
En las extensas sabanas del sur de África, un grupo de perros salvajes africanos puede recorrer decenas de kilómetros en una sola jornada para encontrar alimento, desplazarse entre territorios y mantener la cohesión de su manada.
Según un detallado informe de Smithsonian Magazine, su capacidad para cazar es elevada: alcanzan una tasa de éxito cercana al 80%, muy superior a la de otros grandes depredadores de la región. Esa eficiencia también los convirtió en animales perseguidos.
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Propietarios de reservas privadas los consideran una amenaza para otras especies destinadas al turismo de fauna, mientras que algunos agricultores los matan para proteger al ganado.

A esta presión se suma la fragmentación de los territorios, que dificulta que los ejemplares encuentren parejas y formen nuevas manadas. Según la información publicada por Smithsonian Magazine, quedan alrededor de 6.600 individuos en el mundo.
Una especie con una estructura social particular
También llamados perros de caza del Cabo, estos cánidos poseen un pelaje formado por manchas negras, blancas y doradas que convierte a cada ejemplar en único.
Sus grandes orejas cumplen varias funciones: facilitan la comunicación dentro de la manada, ayudan a detectar presas y permiten liberar calor en regiones donde las temperaturas pueden superar los 38 °C.
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Su comportamiento social es uno de los aspectos que más llama la atención de los investigadores. Las manadas suelen estar integradas por entre 5 y 20 individuos y presentan una organización compleja. Una hembra alfa y un macho alfa son los únicos miembros que se reproducen.

Antes de salir a cazar, los animales realizan una serie de interacciones conocidas como “reuniones”. Según el biólogo Neil Jordan, de la Universidad de Nueva Gales del Sur, los ejemplares se levantan, juegan, emiten sonidos y realizan movimientos que preceden a la partida.
El investigador describió el proceso como “una especie de bola de nieve social”, en la que cada vez más integrantes se incorporan a la actividad.
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Los vínculos también aparecen durante momentos de vulnerabilidad. Los cachorros reciben alimento antes que los adultos y, cuando un integrante enferma, está herido o una hembra se encuentra demasiado preñada para participar en una cacería, otro miembro puede regurgitar comida para alimentarlo.
El desafío de formar nuevas manadas
La conservación enfrenta un problema relacionado con la diversidad genética. Los perros salvajes necesitan desplazarse para encontrar ejemplares de otras manadas con los que reproducirse. La fragmentación del hábitat limita esas posibilidades y aumenta el riesgo de apareamientos entre individuos emparentados.

El Endangered Wildlife Trust (EWT) desarrolla desde 1997 un programa destinado a ampliar el área de distribución de la especie mediante traslados entre reservas.
El proyecto permitió incrementar la población mundial en más de 344 ejemplares durante 29 años y recuperar territorios donde los perros habían desaparecido.
Una de las operaciones más recientes trasladó desde Mozambique a tres hermanas hacia la región sudafricana de Waterberg. Los animales fueron sedados, transportados y alojados temporalmente en un recinto especialmente diseñado para la especie antes de su liberación.
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El traslado también mostró los riesgos de estas intervenciones. Una de las hembras murió después de sufrir una miopatía por captura, asociada al estrés intenso y a las altas temperaturas registradas durante la operación.
Cole du Plessis, coordinador del proyecto de expansión del hábitat, señaló a Smithsonian Magazine que “jamás aceptaría la pérdida de una perra como algo normal”.
Reubicaciones para recuperar poblaciones
La estrategia continuó con nuevos movimientos entre reservas. Las dos hermanas supervivientes fueron trasladadas posteriormente a Rietspruit, una reserva privada conectada con el Parque Nacional Kruger. Allí se buscó reunirlas con machos procedentes de otras poblaciones.
La iniciativa permitió formar una nueva manada de cuatro ejemplares. Una de las hembras quedó preñada y el grupo construyó una madriguera, señal asociada con la proximidad del parto.
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Posteriormente, un leopardo mató a la hembra y sus cachorros murieron debido a que todavía dependían de su leche. Los otros ejemplares escaparon de la reserva; dos machos quedaron atrapados en una trampa y murieron, mientras la última hembra terminó incorporándose a otra manada.
A pesar de estas pérdidas, el programa registra avances poblacionales. En las últimas tres décadas, el territorio disponible para los perros salvajes aumentó en 1,5 millones de hectáreas y existen alrededor de 30 manadas más que antes.
En 2025, los proyectos de conservación desarrollados en Sudáfrica, Mozambique y Malaui contabilizaron 150 cachorros. Para du Plessis, esa cifra resulta significativa en una especie que dispone de unas 700 parejas reproductoras y cerca de 6.600 individuos en todo el planeta.
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De acuerdo con Smithsonian Magazine, el trabajo del EWT incluye también el seguimiento de los desplazamientos, el análisis de la genética y la cooperación con comunidades locales.
En Waterberg, donde una población libre reúne apenas 27 perros salvajes, los conservacionistas buscan facilitar la convivencia entre las personas y una especie que necesita grandes extensiones de territorio para sobrevivir.
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