
Todos los meses, las librerías se pueblan de textos de divulgación que explican cómo funciona la mente, guías de ejercicios para desarrollar nuestro potencial, trabajos de periodistas científicos que desandan los laberintos del cerebro. Es una escena que se repite en Buenos Aires, Montevideo, el DF, Nueva York, Roma: un fenómeno global.
Lo mismo sucede en la televisión. Mientras algunas décadas atrás ese universo estaba reservado para canales específicos, hoy los científicos aparecen en magazines y programas de interés general. Cuentan sus experimentos y hablan de tú a tú con el público. Hasta las plataformas de streaming se suman a la apuesta con documentales de producción propia.
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¿Por qué la neurociencia se volvió una disciplina tan popular? "Comprendimos que entender nuestro cerebro es entendernos a nosotros mismos", dice el neurocientífico israelí Gal Richter-Levin. El director del Instituto para el Estudio de la Neurociencia Afectiva en la Universidad de Haifa y fundador del Centro de Investigación de Cerebro y Conducta, visita por primera América latina invitado por el festival Puerto de Ideas de Valparaíso. En ese marco habló con Infobae.

Para él, hay un vínculo directo entre actividad cerebral e identidad. "En los cursos introductorios suelo dar este ejemplo a mis alumnos: cuando a alguien le hacen un trasplante de hígado seguimos pensando en él tal como antes, y si esa persona fuera muy desafortunada y tuvieran que trasplantarle el corazón, los pulmones y otros órganos, todavía seguiría siendo la misma persona. Ahora bien: ¿qué pasaría si pudiéramos —no podemos, pero que pasaría si pudiéramos— trasplantarle el cerebro? Intuitivamente pensaríamos que es otro."
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Richer-Levin es un especialista en el estudio del estrés y los trastornos asociados a él. Hay una idea bastante aceptada sobre el estrés como una enfermedad inevitable en el mundo actual, una suerte de canon que debemos pagar debido a la velocidad, el exceso de información y la carrera por la competitividad y la eficacia. Lo cierto es que es una enfermedad grave que debe ser tratada.

—¿El estrés es la principal causa de la depresión?
—Sí, hay una estrecha relación entre la depresión y el estrés. Si uno hace un análisis cuidadoso, la depresión siempre surge después de un episodio de estrés. Puede ser tanto el estrés crónico como el traumático: el estrés postraumático puede llevar a una depresión larga.
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—¿Cuáles son las causas del estrés en un entorno urbano?
—El estrés de la vida moderna es de tipo crónico y se da por vivir en sociedades de miles o millones de personas cuando no estamos diseñados para eso; estamos preparados para vivir en pequeños grupos de personas. Por otro lado, tenemos puestas muchas expectativas en el éxito —sea lo que sea el éxito— y en tener cada vez más cosas y ganar más dinero. El dinero se convirtió en una nueva religión. Si alguien dijera "Ya tengo lo que necesito", la gente no lo vería como una persona feliz sino como un fracasado.
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—¿Cuál es el impacto de las redes sociales en el estrés?
—Primero que nada, no conocemos el impacto a largo plazo porque, en realidad, las redes son muy recientes. Luego, son unas criaturas extrañas. Les decimos redes "sociales", pero tienen un nivel muy superficial de la socialización. No te conectan de la manera tradicional en que nos conectábamos con "amigos". Y, además, somos animales sociales, pero no queremos ser amigos de todos. Queremos a nuestra jauría y vamos a pelear por nuestra jauría frente a otras. Si miramos cómo vivíamos hace dos o tres o cinco mil años atrás, y cómo vivimos ahora, hay una diferencia enorme. El crecimiento de las ciudades se dio recién en los últimos 500 años, el cambio tecnológico pasó hace 50 años y todo lo que tiene que ver con redes sociales e internet explotó en los últimos 20.
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—Mi pregunta venía porque se dice que nosotros recibimos por día la misma cantidad de información que un habitante del siglo VI recibía durante su vida. ¿Cómo se administra tanta información sin colapsar?
—Lo primero que hay que entender es que tenemos el mismo cerebro, que es casi el mismo que el de los hombres de las cavernas. No hubo demasiada evolución biológica en ese aspecto. Procesamos la información con el mismo mecanismo y tenemos que extraer conclusiones concretas. Así es como estamos "construidos". Y, entonces, esquematizamos. Lo que implica que en muchos casos sobresimplificamos conceptos y situaciones. Hoy sabemos muchísimo sobre la manera en que el cerebro recibe y estructura la información. Pero ¿cómo lo implementamos en el desarrollo de la salud y la educación? Todavía no estamos capacitados para administrar la información.
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—A lo largo de la historia se ha comparado al cerebro con diferentes máquinas: desde la máquina de vapor hasta las computadoras.
—Cada vez que cambia la tecnología, tratamos de trazar una nueva analogía. Pero la tecnología que usa el cerebro es mucho más complicada. Es un enigma y nos gustan los enigmas. Mientras que entendemos perfectamente qué hace el corazón y qué hacen los riñones, no entendemos completamente qué hace el cerebro. Solía ser algo tan remoto que la gente no estaba interesada, pero ahora, la ciencia popular y el acceso al conocimiento hace se conecten más fácilmente con esas preguntas.
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—¿Tiene que ver el programa de exploración del cerebro que impulsó Barack Obama?
—Creo que es al revés. El interés del público hizo que los políticos se ocuparan. Por cierto, el programa de Obama no es el único: está la iniciativa Blue Brain en Europa, hay un proyecto en desarrollo muy grande en China. Creo que esto se debe a la creencia que pueden hacerse descubrimientos muy importantes relacionados con desórdenes psiquiátricos y neurológicos. Hoy hay muchos estudios sobre el Alzheimer, un problema creciente por la edad de la población. Sí: hay millones de personas que sufren Alzheimer. Pero, si miramos los números de las personas que sufren de depresión, hay cientos de millones. Claramente es el campo en el que tenemos que hacer un quiebre para hacer una contribución crítica en la calidad de vida de las personas. Pero todavía no tenemos el suficiente conocimiento para hacer ese quiebre. Por eso, excepto en proyectos de inteligencia artificial, no hay grandes inversiones privadas: no ven resultados en cinco, seis, diez años.
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—Cuando se empezó a estudiar el ADN hablaron de un proceso de varios años y resultó que fue mucho más corto. ¿Con el estudio del cerebro podría darse algo así?
—No. Tomará mucho tiempo porque nuestras tecnologías son mucho menos hábiles que el cerebro. Por eso, si bien todos reconocen que entender cómo funciona el cerebro conlleva innovaciones tecnológicas y a la mejora de vida, el dinero no viene de inversores privados porque el ciclo de inversión es muy largo. Entonces el financiamiento tiene que venir de los Estados. Los europeos, Obama y los chinos invirtieron mucho dinero por varias razones: porque entendieron la importancia a largo plazo, porque es una convocatoria muy popular —y eso es alimento para los políticos— y luego, porque si aún no llegaras a alcanzar inmediatamente el objetivo final, encontrarías muchos intermedios importantes y beneficiosos en el camino. Es dinero muy bien gastado.

—Una pregunta tonta. Si los otros órganos son mucho más simples, ¿por qué nuestro cerebro evolucionó de una manera tan compleja? ¿Es la mano de Dios?
—Claro que no es una pregunta tonta.
—Es tonta porque no tiene respuesta.
—La gran mayoría de las personas cree en alguna religión; de hecho, los ateos son una minoría. Esto podría significar que, o bien Dios existe y se las arregla para mostrarle el camino a la mayoría de la gente y el resto es ciega, o bien que hay una tendencia biológica para poner en la percepción del mundo algo más grande que nosotros y que nos hace más fácil la vida. Podríamos hacer un relato sobre la manera en que la evolución nos llevó a sostener esa tendencia. Los seres humanos tenemos la necesidad de explicar sucesos, para poder predecirlos y evitar caer en riesgos o aprovecharlos en nuestro beneficio. Entonces desarrollamos una tendencia psicológica a encontrar explicaciones para cada suceso. Pero como hay muchísimos hechos que no entendemos —tal vez porque somos todavía muy ingenuos— construimos el concepto que algo más grande arregla las cosas. No soy una persona religiosa, pero respeto las creencias de la gente. Está la fe y está la ciencia y no somos los suficientemente sabios para combinarlas.

—Habitualmente se dice que usamos el 10% de nuestro cerebro: ¿qué pasará cuando usemos el otro 90%?
—Inicialmente no me parece que esa sea una descripción sea precisa. Pero luego, no creo que habrá un cambio dramático, aunque podemos mejorar en muchas formas. Vamos a vivir al máximo de nuestro potencial. Se abre un mundo desconocido donde lo importante sea, antes que buscar respuestas —que tal vez queden rápidamente obsoletas— sea incentivar la curiosidad. Y hay que entrenarnos en creer más en nosotros. Cuanto más creamos en nosotros mismos, más nos vamos a desafiar.
—Estamos ante una era en donde se resaltan las habilidades blandas. ¿Hoy es tan importante tener habilidades sociales como antes era tener conocimientos matemáticos?
—Es cierto, pero todavía necesitamos habilidades matemáticas. Hoy no necesitamos músculos porque podemos construir máquinas, pero necesitamos habilidades sociales que nos permitan comportarnos como individuos en sociedad. La gran diferencia entre nuestro cerebro y el de los chimpancés está en córtex prefrontal: es el área que nos permite socializar en una manera muy sofisticada. Una persona capaz de usar estas habilidades tiene una ventaja sobre el resto. No es la persona más fuerte ni la más sabia, sino la que puede socializar mejor.
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