Los líderes más importantes de Europa reconocen cada vez más, y de manera pública, que su continente se encuentra en una profunda crisis. Es un cambio bienvenido, pero para solucionar los problemas del proyecto europeo se necesitará algo más que palabras duras en las cumbres.
La Unión Europea ha dado prioridad a la regulación de la industria por encima de permitir su florecimiento. Esa jerarquía de prioridades explica por qué el bloque de 27 países tuvo una anémica tasa de crecimiento promedio del 1,6 % el año pasado. El crecimiento del continente seguirá estancado hasta que cambie su mentalidad de “primero regular, luego preguntar”.
Los líderes europeos se reunieron la semana pasada en un castillo del siglo XVI y solo acordaron un “plan de acción” para hacer que Europa sea más competitiva. Como es habitual, los detalles siguen sin estar claros.
El canciller alemán, Friedrich Merz, pidió a la UE que “desregulara todos los sectores”. La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, afirmó que Europa no puede “seguir hiperregulando” la industria. El presidente francés, Emmanuel Macron, señaló que la UE necesita afirmar más su independencia debido a la “inestabilidad minuto a minuto por parte de Estados Unidos”, junto con el “tsunami chino en el frente comercial”.
Es miope culpar a los extranjeros. Las empresas europeas que se están quedando atrás en la carrera de la inteligencia artificial deberían preocupar a los líderes más que cualquier cosa que diga el presidente de Estados Unidos.
El valor de las acciones europeas se vio afectado a principios de este mes después de que la empresa californiana Anthropic presentara un nuevo modelo que amenaza con dejar obsoletos algunos de sus productos, como el software jurídico. ¿Dónde está la Anthropic europea?
DeepMind se fundó en el Reino Unido, pero fue adquirida por Google y trasladó su importante trabajo en IA a Estados Unidos hace una década. La empresa de IA más grande y prometedora de Europa, Mistral AI, con sede en París, fue valorada en 14.000 millones de dólares el otoño pasado, una cifra importante, pero nada comparada con los 500.000 millones de dólares de OpenAI o los 250.000 millones de dólares de la empresa xAI de Elon Musk.

La disputa que estalló a principios de este mes entre Musk y el gobierno socialista español fue, como es habitual, avivada por los incendiarios tuits de Musk. Pero las medidas represivas propuestas por España contra los ejecutivos tecnológicos, los intentos de regular los algoritmos y la descripción del ministro de Justicia de la “casta tecnológica” como “depredadores” revelan una hostilidad más generalizada hacia los innovadores que asumen riesgos.
Tampoco hace que Europa resulte atractiva para las empresas cuando la policía registra las oficinas de X en París. Musk tiene la responsabilidad de crear de forma responsable su chatbot Grok, que había producido imágenes sexualizadas de mujeres y niñas. Pero parece que en Francia hay más entusiasmo por registrar las oficinas de empresas extranjeras que por crear las condiciones que permitan a las empresas francesas construir algo que pueda competir a nivel mundial.
Europa oscila con demasiada frecuencia entre una regulación excesivamente agresiva procedente de Bruselas y un gran gasto en política industrial dentro de las capitales nacionales. El continente tiene dificultades para salir de esta trampa del crecimiento lento. Es una advertencia para los estadounidenses tentados de seguir el mismo modelo.
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