
La Antártida, tradicionalmente percibida como un continente remoto, estable y dominado por el hielo, enfrenta una transformación acelerada. Los cambios recientes van más allá de las variaciones estacionales, y los eventos ambientales extremos causados por el cambio climático comenzaron a redefinir tanto el paisaje como las posibilidades de investigación científica en la región.
Estas condiciones extremas afectan no solo al hielo y los océanos, sino que también impactan en la infraestructura, la logística y la seguridad de las operaciones científicas. Un estudio publicado en la revista Communications Earth & Environment describe este nuevo escenario polar. El trabajo expone de manera detallada cómo las operaciones científicas en la Antártida deben adaptarse para enfrentar la creciente frecuencia y magnitud de los eventos extremos.
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Entre el hielo y la incertidumbre
El panorama descrito por los científicos sobre la Antártida se enmarca en un contexto global de desequilibrio climático sin precedentes. Según el informe “Estado del clima mundial en 2025” de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), el planeta atraviesa la mayor descompensación energética registrada desde que existen observaciones, con las concentraciones de gases de efecto invernadero en niveles récord y un calentamiento sostenido de la atmósfera y los océanos.
Entre 2015 y 2025, se registraron los 11 años más cálidos de los que se tiene constancia, mientras que la extensión del hielo marino antártico marcó uno de los valores más bajos desde el inicio de las mediciones satelitales. La OMM advierte que estos cambios rápidos y a gran escala, impulsados por la actividad humana, ya provocan fenómenos meteorológicos extremos, pérdidas de masa glaciar, subida del nivel del mar y efectos en cadena sobre la biodiversidad, la seguridad alimentaria y la salud de las poblaciones humanas.
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El informe señala que los eventos extremos en la Antártida y en el Océano Austral ocurren cada vez con mayor frecuencia e intensidad, tendencia que se intensificará si el calentamiento global persiste. Los autores indican que fenómenos como la reducción inédita de la cobertura de hielo marino, olas de calor, tormentas y deshielos superficiales dejaron registro de mínimos históricos, como el observado en febrero de 2023 y nuevamente en febrero de 2025, cuando se registró el nivel global más bajo de hielo marino.
Estos episodios no solo alteran el sistema físico de la región, sino que también afectan a las cadenas alimentarias marinas, la estabilidad de los ecosistemas y la vida de especies clave como el kril, los pingüinos, las ballenas y las focas.
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Las infraestructuras científicas también sufren las consecuencias. Los autores relatan que las estaciones de investigación deben adaptarse a inundaciones, lluvias intensas, cargas de nieve y materiales expuestos a condiciones más húmedas. Algunas bases costeras tuvieron que reforzar playas para evitar la erosión o modificar sus fuentes de agua potable debido a los cambios en la disponibilidad de lagos y arroyos.

Las pistas de aterrizaje y los sitios de operación aérea son especialmente vulnerables. El estudio documenta retrasos de hasta seis semanas en la base Rothera por la formación de capas de hielo sobre la pista, mientras que otras bases tuvieron que abandonar viejas pistas y buscar nuevas ubicaciones ante el aumento del deshielo y la formación de grietas. El acceso por mar tampoco escapa a las dificultades: la reducción del hielo puede facilitar el ingreso de barcos en ciertas temporadas, pero también aumenta el riesgo de accidentes y la presencia de especies invasoras, además de complicar la logística de abastecimiento y evacuación.
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Katharine Hendry, coautora del estudio, subraya en un artículo publicado en The Conversation que la frecuencia de lluvias en lugares como la base Rothera, donde antes era un fenómeno inusual, se convirtió en algo habitual. La experta alerta que la mayor imprevisibilidad de las condiciones meteorológicas y la presencia de lluvias y deshielos dificultan el acceso a estaciones y campamentos remotos, lo que aumenta los riesgos para la seguridad y la salud mental de los equipos científicos.
Acceso, riesgo y reinvención en el continente blanco
El equipo describe que la vulnerabilidad de la investigación antártica ante estos fenómenos exige un replanteo de la logística y la política científica. El informe destaca la necesidad de sumar tecnologías autónomas, como drones, robots submarinos y vehículos aéreos no tripulados, para complementar el trabajo de campo tradicional, sobre todo en zonas remotas o de acceso complicado. Estos sistemas pueden operar sin tripulación humana, recolectar datos en condiciones peligrosas y reducir los riesgos para el personal científico.
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Hendry destaca que el avance de tecnologías como los gemelos digitales, modelos virtuales que replican en computadoras el comportamiento del océano y el hielo en tiempo real, junto con la integración de datos satelitales, permite ampliar la cobertura y el alcance de las mediciones científicas. Estas herramientas ayudan a anticipar riesgos y optimizar la planificación de campañas, además de reducir la huella de carbono porque disminuyen la necesidad de enviar personas a lugares remotos.
El estudio enfatiza que las estrategias de mitigación deben incluir la modernización de infraestructuras, la actualización de materiales de construcción y la búsqueda de nuevas fuentes de agua. Se menciona que el diseño de futuras bases ya contempla la resistencia a inundaciones, tormentas y la erosión costera.
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Protección ambiental y el desafío de conservar la Antártida
El trabajo advierte que el aumento de eventos extremos y el cambio climático representan un desafío crítico para la ciencia antártica en las próximas décadas. Los autores resaltan que la gobernanza internacional deberá adaptarse para responder a las nuevas realidades ambientales y proteger tanto la integridad de los ecosistemas como la seguridad de las operaciones científicas.

En este contexto, el Tratado Antártico, que es un acuerdo internacional firmado en 1959 para asegurar que la Antártida se utilice únicamente con fines pacíficos y de investigación científica, y que fomenta la cooperación y la protección ambiental, juega un papel clave en el futuro de la región.
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Hendry concluye que la cooperación global y el avance en tecnología serán claves para mantener a la Antártida como un laboratorio natural esencial para entender los procesos planetarios. La región, antes considerada estable y predecible, se convirtió en un escenario de cambios vertiginosos, lo que obliga a la ciencia a reinventar sus formas de observación, operación y colaboración.
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