
La reciente cumbre chino-estadounidense probablemente hará historia. Por primera vez desde el gobierno de George H. W. Bush, el tema central volvió a ser la estabilidad mundial.
Así como Richard Nixon comprendió en los años setenta que una alianza estratégica entre la Unión Soviética y China representaría un enorme peligro para la estabilidad de las democracias liberales occidentales, hoy Xi Jinping entiende que, sin una distensión con Estados Unidos, el sueño chino de coronarse como la principal potencia económica del mundo podría convertirse en una quimera.
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Por su parte, Donald Trump también parece haber comprendido que China no es Europa, ni Venezuela, ni Cuba, ni Irán, sino el único país capaz de ayudar a reequilibrar la economía estadounidense, hoy presionada por la inflación, el endeudamiento y la pérdida de competitividad industrial.
Los entendimientos entre ambos líderes parten de motivaciones distintas, pero convergen en una aspiración común: consolidar exitosamente esta nueva etapa de especialización de la economía mundial. Y, en ese terreno, pocas veces en la historia han existido dos potencias tan complementarias.
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Estados Unidos sigue siendo el gran centro de la invención y la innovación tecnológica. China, en cambio, se ha convertido en el eje de la racionalización y masificación de esas innovaciones dentro del aparato productivo global. China posee hoy más capacidad manufacturera que Estados Unidos, Alemania y Japón combinados, representando cerca del 30% de la producción manufacturera mundial. Ese poder industrial le permite producir bienes de consumo a bajos costos, impactando positivamente los presupuestos de las clases medias alrededor del planeta.
China, además, domina prácticamente toda la cadena de suministro de minerales raros, indispensables para la fabricación de tecnologías avanzadas. Sin esos minerales, la industria militar moderna sufriría un severo retroceso, pues permiten reducir el peso de metales estratégicos, haciendo las aeronaves más ligeras, veloces y eficientes. También son esenciales para las baterías de innumerables dispositivos, desde controles remotos hasta vehículos eléctricos. En otras palabras, sin ellos no sería posible la expansión masiva de la revolución tecnológica contemporánea.
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Estados Unidos, sin embargo, continúa siendo la principal fuente de descubrimientos científicos y desarrollos tecnológicos que el aparato de investigación chino todavía no logra igualar plenamente. Por ello, muchas empresas chinas vinculadas a la expansión de la inteligencia artificial aún dependen de microprocesadores diseñados con tecnología estadounidense.
A ello se suma una profunda interdependencia financiera y agrícola. Los agricultores estadounidenses tienen en China uno de sus principales mercados para exportaciones de cereales y soya, necesarias para abastecer a una población inmensa y en transición hacia mayores niveles de consumo. China, a su vez, sigue siendo uno de los mayores tenedores extranjeros de deuda pública estadounidense. Esto crea intereses mutuos: Estados Unidos depende de compradores globales para financiar sus déficits, mientras China depende de la estabilidad y liquidez del dólar para preservar el valor de sus reservas internacionales.
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En síntesis, las economías china y estadounidense han desarrollado niveles de complementariedad cuya ruptura provocaría daños profundos y posiblemente irreparables para ambas naciones.
Eso es precisamente lo que tanto Xi como Trump parecen haber internalizado, avanzando hacia una suerte de distensión estratégica. Curiosamente, Estados Unidos recurrió al détente durante la Guerra Fría cuando llegó a la conclusión de que una confrontación nuclear no tendría ganadores, sino únicamente múltiples perdedores.
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¿Significa esto que los acuerdos —aún no publicados ni formalizados— alcanzados en la cumbre Xi-Trump pondrán fin a las rivalidades entre ambas potencias? Evidentemente no.
China continuará expandiendo su presencia en los mercados emergentes, particularmente en África, para garantizar el suministro de materias primas destinadas a su gigantesco aparato manufacturero. Estados Unidos, por su parte, difícilmente tolerará una presencia china significativa en zonas consideradas estratégicas para su seguridad nacional, como el Canal de Panamá.
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Sin embargo, ambas potencias podrían coincidir en contener amenazas mayores a la estabilidad global, como las guerras en Ucrania y Medio Oriente.
Porque lo ocurrido en China durante la segunda semana de mayo fue mucho más que una simple cumbre diplomática. Fue, posiblemente, el momento en que el siglo XXI dejó definitivamente atrás el espejismo unipolar y comenzó a organizarse alrededor de dos centros de poder.
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