y muchos sedimentos que la enturbian. Esa combinación tan dura hace que solo un tipo de vida muy especializado pueda sobrevivir.
Cuando el agua se vuelve verde

Uno de los grandes hallazgos del estudio es que esos arroyos grises y turbios podrían volverse más verdes. Literalmente. A medida que se derrite el hielo, el agua se calienta, se vuelve más clara y más rica en nutrientes. Y en ese nuevo contexto, las algas empiezan a ganar espacio.
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“Las condiciones actuales en estos arroyos son tan extremas que muchos microorganismos que suelen encontrarse en los arroyos alpinos, y especialmente las algas, no pueden vivir en ellos”, explicó Bourquin. Pero si el ambiente cambia, esas algas van a proliferar. Y con ellas, vendrán más bacterias, más fotosíntesis y más materia orgánica disponible.
Eso parece una buena noticia, pero también tiene su lado oscuro. El microbioma que existe hoy en esos arroyos, adaptado a lo extremo, desaparecerá. Las bacterias especializadas, que hoy cumplen funciones esenciales, no podrán sobrevivir. “Es probable que algunas no puedan adaptarse a las nuevas condiciones, y que otras especies, más oportunistas, tomen el control”, advirtió Bourquin.
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Y esto no es un detalle menor. Aunque nadie las ve, esas bacterias purifican el agua, reciclan nutrientes y regulan ciclos clave como el del nitrógeno o el del carbono. “Estamos perdiendo un microbioma único”, remarcó Tom Battin, director del laboratorio RIVER de la EPFL. “Estos microorganismos sustentan la cadena alimentaria y son cruciales para muchos equilibrios ambientales”.
A partir del trabajo en Vanishing Glaciers, surgió una nueva iniciativa global: el Programa de Administración de Glaciares, impulsado por la EPFL, la ETH de Zúrich y la Universidad de Innsbruck, con apoyo de más de veinte centros de investigación en todo el mundo.
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Este programa tiene tres líneas de acción muy concretas: primero, probar técnicas que permitan frenar el derretimiento a nivel local. Segundo, mejorar los sistemas de alerta temprana para que las comunidades cercanas estén mejor protegidas. Y tercero, crear un biobanco que conserve los microorganismos glaciales antes de que se extingan, para poder estudiar su potencial y preservar su diversidad.
La idea no es solo proteger lo que queda, sino también aprender de esos ecosistemas. Tal vez muchas de esas bacterias tengan aplicaciones que aún desconocemos, o capacidades que podrían ayudarnos a enfrentar otros problemas relacionados con el cambio climático.
Lo que está pasando en las montañas no es tan lejano

El contexto más amplio de este proceso fue subrayado recientemente por la UNESCO, que declaró 2025 como el Año Internacional de la Preservación de los Glaciares. El organismo alertó sobre la desaparición de glaciares en lugares tan distantes como los Andes, los Alpes, el Everest o el Kilimanjaro. En Venezuela, por ejemplo, el país perdió su último glaciar, La Corona, en 2023.
Según la UNESCO, no se trata solo de agua o de microbios. La desaparición del hielo está afectando el ciclo hidrológico, elevando el nivel del mar, y alterando la vida de comunidades que conviven con estos ecosistemas hace siglos. Muchas de ellas, como las que participan en la peregrinación al santuario del Señor de Qoyllurit’i en Perú, están viendo cómo su cultura también se deshace junto al hielo.
La advertencia es clara: lo que ocurre hoy en las cumbres afecta lo que pasa en los valles, en las costas y en las ciudades. El cambio ya está en marcha. Y mientras el hielo se derrite, también desaparecen formas de vida que no podemos reemplazar.
La Antártida también se vuelve verde: señales del cambio en el fin del mundo
El año pasado, Infobae publicó un estudio realizado por las universidades de Exeter y Hertfordshire, junto al British Antarctic Survey, que reveló que la Península Antártica está cambiando de color.
En los últimos 40 años, la vegetación—sobre todo musgos y líquenes—se multiplicó por diez, ocupando áreas donde antes solo había hielo. Este cambio, monitoreado por imágenes satelitales, encendió las alarmas de la comunidad científica, que ve en este reverdecimiento una señal clara del impacto del calentamiento global en una de las regiones más frías y remotas del planeta.
La expansión vegetal no es solo una curiosidad visual: puede alterar profundamente los ecosistemas locales. La formación de suelo favorece la llegada de nuevas especies, incluidas invasoras, que podrían desplazar a las nativas y cambiar la dinámica ecológica. Además, menos superficies blancas significa menor capacidad de reflejar la luz solar, lo que acelera el calentamiento. “Podríamos estar viendo los primeros signos de una alteración significativa”, advirtió Thomas Roland, de la Universidad de Exeter.
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