“Eclipse of the sun: Art of the Weimar Republic”, la muestra de la Neue Galerie de Nueva York
“Eclipse of the sun: Art of the Weimar Republic”, la muestra de la Neue Galerie de Nueva York

El cuadro está colgado más bien alto en una de las salas de la Neue Galerie de Nueva York. Es un rectángulo que se despliega de manera vertical, es más largo que ancho, y preside la escena: Eclipse del sol de Georg Grosz de 1926 está en centro y junto con una selección de obras de Otto Dix, Max Beckmann, Otto Griebel, Christian Schad, Rudolf Schlichter, y Georg Scholz, forman la muestra Eclipse del sol: arte en la República de Weimar.

Ese lugar de importancia obedece, al menos, a tres razones. La primera es porque organiza el recorrido de la exhibición, los demás cuadros se vinculan con lo que está representado en el de Grosz de distinto modo; en segundo lugar, es una obra fundamental para el nexo entre Berlín y Nueva York en la biografía de este pintor. Por último, promueve una lectura de contexto en el espacio de esa galería exquisita de Manhattan: no hay que olvidarse que, para pasar a ver esta exposición, antes tenemos cita obligada con el dorado retrato de Adele Bloch-Bauer, pintado por Gustav Klimt en 1907, con el cual se puede narrar, también, gran parte de la historia de la primera parte de esa centuria.

Todo esto es sin contar que presta su nombre para el título de la exposición que refiere a la posibilidad de una hipótesis luminosa sobre el período de entreguerras de Alemania, ese que tuvo tanto el poder de fulgurante del conjunto creativo del siglo XX como la oscuridad y las tinieblas del descalabro político, la crisis económica y el desenlace catastrófico del ascenso de Hitler. Es decir, ese momento de extrema agitación política, corrupción, endeudamiento y desastre después de la guerra, todo lo que se conoce como la República de Weimar, el período entre 1919 y 1933, tuvo a las mentes más brillantes, a los pintores más exquisitos, los músicos excelsos, escritores sublimes para dar cuenta de esto a modo de sátira, de denuncia, de provocación. Muchos de ellos, por supuesto, pagaron con el exilio, la locura y la muerte esa "oportunidad" histórica.

“Eclipe de sol”, de George Grosz, de 1926
“Eclipe de sol”, de George Grosz, de 1926

Sistema solar. Al igual que si fuera el astro rey, la pintura hace girar a su alrededor a las demás obras. No tanto por una dependencia sino porque todos los símbolos que están en este cuadro reaparecen. Para ponerlo en palabras de otro tipo de organización, Eclipse de sol lleva la batuta de una orquesta magnífica para entonar el repertorio de atrocidades de un tiempo y una ciudad agitada.

"Como los políticos parecen haber perdido la cabeza, el ejército y los capitalistas dictan lo que se tiene que hacer. El pueblo, representado por un burro ciego, simplemente come lo que le ponen delante", así define el propio Grosz la presencia del burro y los hombres de la cabeza cortada que están sentados a la mesa desordenada y revuelta de la época, en Un sí menor, un No mayor, las memorias que publica antes de morir.

Pero en la tela está abigarrada de imágenes que responden, cada una, a la mordacidad y el descontento de este pintor. Una ciudad en llamas se ve como telón de fondo, la figura central es Paul von Hindenburg, el presidente de Alemania, un anciano de casi 80 años que Grosz ilustra con su bigote tipo morsa, el uniforme militar las medallas, la cara gorda y colorada, la pelada y la corona de laureles. Mientras que Hindeburg es obeso y corpulento, los financieros son delgados y sin cabeza. Todos alrededor de una mesa en la que las negociaciones son sólo beneficiosas para los poderosos. Como el personaje que le susurra algo al oído del presidente que, intuimos, no es nada bueno. Los personajes están puestos para ir haciendo un recorrido circular alrededor de ese mueble torcido y de los colores que van armando ese círculo cromático de la abyección y la ignominia.

La "luz" del cuadro entra por el sol oscuro que lleva el signo del dólar. Un reconocimiento de la inversión de Estados Unidos en Alemania después de la Primera Guerra Mundial pero que, también, es la concentración del poder del dinero, la codicia y el descalabro económico. Fuera de la rueda que se propone está el hombre oscuro y confinado a la prisión.

“Of Things to Come”, de Georg Scholz, 1922
“Of Things to Come”, de Georg Scholz, 1922

A su vez, Otto Dix deforma los rostros de los jugadores de cartas y abulta las panzas de las prostitutas. Los trazos de sus dibujos y pinturas tienen la urgencia de quien hizo de la trinchera en la Primera Guerra Mundial, su atelier. Por su parte, Georg Scholz en Of Things to Came (De las cosas que vendrán) muestra a los empresarios barrigones y ambiciosos en los proyectos que el futuro, no muy promisorio, deparará. El cuadro de Christian Schad, Dos chicas, donde ellas están desnudas y masturbándose perturba más por la mirada desinteresada y sin vida que por el acto de tocarse frente al público. Además de la filosa impronta que Max Beckmann le imprime al ambiente en la ruptura de la figuración por medio del fragmento del cubismo.

En el caso particular de Grosz, se conecta con el Cubismo y el Futurismo en París, cuando viaja en 1913. Mientras que en la década del 20 se afilia al movimiento Dadá y se conecta con el Constructivismo, además de afiliarse al Partido Comunista Alemán. Este es el contexto de elaboración de esta pintura, aunque la sátira política en su creación en anterior: Gott min uns, una serie de caricaturas que llevaba este nombre, Dios está en nosotros y que era el lema del ejército y el Estado alemán (los soldados de la Primera Guerra lo tenían grabado en la hebilla del cinturón del uniforme) fue censurada en 1921.

Obras de Max Beckmann, Otto Griebel y George Grosz
Obras de Max Beckmann, Otto Griebel y George Grosz

"Bolchevique cultural número uno". Así fue calificado Grosz, cuando Hitler asumió el poder, y sus obras fueron incluidas en la muestra de Arte Degenerado que convocó a muchos de los pintores que integran esta exhibición. Menos Schad, que fue incorporado con unos paisajes en la muestra de arte nacional alemán y esa fue su tumba y contribuyó a su aislamiento.

La imposibilidad de vivir en Alemania por las persecuciones políticas que tuvo en represalia a sus caricaturas y escritos, sobre todo los que publicaron en la editorial Malik que había fundado en 1917 con los hermanos John y Wieland Heartfield, fue determinante para irse de Europa. Llegó a los Estados Unidos en 1932 y enseñó en la Art Students League de Nueva York. Volvió pero para emigrar en 1933 y luego convertirse en ciudadano naturalizado en 1938. La segunda razón de la preponderancia de Eclipse del sol está aquí: fue el cuadro que pudo trasladar desde Berlín a Nueva York en ese momento. Un vestigio de su vida pasada, su forma de pensar el arte y la política en los años de República de Weimar. En fin, la razón de su exilio. Porque en Nueva York, Georg fue George y abrazó con entusiasmo la vida norteamericana. Tradujo no sólo su nombre sino también su manera de pintar.

Aunque llegó con el éxito y la fama del artista comprometido y agitador cultural, sus dibujos eran famosos en su tierra y Nueva York le había gustado tanto, no pudo acceder ni un poco al sistema de medios de Estados Unidos que, por más moderno que parecía, no estaba interesado en él. Poco a poco se fue convenciendo de que esto no iba a cambiar mucho y Grosz que fue a las artes plásticas lo que Kurt Weill a la música o Bertold Brecht al teatro y la poesía, ahora era pobre y era desconocido. Con una casa grande y estudio en Berlín pero saqueado por los matones de la Gestapo, se acostumbró a las mínimas comodidades de la Gran Manzana. Fue un profesor de dibujo, manso y paciente, que no guardaba nada de ese rabioso artista que pintó la podredumbre de Europa y se burló de los poderosos.

George Grosz en Nueva York, en 1948, fotografiado por Stanley Kubrick
George Grosz en Nueva York, en 1948, fotografiado por Stanley Kubrick

Su llama se había extinguido y desapareció del horizonte. Tanto es así que, cuando muere en 1959, al caerse borracho de la escalera de su casa, había regresado a Berlín un año antes, sorprende más que estuviera vivo que se hubiese muerto. "Al mismo tiempo que perdía la furia y se volvía más sereno, más melancólico, más agradecido, George Grosz perdió la inspiración. Las caricaturas se han vuelto torpes, hasta pueriles. Las hermosas dunas de la costa atlántica batidas por el viento tienen algo de la tosquedad premiosa de un pintor de domingo. El nervio, el garabato incisivo, la desvergüenza lúbrica de los años de Weimar han desaparecido. Pero lo que falta, sobre todo, es el pulso del tiempo, la interpelación radical del presente", escribe Antonio Muñoz Molina a modo de perfil del artista.
De esa época, entonces, sólo le quedaba ese cuadro. Que dejó en Nueva York, encontraron en 1968 en la casa de alguien que trabajaba con él y el museo Heckscher adquirió y mantiene en su colección.

El cuadro de la historia. Para llegar a Grosz, hay que pasar por Klimt. Dije algo así al principio y no es sólo la literalidad del recorrido. El cuadro del pintor austríaco está fechado en el prólogo del siglo, sobre todo, si estamos de acuerdo con Walter Benjamin que definió el comienzo del XX en 1914. Tanto es así que el arte tuvo que empezar, en este caso con las vanguardias, tabula rasa con el pasado, para poder dar cuenta de aquello que se estaba viviendo. Klimt vislumbra el modo en el que había que hacer las cosas.
Pero no sólo eso, el derrotero de esa obra, la apropiación de la Dama de oro por parte de los nazis, además cuenta la historia política y social de ese período.

“Dama de oro”, de Gustav Klimt, no está en la muestra de la Neue Galerie de NY
“Dama de oro”, de Gustav Klimt, no está en la muestra de la Neue Galerie de NY

Si bien es bastante conocida algunos puntos son importantes para referir. La obra fue realizada en Viena, encargada por Ferdinand Bloch-Bauer. Un rico industrial que promovió la obra de Klimt y su esposa fue la modelo de esa obra. Si bien en su testamento ella indicó que los cuadros de Klimt debían donarse al museo de Austria, en la ocupación nazi tanto las propiedades como las obras de arte le fueron confiscadas a su viudo que testó a favor de sus sobrinos. Finalmente, el gobierno de Austria, sin mucho entusiasmo, aceptó la decisión de la justicia y Maria Altmann, heredera de los Bloch-Bauer recuperó los cuadros. Finalmente, Lauder compró para su colección esa obra y forma parte de su política de recuperación de esas obras robadas por los nazis.

Del mismo modo, la obra de Grosz quedó en Alemania: se la dejó Alfred Flechtheim, un marchand de origen judío. Al momento de la huida de este hombre, los cuadros fueron robados y algunos, como se dijo, formaron parte de la muestra de Arte degenerado y bolchevique, en Munich en 1937. Lo notable es que el propio Grosz encontró una de sus obras colgada en el Museo de Arte Moderno de Nueva York en 1952: el retrato del poeta Max Hermann-Neisse. La explicación institucional fue que lo habían comprado por 850 dólares a alguien que decía ser heredero de Flechtheim, aunque es seguro que no tenía parentesco y sólo las obras. El hijo de pintor, Marty Grosz, músico de jazz que vive aún, sigue peleando por recuperar el legado de su padre.

"Mis dibujos permanecerán porque son a prueba de fuego. Algún día serán vistos como la obra de Goya. No son documentos sobre la lucha de clases, sino el testimonio invariable de vida, la estupidez humana y la brutalidad", le mandó en una carta Grosz a J. B. Neumann, galerista y editor de Artlover, cuando los dos ya vivían en Nueva York. Una esperanza que al final puedo expresar pero por escrito.

*Eclipse of the sun: Art of the Weimar Republic
Neue Galerie New York
1048 5 Avenida y calle 86.
Nueva York
Hasta el 2 de septiembre de 2019

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