La discusión respecto del veganismo tiene como telón de fondo un cambio de paradigma -indispensable- en la relación de los humanos con sus congéneres del reino animal. Durante siglos el hombre construyó la idea insólita de que su condición supuesta de pensante le permitía sojuzgar a la naturaleza -y a sus integrantes- para satisfacer sus deseos. Hoy eso nos está volviendo: la crisis climática y el deterioro ambiental constituyen la consecuencia de aquella explotación.
En ese contexto, era lógico que los animales fuesen sometidos. Con una falsa excusa evolutiva se usaron argumentos del hombre primitivo, como la caza, para justificar la bestialidad del hombre moderno. Desde sacarles la piel para abrigarnos hasta usarlos para matarse entre ellos y apostar por dinero, todo estaba permitido para con esos seres inferiores.

Los animales han ocupado diversos roles en nuestra vida: desde entretenimiento en los circos -y aún lo son en los parques marinos- hasta sujetos de testeo de aquellos productos que luego usaremos en nuestro pelo o nuestra piel. Y ni hablemos de supuestos deportes, como las corridas de toros, en los que la destreza supone matar a un animal que solo se está defendiendo.
Tan injustificado ha sido ese sistema de explotación que finalmente en nuestros días está instalada la idea del maltrato, asumiendo que los animales sufren como las personas. Pero en verdad se está debatiendo sobre el lugar que nos corresponde en la naturaleza.

Era lógico, por lo tanto, que el debate llegase a la comida. ¿Es de mal gusto comerse un animal? ¿Supone necesariamente maltrato?
Lo que sí supone es explotación derivada de los actuales modos de producción de alimentos y deterioro acelerado del ambiente.

Si para alimentar a una persona con carne y sus derivados hacen falta seis veces más territorio que para un vegetariano y 20 veces más que para conformar una dieta vegana, no hay que ser excesivamente sagaz para entender que en un mundo de tamaño y recursos finitos la desaparición de los bosques, la contaminación de las aguas y la pérdida de la biodiversidad están rotundamente relacionadas con el modo de producir alimentos. Y el estruendo se completa al saber que el 70 por ciento de la agricultura del mundo está dirigida a alimentar animales.

La Argentina no solo no es ajena, sino que es modelo de ese modelo.
¿Y el Estado? Reacciona en base a la demanda. A las aisladas leyes que prohíben correctamente las carreras de galgos, hay que incorporarlas dentro de normas federales referidas a toda explotación animal. Y la controversia sobre las dietas hay que tratarlas dentro de campañas de alimentación segura y programas de soberanía alimentaria.
Aun cuando ambos colisionen con los negocios, van a estar, lo que es más importante, en sintonía con la época.
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