
En el suroeste de Turquía, Akyaka se alza como uno de los últimos refugios de calma y autenticidad en el litoral mediterráneo, un pueblo que estuvo a punto de perder su esencia ante el implacable avance del cemento. Hoy, sus casas encaladas, con entramados de madera y generosos aleros, parecen crecer en armonía con las montañas cubiertas de pinos y las aguas cristalinas del río Azmak, componiendo una postal viva que, por poco, no existió.
Lo que muchos ignoran es que detrás de este equilibrio hay un nombre fundamental: Nail Çakırhan, el poeta y arquitecto autodidacta que, con un plan preciso y sensibilidad, salvó a Akyaka de la “plaga” del desarrollo indiscriminado.
El giro que cambió la historia
En la década de 1970, Akyaka era apenas un pequeño asentamiento pesquero rodeado de pantanos y mosquitos, sin más atractivo que su entorno natural, de acuerdo con lo resaltado por el Fethiye Times. Mientras el turismo crecía y otras zonas de Anatolia sucumbían ante la construcción masiva, el pueblo parecía destinado al mismo destino. Entonces ocurrió el giro decisivo.
Para 1971, Çakırhan llegó al lugar junto a su esposa, la arqueóloga Halet Çambel, con la intención de retirarse. Pero, lejos de conformarse con la vida tranquila, supo que aquel entorno merecía ser protegido: “Sabía que la tierra era especial y no iba a permitir que la destruyeran”.
Sin formación académica en arquitectura, el poeta se inspiró en los modelos tradicionales de la época otomana y edificó su casa en un acantilado con vistas al mar. Pero no era solo una vivienda: su diseño, sencillo y funcional, integraba métodos autóctonos y materiales naturales. Las paredes blancas, los aleros profundos y la ventilación cruzada hacían frente al sofocante calor, y las estructuras de madera resistían los frecuentes terremotos de la región. El interior, modesto y práctico, encarnaba la perfecta combinación entre tradición, utilidad y elegancia.
Este enfoque singular resultó tan innovador que le valió el Premio Aga Khan de Arquitectura en 1983, reconocimiento excepcional para alguien ajeno a círculos académicos. Su creación, sin embargo, trascendió el plano personal: “Su casa era más que un lugar para vivir, se convirtió en un modelo para otros”, señaló CNN Travel.

Pronto, los habitantes influyentes de la región, cautivados por la propuesta de Çakırhan, solicitaron casas bajo el mismo concepto. Así, la demanda avivó oficios que languidecían, como la carpintería, generando empleo y permitiendo que una nueva generación aprendiera de los métodos ancestrales. La visión del poeta se erigió, literalmente, en la base del futuro urbanismo de Akyaka.
El resultado fue tan contundente que, a partir de la década de 1990, al redactar las normas de desarrollo urbanístico, los estándares definidos por Çakırhan se adoptaron para la mayoría de las nuevas construcciones. Según testimonios, este paso “prácticamente salvó a la ciudad del espantoso crecimiento canceroso del hormigón”. El pueblo preservó su identidad arquitectónica, evitando el destino de otras localidades turísticas devastadas por el avance descontrolado de los bloques de cemento.
La transformación
El impacto de Çakırhan se percibe no solo en lo físico, sino también en el cambio de mentalidad de sus habitantes. Tal es el caso de Hamdi Yücel Gürsoy, propietario del Hotel Yücelen, quien recuerda que sus sueños “eran muy diferentes antes de conocer a Nail”. Explicó que, gracias al arquitecto, aprendió a valorar “la gente, la naturaleza y la cultura”. Así lo relata: “A veces, una persona llega a tu vida y la cambia por completo. Nail fue una de ellas”.
Eniz Tunca Özsoy, quien trabajó como asistente de Çakırhan y luego forjó su propia carrera, sostiene que Akyaka se transformó en un crisol de la vida intelectual turca. “Aquí había intelectuales, auténticos intelectuales”, afirma.
En la actualidad, Akyaka ostenta el estatus Cittaslow, reconocimiento mundial que distingue a las ciudades comprometidas con la calidad de vida y la conservación de su herencia. Visitantes recurrentes, como Ezgi Yasemin, elogian el atractivo único del lugar: “Ciudades antiguas, montañas, eucaliptos, naranjos, campos de sésamo, un río Azmak limpio y gente intelectual”, detalló a The Guardian.

El desafío de mantener la autenticidad
No todo es fácil. El éxito genera presiones: en los últimos cinco años, especialmente tras la pandemia, el pueblo ha atraído a quienes buscan escapar del caos urbano. Su inclusión reciente entre los Mejores Pueblos Turísticos de las Naciones Unidas amenaza con comprometer la atmósfera apacible. Aunque las normas urbanísticas frenan la proliferación de torres de hormigón, el incremento del turismo y el ritmo agitado del verano ponen a prueba el espíritu “lento” de Akyaka.
“Ahora soy la persona más consciente del medio ambiente en Muğla. Se lo debo a Nail Çakırhan y Halet Çambel”, afirmó Gürsoy.
A pesar de estos desafíos, sigue siendo posible disfrutar del auténtico encanto del pueblo. Ali Şahin, dueño del restaurante Halil’in Yeri, resume el sentimiento general: “He viajado por todo el mundo, pero nunca he visto un lugar que tenga las cuatro cosas en uno: mar, llanura, montaña y río”.
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