
Como en el Tetris o en el riguroso Arkanoid, la vida muchas veces nos exige un orden constante, un dominio absoluto de cada una de las piezas que la conforman. Y en este afán por mantenerlo todo "bajo control", la presión puede tornarse demasiado pesada y corremos el riesgo de convertirnos en autómatas, como esos enajenados jugadores que no se detienen hasta el desolador "Game Over".
El orden y la rutina pueden facilitarnos los quehaceres cotidianos y pueden ser muy útiles para optimizar los tiempos de nuestras ajetreadas vidas. Pero existe una delgada línea que separa a este aparente "orden" de la obsesión.
Chequeamos mil veces la llave del gas, controlamos otras tantas la cerradura de la puerta, colmamos la heladera con notas fluorescentes para no olvidar ninguna de las tareas pendientes, una y otra vez repasamos los gastos del mes y chequeamos que nadie derroche nada dentro de la casa.
Como si faltase algo más, sumamos manías laborales y llevamos a casa esas alertas mentales que nos agobian con tareas pendientes que dejamos en la oficina sin resolver. ¡Agotador!

"Quien sufre de estas obsesiones vive en un mundo de ansiedad y preocupación exagerada que lo lleva a estar preso de las mismas. Las personas que comienzan a tener estas conductas más allá de lo normal suelen ser detallistas, exageradamente ordenadas, irritables ante la falta de estas cualidades en otros, con pensamientos recurrentes acerca de posibles enfermedades y catástrofes", indica la Lic. Cristina Benchetrit, psicóloga y Directora de Espacio Olazábal.
El problema es que el obsesivo sufre en su afán de querer controlarlo todo y ese miedo a perder el control tiende a crecer y va modificando su propio enfoque de la vida. Otra de las conductas que desarrolla una persona con estas características son los pensamientos mágicos: "Si toco la mesa de madera tres veces, todo va a salir bien". Esto, según Benchetrit, lleva también a conductas rituales que se van incorporando cada vez con más frecuencia.
Lo grave es que comenzamos a perder cierta autonomía. Vamos sumergiéndonos en preocupaciones que debilitan nuestra espontaneidad y nuestra libertad de acción.

Tomá el mando
Cuando nos damos cuenta de que actuamos de manera compulsiva y hemos perdido el control sobre determinadas acciones hay dos cosas que podemos hacer:
–Focalizarnos en externalizar el síntoma: identificando las conductas irracionales y buscando modos de atacarlas logramos ponerlas fuera de nosotros mismos. Si conseguimos que el síntoma (la obsesión) se convierta en algo externo, podremos luchar para vencerlo.
–Identificar que estas conductas son una fuerza que se nos impone, sólo así encontraremos el poder para luchar y volcar nuestra energía para trabajar en contra de esta faceta que nos perturba.
Jugar otro juego
El obsesivo es, por sobre todo, obstinado. Puede seguir empeñado en algo hasta conseguir lo que busca. Esto, a la larga, lleva a depositar toda esa obsesión en el otro y la situación entonces se complica. "Un ejemplo de obstinación es la mujer que espera la llegada a casa del marido, y cada minuto que se demora despierta pensamientos catastróficos que sólo la
desesperan más. Apenas llega el esposo, se da una escena de hostigamiento.
Otro ejemplo típico es "cuando él se autoconvence de que ella está con otro y entonces desarrolla habilidades investigadoras y cuestionadoras hacia ella, que terminan debilitando la relación" detalla Benchetrit.
"Las causas de estas conductas tienen que ver con inseguridades, temor al abandono y baja autoestima, entre otras, ya que cada caso tiene sus matices".

Desde afuera, quienes convivimos con personalidades obsesivas lo que podemos hacer para ayudarlas a cortar la situación de plano es, paradójicamente, no seguirles el juego: a un celoso no se lo cura dando detalles y respondiendo interrogatorios, eso más bien alienta a más preguntas. Habrá que dejar de dar explicaciones, frenar la demanda y, así, la obsesión perderá sus fuerzas. Es el primer gran paso para ayudarlos a luchar con el "monstruo" que crearon, su obsesión.
La vida transcurre, los meses nos pasan por encima y vivimos empeñados en querer controlarlo todo, con miedo a que algo salga de lo planeado. Paremos un poco. Atendamos esas pequeñas obsesiones para que no se agiganten ya que, a la larga, pueden traernos complicaciones. Si
creés que se te están escapando de las manos, siempre estás a tiempo de cambiar: consultá a un profesional que pueda ayudarte a superar este trastorno que no por común es menos importante.
Para liberarnos de la preocupación quizá debamos comenzar por soltar el predominio de la razón y volcarnos hacia lo vivencial y lo emocional. Apaciguar la mente y crear nuevos espacios que nos inviten a la calma. Las obsesiones son un vicio de nuestra época, por eso, la clave para superarlas es volver a las fuentes.
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