
“Con el codo en la mesa mugrienta y la vista clavada en un sueño, piensa el tano Domingo Polenta en el drama de su inmigración. Y en la sucia cantina que canta la nostalgia del viejo paese desafina su ronca garganta ya curtida de vino Carlon”, comienza diciendo la letra del tango La Violeta, que el poeta Nicolás Olivari escribió de una vez en la mesa de un bar porteño.
Corría el año 1929. El autor estaba comiendo unas pastas regadas con vino de la casa junto a Cátulo Castillo en un antiguo bodegón de la Capital Federal, cuando decidió hacerle una apuesta al compositor. No se sabe, exactamente, qué es lo que puso en juego mientras saboreaba sus espaguetis. Pero sí que tomó su lápiz y, de un tirón, plasmó en un papel las estrofas de este texto costumbrista que pintaba la cruda realidad de los inmigrantes. Una realidad que él conocía de primera mano por sus ancestros.
Desde la segunda mitad del siglo XIX, la Argentina había empezado a recibir ciudadanos provenientes de todas partes del mundo y, en especial, de Europa. Para muchos de ellos, “hacerse la América” no había sido tarea fácil.
Nicolás había nacido el 8 de septiembre de 1900 en Buenos Aires y era el cuarto hijo de dos inmigrantes italianos oriundos de la ciudad de Génova: Carmen Canale y Giovanni Battista Olivari. De hecho, su padre era capitán de ultramar y había desembarcado en el país apenas diez años antes de su llegada al mundo, contratado por la Compañía Argentina de Navegación Mihanovich Ltda. Así que él sabía muy bien lo difícil que era, para los extranjeros, adaptarse a la cultura del Río de la Plata.
“E...! La Violeta, la va, la va, la va...La va sul campo che lei si sognaba ch’era su gigin, que guardandola staba...Él también busca su soñado bien desde aquel día, tan lejano ya, que con su carga de ilusión saliera como La Violeta que la va... la va...Canzoneta de pago lejano que idealiza la sucia taberna y que brilla en los ojos del tano con la perla de algún lagrimón...La aprendió cuando vino con otros encerrado en la panza de un buque, y es con ella, metiendo batuque, que consuela su desilusión”, continúa diciendo el tema que grabó en primer término Roberto Maida y que Carlos Gardel se encargó de popularizar en 1930. La canción reflejaba la angustia de los que se veían obligados a dejar su tierra natal.
Olivari, sin embargo, fue un auténtico porteño y, con el tiempo, llegó a convertirse en uno de los fundadores de la Academia del Lunfardo. Creció en los barrios Once y Villa Crespo. Y cursó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional Nicolás Avellaneda, donde tuvo como profesor de literatura a Emilio Alonso Criado, quien lo alentó para que comenzara a escribir. Así surgió su primera obra, El matón de arrabal. Y, al tiempo, editó la pieza de teatro El mejor amor, junto a Victorio Noblia.
En 1920, Olivari formó parte del mítico grupo literario Boedo junto a Lorenzo Stanchina, Leónida Barletta y Elías Castelnuovo, que se reunía en el Café El Japonés de Boedo al 800 y publicaba sus obras en la Editorial Claridad. De esa época datan obras como Carne al sol, La carne humillada, Historia de una muchachita loca, La mala vida, Bésame en la boca, María Luisa y La canción de los vientres infecundos. También integró, junto a los hermanos Enrique y Raúl González Tuñón, el Grupo Florida, con quienes escribió Un Auxilio en la 34 y Dan tres vueltas y luego se van.

Se casó con Amelia De Marco, con quien tuvo a su único hijo: Juan Carlos. Y vivió con su familia durante muchos años en un caserón ubicado frente al Parque Centenario, en avenida Díaz Vélez 4732, donde en la actualidad funciona el Centro Asistencial Veterinario San Marcos y en cuyo frente hay una placa conmemoratoria entregada en su honor.
Olivari era un bohemio al que le gustaba mucho la noche. Solía pintar mujeres desnudas, algo que algunas oportunidades hacía con modelos vivientes en los cabarets y piringundines de la época, mientras fumaba sin parar. Se lo vinculó sentimentalmente con María Luisa Rubetino, aunque esta relación extramatrimonial nunca se confirmó. Hasta que, cuando ya no pudo conjugar esta rutina con su matrimonio, se separó de su esposa.
Fue periodista en el Diario Crítica, La Época, El Mundo, La Nación, El laboralista, El pregón, Noticias gráficas y Reconquista. También creó radionovelas para Radio Belgrano. Y trabajó como guionista cinematográfico. En todos los casos, Olivari se destacaba por escribir desde la más descarnada realidad.
La Musa de la mala pata, Carne al sol, El gato escaldado, Los poemas rezagados, Diez poemas sin poesía, La amada infiel, La mosca verde, Pas de quatre, El hombre de la baraja y la puñalada, El almacén, La noche es nuestra, Los días tienen frío, Un negro y un fósforo, Novela parroquial de Buenos Aires y Mi Buenos aires querido son algunas de las obras de su autoría. Aunque, desde 1930, había registrado también el seudónimo de Diego Arzeno con los que firmó tangos y algunos de sus textos periodísticos.
Tuvo, sin embargo, un período de proscripción en el que sus obras fueron retiradas de circulación. Fue allá por los años ‘50, después de haber realizado junto a Roberto Valenti el guion de El morocho del Abasto, sobre la vida de Gardel. Es que, después de haber conocido a Eva Perón, había manifestado públicamente su adhesión a la presidencia de Juan Domingo Perón. Y, junto al Sindicato de escritores de la Argentina, apoyó su reelección. Esto hizo que la Revolución Libertadora prohibiera sus libros y hasta mandara a destruir algunos de ellos, al igual que los de otros poetas y escritores críticos de la época.

Además de La violeta, que dedicó “al marqués Enrique González Tuñón, en agradecimiento a las tantas y tan sabrosas cazuelas de pescado con que nos habéis invitado a aquella cantina italiana de la Chacarita”, Olivari dejó su sello en el tango. Compuso, entre otras obras, la letra de Desdén, pieza que musicalizó Alberto Ruiz, Dos ojos negros que hizo junto con Raúl de los Hoyos.
“Creo que ningún poeta argentino ha sufrido como yo el bárbaro chaparrón de las peores injurias. Se me negó con sistema. Se me aconsejó acremente no escribir más versos, se me disimuló y ennegreció con las peores tintas y sin embargo, señoras y señores, aquí me veis tan franco y sereno y sencillo como si nada me hubiera pasado. Que nada pasó en verdad, porque los que pasaron fueron ellos y yo quedé escribiendo versos todavía y siempre a pesar de todo. Esta es la alegría que clarifica mi voz esta tarde”, había dicho en alguna oportunidad.
Olivari escribió hasta el final de sus días. Murió en Buenos Aires, a los 66 años de edad, el 22 de septiembre de 1966. Y, además de su enorme legado, dejó como obra póstuma el libro Mi Buenos Aires querido, que fue utilizado como texto escolar hasta mucho tiempo después de su partida.
El 28 de septiembre de 2014, en el marco de los festejos por el 30 aniversario de la creación del Programa Cultural en Barrios, se bautizó con su nombre al Centro Cultural que funciona en Castro 954, Boedo.
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