Por Gonzalo Fernández Rozas

John Burnside
John Burnside

Un hombre insomne es su propio profeta cotidiano. No podré dormir, no dormiré, se dice a sí mismo y, en efecto, va y no duerme. Pasa la noche entre sorbos de whisky o té verde, hojea libros, revistas, deambula de aquí para allá, escucha los tristes programas del amanecer, con locutores condenados a escuchar, a su vez, a los jubilados insomnes y a los guardias de seguridad. Esto, si hace algo, tal vez se limite a dejarse habitar, revoloteando en la cama, por las presencias entrevistas del insomnio, de los restos traviesos del día.

Haga lo que haga, o no haga nada, su experiencia ya está siluetada por la profecía: no dormiré, esta noche tampoco dormiré.

Si damos por cierta la afirmación de John Burnside (Dunfermline, Escocia, 1955) en la Introducción de Aprender a dormir (Audisea, 2017), él también ha sido insomne desde niño, más aún, fue famoso por "no dormir jamás" en sus años universitarios. Durante la reciente escritura del libro (atendamos al dato, nada menor: uno de los poetas de mayor impacto en lengua inglesa de la actualidad, galardonado con los palmares del caso —premio T. S. Eliot en 2011 con Black Cat Bone y el Forward Poetry Prize con el mismo libro; el Whitbread Poetry Award por The Asylum Dance, el Scotish Arts Council Book Award en dos ocasiones, el Geoffrey Faber Memorial Prize, el Encore Award, el Saltire Society Scottish Book of the Year Award o el Corine Literature Prize, y van— publica una edición bilingüe de poemas inéditos en una editorial independiente de Buenos Aires, ¡salud! ¡cheers!), el insomnio lo acosó con particular saña.

Gracias o a pesar de la patología, escribió versos como estos, que abren una mirilla desde la cual espiar su obra poética: "Dormir no es una acción, / sino una teoría. / En la profunda oscuridad, parece / algo cercano a la naturaleza; / pero yo estoy despierto por ahora, / y por los años que vendrán. / Narciso amarillo en temporada / camelia japonesa / Amarilis". Espiemos entonces. Disequemos.

He aquí una meditación sobre ese oscuro objeto del deseo, dormir, que se cierra con un movimiento característico en Burnside: nombrar una especie animal o vegetal  (a veces con su nomenclatura latina, siempre con la pasión dinámica del naturalista), como si luego de la meditación fuera necesario la quietud del ser en la punta de la lengua. Entre las aventuras metafísicas de la conciencia y el centro sin centro de la naturaleza, parece indicar el poeta, es forzoso garabatear una frontera. Porque, bajo esta luz, la conciencia se nos aparece como un accidente en el largo sueño de la naturaleza. Y el insomnio, un estado privilegiado por el cual la conciencia entabla vínculos con un universo dormido, universo dormido pero que sueña, siempre sueña, esto es, jamás deja de producir imágenes: flores, peces, aves, colores, silbidos, osamentas, chasquidos, seres que se agazapan y otros que se ofrecen al tacto.

“Aprender a dormir” de John Burnside
“Aprender a dormir” de John Burnside

Tal así su propio perro, a quien el poeta le dedica un hermoso poema, "Et canem meum": "él va conmigo —y yo con él— / y lo que a mí me falta lo lleva en esa gran /// cabeza negra, una reserva / llena de sueños // de los que no soy parte, aunque les sigo / el hilo, como el humo de un arma en un claro // o una hueste lejana de voces en lo oscuro, corriendo / hacia nosotros, arriesgando al viento su alegría // como si la tierra misma estuviera hecha de deseo". El poeta debe hacerse cargo, parece decir Burnside, atestiguar lo entrevisto: el universo se ha olvidado de la evolución, mientras nuestras facultades pululan a través de las montañas y del mar, en busca de una vida mejor. De que el dolor se transforme en la mañana siguiente.

Tal vez venga por ahí. Insistimos demasiado en las montañas y en el mar. Hay un ritmo, hay una teoría de la verdad que la naturaleza ostenta como un don y que la conciencia intenta arponear. Hay una línea de lo mayor en ese litigio: las montañas, el mar, las pampas. Son tótems demasiado grandes para la poética de Burnside y, de cualquier manera, no hablamos de una naturaleza totemizada, sino de una glandular, en ebullición, de pizcas de células fugitivas: Cuando nada parece que pueda pasar, lo que pasa, siempre, es la ocasión de lo que pueda pasar. Se trata más bien de entender que en la naturaleza la podredumbre es el laboratorio de la vida: de allí que el poeta prefiera escenas en que la naturaleza mancha, destila, segrega, supura, infecta o se alimenta.

"Carroñero" o "recolector", como él mismo se define, Burnside sabe que el corazón, la víscera romántica por excelencia, es, primero, una víscera, "sobre todo grasa y músculo", alimento que segrega jugos cuando se lo cocina; y necesita, así mismo, como todo complejo celular, alimento para crecer. Sabe que la gracia de la naturaleza proviene de su cotidiana caducidad: "Alguien se había marchado, o muerto, y sus uvas / estaban negras en el enrejado, / ya resecas por el frío pero aún / intensamente vivas, a su modo, una indeleble caligrafía / tiñendo los alambres con determinación y arrojo ciegos". Con ese material trabaja. Allí encuentra una frontera franqueable, tejido de linfas entre mundos: el de una conciencia en pánico ante el retroceso de las imágenes, y la vasta y varia imaginería de la naturaleza, su productividad: "Qué pasa si los otros / se han ido; queda aún / la calma de las vísceras / esparcidas al alba, en el rocío". En esa fiebre expresionista que no puede ser saciada por ninguna línea recta, en esa alucinación del arte que anida en "el enjambre de sangre de la encina", encuentra una esperanza: jamás despertaremos, jamás trazaremos un límite.

Todo es extraño. Todo es posible. Porque la imagen —casi lo olvidamos— es también, o más que nada, la realidad de lo invisible, de lo inminente. El hombre, único mamífero con problemas para dormir, ve una variación de la oscuridad en lo oscuro y lo confunde con el santo sudario, y luego lo confunde con la cara de su perro: "Conmigo haz lo que quieras, en el reino de la representación; / o si mi lengua permanece quieta, haz lo que pido".

John Burnside
John Burnside

Burnside garabatea fronteras, solo para franquearlas: a veces el mandato de la conciencia de confundir formas con otras formas, otras la lengua quieta invocando la presencia de criaturas extintas o al borde de la extinción. Y consagra, entre lo dormido y despierto, un ecosistema vernáculo de imágenes en el juego de los pasajes: "Es como un campo diminuto con flores de lis / o unicornios que perduran tras el sueño // el Libro de las cosas menos amenazadas de la infancia / recobrado de los muchos tonos del azul: nomeolvides y lapislázuli, / calcedonio, niña celeste, martín pescador".  

Lo que  llegamos a ver apenas es tanto lo que está por aparecer, como aquello que "niega a desvanecerse". Por decir,  las ruinas de una abadía en Sajonia invadidas por el musgo; allí hubo hombres sabios que leían (¿oraban?) entresacando palabras de la piel curtida de un animal muerto: "Alguna vez, en sus celdas de piedra, ellos sabían tanto, / su único libro, una alegoría de las abejas/ el antiguo pergamino color miel lleno de signos". Por decir, los prados escoceses, donde orantes gatos de campo "se sientan horas / a dar zarpazos en el aire, no solo por jugar / sino con determinación, / porque su dios tiene garras".      

En un sentido análogo, las mitologías antiguas y contemporáneas —fábulas locales, dioses, leyendas, poetas y artistas— que pueblan los poemas de Aprender a dormir y la obra de Burnside están ya derruidas: es como si la naturaleza las hubiera inficionado  —un cierto aprendizaje, ¿no?—  de su lógica de alucinaciones. Del sigilo alucinatorio del sueño. Todo puede ser otra cosa. Toda es otra cosa. Se pudre y retorna bajo otra forma. Aparece Rimbaud en un poema, pero el poema es el relato de un sueño en un lugar en que Rimbaud jamás estuvo, poblado de presencias inquietantes, de las cuales la única que no nos inquieta es la del propio Rimbaud.

En otro, un grupo de viajeros, marineros de antaño, tal vez los mismos argonautas, llega a un pueblo pesquero, e intenta comunicar un mensaje que la comunidad no alcanza a descifrar; con el tiempo comienzan a morir o a dispersarse, al comprender que no serán escuchados, más, que son despreciados. El poema parece contado —el andamiaje narrativo de este y otros poemas de Burnside lo asocian con la narración oral, es decir, una narración dicha para invocar presencias, en dirección a lo sobrenatural— como un recuerdo de niñez, pero que, tras su aparente contemporaneidad, evoca un tiempo arcaico, donde los hombres y los elementos estaban unidos por una relación inmediata: "Cuando uno murió, lo envolvimos con tela / de algodón y lo trajimos tierra adentro, / donde el viento no pudiera encontrarlo. Le atamos / los pies, le sellamos la boca con brea, / porque los muertos pueden hablar / con la primera lluvia en primavera".

¿Es esta una advertencia del poeta sobre la imposibilidad de reemprender la revelación, las revelaciones, sin integrarlas a un ecosistema por venir? ¿Un arte poética disimulada bajo la especie de una parábola? En cualquier caso, a la manera de un cuento infantil de antaño, aquellos plagados de crueldades, aquí no hay lugar para arrepentimientos: en este pueblo, en aquellos viejos países, los pecados y errores se vuelven historias de pasajes, transformaciones.

John Burnside
John Burnside

De allí que el esbozo de una autobiografía en Aprender a dormir no recaiga en ninguna variante de confesionalismo: la madre, un amor temprano, el mismo Burnside de joven, enfermo, doliente. Son seres dudosos, al borde de cesar o de transformarse, como si dijeran: jamás dejaremos de retornar, pero lo haremos bajo otra forma, incluso una amenazante: "aunque no es el vestido ni ella, simplemente / es el color que me lleva hacia atrás, / el verde que te quiero verde en este mundo que no / cesa, mientras vamos pasando / incesantes, pero siempre / cambiando, verde que te quiero verde…".

En la misma línea de una retrospectiva (no tendremos espacio de hablar del homenaje a Jacques Tourneur), incluso novelistas largamente olvidados (Sinclair Lewis) retornan como voces sugestivas en los epígrafes de algunos poemas, como retazos de una cierta comunidad de voces e intensidades, esto es, una educación sentimental. Anotemos esto. Burnside no es solo celebrado por su labor poética, sino que es un destacado narrador: cuentos, novelas, dos libros de memorias. Una rápida inmersión en su narrativa (de la cual no hay nada traducido, lamentablemente) casi tienta a inscribirlo en el género del terror, pero de un terror seminal, de presencias entrevistas o disipadas, que van y vienen por los dislates de mentes ligera o francamente distorsionadas. Es posible que exista contigüidad entre aspectos de la poética de Burnside que aquí tratamos de ensayar, y el ingenio de sus ficciones. Finalmente, estamos hablando del mismo hombre y del mismo insomnio.

Una nota final. La edición bilingüe de cualquier libro y, sobre todo, de un poemario, implica forzosamente una colaboración compleja entre al autor y el traductor. Muchas veces, esa colaboración es virtual: el autor está muerto y no llega a expresar su mueca de descontento; el autor no conoce el idioma de destino y solo puede expresar cordialidades ante la felicidad de ser traducido. No es el caso de Aprender a dormir, ya que Burnside está vivo y se maneja bien en nuestro idioma; más aún, tal como nos cuenta en el prólogo, el propósito del libro (en el inicio una antología de poemas o un poemario ya publicado) y los mismos poemas fueron mutando al calor del intercambio epistolar con el traductor del volumen, Daniel Lipara (quien es también el encargado de las notas del final, útiles para reponer contextos tal vez esquivos al lector).

En el proceso, nos cuentan, hubo versiones, reversiones, y un verdadero trabajo en conjunto. Ya habíamos señalado lo extraordinario de que un poeta inglés de la estatura de Burnside publique poemas inéditos (recién salidos del horno) en una edición bilingüe, a través de una editorial independiente porteña; señalemos también lo extraordinario de esta escena de traducción. Con ello queremos decir, claro, que quien ignore la lengua de la pérfida Albión podrá, sin problemas, leer estos poemas y persuadirse de la fuerza de una poética en estado de gracia.

 

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