En un nuevo episodio de La Fórmula Podcast, el sociólogo y especialista en adicciones Ignacio O’Donnell contó su historia de recuperación y recordó cómo comenzó con la marihuana, pasó por otras drogas y atravesó uno de los momentos más difíciles de su vida, antes de iniciar un proceso que lo llevó a dedicarse durante más de dos décadas a la prevención y el tratamiento de las adicciones. También explicó por qué detrás del consumo muchas veces existe un dolor que la persona intenta aliviar y destacó la importancia de pedir ayuda para iniciar una transformación.
Además, habló sobre cómo prevenir una recaída, el valor de los grupos y la comunidad, el impacto de las adicciones en las familias y la necesidad de establecer límites. El especialista reflexionó sobre el vínculo entre las adicciones y una sociedad atravesada por los estímulos rápidos y explicó por qué la recuperación requiere tiempo, orden y un cambio profundo en el estilo de vida. El episodio completo podés escucharlo en Spotify y YouTube.
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Nacho O’Donnell es sociólogo, magíster en Prevención y Tratamiento de las Adicciones y consejero en adicciones. Tiene más de tres décadas de recuperación personal tras haber atravesado 17 años de consumo y, a partir de esa experiencia, lleva alrededor de 25 años dedicado al trabajo con personas con problemas de consumo y sus familias. A lo largo de su trayectoria ocupó cargos de responsabilidad en el área de adicciones, entre ellos la dirección del Hospital Nacional de Salud Mental y Adicciones y una subsecretaría vinculada a políticas sobre drogas, y actualmente dirige la Fundación CETrac, donde trabaja en prevención y tratamiento de las adicciones.

—¿Por qué decidiste dedicarte a la recuperación de las adicciones?
—Tengo 32 años de recuperación, lo que quiere decir que no consumo alcohol ni ninguna otra droga desde hace 32 años. Tuve problemas de adicciones y consumí durante 17 años. Soy de una familia de profesionales y tuve muchas experiencias. Empecé a fumar marihuana de forma intensa y después consumí otras drogas. Durante los tratamientos tuve un intento de suicidio; estuve internado en un psiquiátrico y en centros de tratamiento. Después volví a estudiar y pude trabajar en adicciones, ocupar puestos de responsabilidad y demás.
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Hace muchos años, a partir de mi paso por esos centros de tratamiento y de observar qué ocurría en esos lugares y qué necesita una persona con adicciones, descubrí mi vocación de ayudar. Me dedico a eso desde hace, por lo menos, 25 años. Tenía familiares y amigos que consumían. A veces, los factores asociados con una recuperación o una adicción tienen que ver con la estructura psíquica y el entorno: la sociedad, el barrio, la casa y otros factores.
Desde una edad temprana, había personas cercanas a mí que consumían marihuana. Yo tenía un perfil psíquico melancólico e hiperactivo. También había algunos problemas familiares y eso, tal vez, me llevó a probar la marihuana. A partir de ahí empecé a consumir otras drogas.
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Si tengo que explicar qué es una adicción, Gabor Maté dice: “No es por qué el consumo, sino por qué el dolor”. Una persona con adicciones no se soporta dentro de su cuerpo. Entonces, necesita un alivio, aunque sea momentáneo, para salir de ese estado, aunque el costo sea alto.
—¿Lograste descubrir de dónde venía ese dolor?
—Es por distintos factores. Yo creo que la persona adicta en una familia es la más sensible. Si hay dos hijos, por ejemplo, uno con adicción y otro sin adicción, aunque ambos hayan vivido cosas terribles, quizás el adicto absorbe todo ese dolor que está dando vueltas, que muchas veces se remonta a Adán y Eva, porque nuestros padres sufrieron cosas de nuestros abuelos y nuestros abuelos, de nuestros bisabuelos.
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Las drogas están cada vez más disponibles y la dopamina se estimula a una edad más temprana: los videojuegos, las redes, etcétera. Todo empieza a una edad muy temprana y hoy todo apunta al consumo de todo tipo de cosas.
—¿Qué cosas de la sociedad o de la manera en que vivimos creés que nos hacen más propensos a generar adicciones?
—El camino de la recuperación es un camino espiritual, porque todo es externo, todo es apariencia, todo es estímulo rápido. El mundo te dice: “Hacelo rápido, hacelo solo y hacelo a tu manera”. Y la recuperación es justamente lo contrario: es pedir ayuda, abrir la cabeza a otras formas y necesitar de otro que te ayude. El proceso es más lento.
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Hoy, muchas cuestiones son externas, como la apariencia, el dinero, las redes sociales y la alegría. La tristeza está devaluada. Entonces, te dicen: “Si hacés un duelo, tenés que tomar una pastilla”, un Rivotril o algo así. Es una manera de tapar.
También hablamos mucho de la marihuana como un problema muy grave y muy aceptado en la sociedad. Se tapa el dolor, se tapa la tristeza y, en algún momento, explota; en algún momento, llega. La tristeza es un factor como el tacto: si no sentimos que nos estamos quemando, nos prendemos fuego. La cuestión es cómo conectar con eso y, entre muchas otras cosas, tener el coraje de ser uno mismo.
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—¿Te acordás de tu último día de consumo y de tu primer día de sobriedad? ¿Qué pasó en esas horas en las que dijiste “hasta acá”?
—Algo muy común, que sucede y que a veces la gente no entiende, es que la mayoría de los adictos llega de manera coercitiva: por una pareja, un jefe, un juez; porque los echan de la casa o por distintas cuestiones. En mi caso, fue una novia que me dijo: “Si no entrás en recuperación, no vamos a estar más juntos”. Entonces entré, básicamente, para estar con ella y para que no me dejara.
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También empecé a ir a las reuniones de los grupos de doce pasos. Al principio, realmente no estaba rendido. Lo que la gente no entiende es que las personas que entran de manera coercitiva o presionadas tienen exactamente los mismos resultados que quienes entran por voluntad propia. La mayoría ingresa de alguna manera por un motivo coercitivo.
Eso fue lo que me motivó a entrar en recuperación: no perder a mi pareja. Al principio sirve eso y el arte del tratamiento consiste en transformar esa razón en una motivación propia.
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—Cuando tu novia estaba preocupada por vos, ¿qué tipo de consumo estaba viendo ella? ¿Te levantabas y fumabas hasta que te ibas a dormir o en qué tipo de consumo estabas?
—Ya tenía un consumo habitual de cocaína. Además de la marihuana, había pasado a la cocaína. Pero tenía 30 años y veía que todos mis sueños y deseos se escurrían. La gente hacía otras cosas y yo no lograba avanzar.
Cuando uno está en consumo, puede tener o no tener novia, tener o no tener trabajo, tener familia: todo se vuelve efímero. Uno siente que tiene algo, pero en realidad no lo tiene y, en cualquier momento, lo pierde. Podés ir a los mejores lugares del mundo y visitarlos, pero no estás ahí. Uno habita su propia cabeza, y ese es el problema. El problema es la autoobsesión y el egocentrismo de la enfermedad: pensar y no parar de pensar.
—¿Estos pensamientos recurrentes tenían que ver con la culpa, con pensar “esto es algo que tengo que dejar y no puedo”, o qué era lo que pensabas?
—No. Más que nada, sentía que necesitaba algo distinto, que era distinto de los demás. Era una automedicación, que en definitiva lo es. El problema es que, en algún momento, deja de funcionar y ya no tiene efecto.
Parte de la definición de la adicción también tiene que ver con la tolerancia: uno necesita cada vez más drogas para conseguir el mismo efecto. Termina consumiendo para no sentirse mal, ni hablar de disfrutar. Consume para mantenerse estable.
No había culpa. Quizás, por mi medio social y demás, no tuve que robar ni hacer ciertas cosas. Era “funcional”, entre comillas, pero pensaba que la controlaba. Creía que podía dejar en cualquier momento o que no me hacía tanto mal. Eso es lo que me mantenía en la adicción.
—Dijiste que eras “funcional”, tenías una pareja y un trabajo. ¿Dónde notabas que esto podía empezar a tener consecuencias severas en tu vida?
—Tenía un trabajo que no me gustaba, en el que me sentía muy estancado. Mi pareja consumía conmigo y después dejó. Cuando yo paré, creo que llegó toda esa depresión que tenía acumulada, todas esas angustias y temas no resueltos. No pude manejarlo. Entonces tuve un intento de suicidio y terminé en un psiquiátrico; después, en un centro de tratamiento.
Si bien yo era “funcional”, entre comillas, trabajaba para consumir y consumía para sobrevivir. Era todo un ciclo. Uno también se encuentra con las mismas personas, habla de las mismas cosas y hace las mismas cosas. Se vuelve un mundo muy chico y, como mínimo, muy mediocre. En muchos casos, se vuelve más extremo y aparecen problemas mucho más graves, que es lo que vemos en los tratamientos. Pero no es más ni menos grave.
Las personas que llegan a la recuperación tienen un patrón común: están muy tristes y muy solas. Es una soledad que existe aun cuando están con gente; es un sentimiento profundo. La adicción se construye con los años. No es gratuito consumir durante 16 años o durante el tiempo que sea.
—¿Qué preguntas creés que son clave para que alguien pueda identificar si tiene un problema? En tu caso, ¿cuáles te sirvieron para reconocer que había algo que no estaba bien?
—Alcohólicos Anónimos y Narcóticos Anónimos son el modelo que más recomiendo como inicio y mantenimiento de un tratamiento, salvo que la persona necesite un tratamiento profesional. No tienen carácter profesional: no hay personas que diagnostiquen.
Después, nosotros, como profesionales, podemos observar algunos criterios, como la incapacidad de sostener relaciones sociales o un trabajo. También puede ocurrir que una persona se ponga en riesgo de distintas maneras. Está lo que decía sobre la tolerancia: uno necesita cada vez más drogas para lograr el mismo efecto. También está la abstinencia: cuando uno deja de consumir, se siente mal.
Son criterios diagnósticos del DSM-5, que establece distintos niveles: adicción leve, moderada o grave. Son 11 criterios específicos que permiten llegar a un diagnóstico.
—Llevame a tu recuperación. ¿Qué recordás de esos primeros días sin consumir? ¿Qué te contaron o qué escuchaste en un grupo que te motivó a seguir yendo?
—El tema de los grupos es muy importante. Al principio me gustaban porque escuchaba anécdotas y me parecían interesantes. Después, uno siente que es distinto, porque solo conoce a personas que consumen, no a personas que están en recuperación. Entonces, es un grupo humano desconocido.
Más adelante, uno ve que hay personas que hicieron y sintieron lo mismo, que vivieron las mismas cosas; y que hay humor y alegría. Es gente querible. Uno llega con un autorrechazo y un odio a sí mismo muy grandes, por todas las frustraciones y por ver el mundo pasar.
Entonces, uno llega y dice: “Esta gente estuvo donde yo estuve, le pasó lo que a mí me pasó, sintió lo que yo sentí”. De golpe los veo bien, con alma, con alegría. Entonces uno piensa: “Esta gente es querible y, si ellos son queribles, quizás yo también sea querible”. Ese es el atractivo: la identificación profunda. También hay una vibra, un espíritu. Y eso es lo que necesitamos: la parte espiritual.

—En tu caso, ¿cómo empezaste a desarrollar esa parte espiritual?
—No me di cuenta de que era una búsqueda espiritual; fue algo natural. La espiritualidad se define como algo subjetivo, pero tiene que ver con cosas simples: vivir una vida ordenada, pedir ayuda, buscar otra forma y no vivir a través de los impulsos.
Mi camino espiritual surgió a partir de la derrota absoluta. Ahí pensé: “Todo lo que tengo no me sirve. Tengo que empezar de nuevo, tengo que nacer de nuevo”. Tuve un despertar espiritual al borde de la muerte. Sentí que había algo, una figura superior, que no quería que muriera.
Ahí empezó mi despertar: muchos años de grupos y de pedir ayuda a otras personas. Empecé a ver otra cosa, a trabajar con un programa que hizo que me revisara y mirara hacia adentro, porque la recuperación de las adicciones es de adentro hacia afuera, no de afuera hacia adentro.
—¿Qué recordás como lo más desafiante?
—A los primeros 15 días de dejar de consumir tuve un intento de suicidio. Fue muy angustiante: estaba muy mal, no comía, no dormía. Fue tremendo porque no hice lo que tenía que hacer. Cada caso es diferente. Yo tardé mucho en entrar en el proceso porque toqué un fondo muy grande. Pero, por lo general, los primeros 90 días son claves. Durante los primeros 30 días hay una desintoxicación física y, después, una desintoxicación emocional. Esta puede durar cerca de un mes, aunque los tiempos varían.
En el segundo mes, por lo general, aparecen los traumas y los dolores más profundos, que se empiezan a ver y a trabajar. En el tercer mes se establece, de alguna manera, un patrón de recuperación más sólido. Por eso, como director de una fundación, no indicamos internaciones de más de tres o cuatro meses. Después, las personas pasan a un centro de día o a un tratamiento ambulatorio, porque no consideramos productivo que permanezcan mucho tiempo alejadas de la sociedad. La recuperación se da en la sociedad.
El primer año también es clave y debe estar dedicado con fuerza a la recuperación. Hay etapas realmente importantes. Si la vida no cambia y no mejora, uno va a volver a consumir. Enfatizamos mucho la necesidad del deporte y del ejercicio físico. Pero dejar de consumir también implica un duelo muy grande. Como decía un profesional, es como mudarse de país: hay otra gente, otro idioma, otros hábitos y otras costumbres.
Uno incorpora nuevas cosas, pero primero debe trabajar mucho consigo mismo. A partir de ahí, la recuperación tiene que estar en primer lugar. Si uno hace lo que tiene que hacer en el momento en que debe hacerlo, todos los momentos de recuperación son excelentes. Si está un paso adelante de la enfermedad, está en un lugar ideal. Si está un paso atrás, está en un lugar muy malo, esté limpio o no. A partir de poner la recuperación en primer lugar, empiezan a suceder cosas.

—¿Qué significa estar un paso adelante de la recuperación?
—Seguir en tratamiento y en recuperación: ir a grupos, hacer terapia si hace falta, pedir ayuda y vivir de otra manera. No juntarse con personas que consumen, no mentir, no robar, ser un buen hijo y un buen trabajador, ser consciente y estar despierto.
—También tiene que haber algo de aprender a tolerar el malestar, sobre todo al principio, cuando aparecen las ganas de consumir. ¿Qué cosas te ayudaron a convivir con ese malestar?
—Es una problemática muy seria, que requiere muchos años de continuidad en la recuperación. Hablar con personas en recuperación, pedir ayuda, tener un guía, rezar —incluso sin una creencia religiosa—, meditar, hacer deporte o estar con mi madre son algunas de las cosas que me ayudaban a atravesar esas ganas de consumir y a tolerarlas.
Por ejemplo, se recomienda bañarse seguido y mantenerse ocupado. Todas las actividades relajantes ayudan. Se dice: “Mente y manos ocupadas”. Ordenar la casa o mantenerse activo son herramientas a las que uno recurre según lo necesita y de acuerdo con sus propias características.
—¿Qué herramientas concretas y prácticas utilizaste en el día a día?
—Ir a grupos, hacer terapia, tener un padrino, escribir un programa y hacer ejercicio. El ejercicio me ayudó muchísimo. Desde que entré, me gusta mucho la natación. Para la cabeza es ideal.
También me ayudaron escribir y leer sobre filosofía y religión. Me interesa el budismo y la meditación. Pero, ante todo, me sirvió tener amigos en recuperación, mantenerme dentro de una comunidad de recuperación y cambiar mi estilo de vida para hacer las cosas bien.

—¿Cuánto creés que influye el orden para poder sostener una recuperación? Sobre todo, ¿qué es y cómo se ve ese orden?
—La recuperación de las adicciones es como un líquido: si no tenés un recipiente, una base, no podés sostenerla. Esa base puede ser tener actividades, levantarte a cierta hora, comer de forma ordenada y poner las actividades de recuperación en primer lugar. La recuperación es lo primero. También implica trabajar y hacer ciertas cosas que ayudan a que uno se sienta ordenado.
Cuando consumía, era muy desordenado: a veces no dormía y consumía. El orden también tiene que ver con llevar un registro y seguir los lineamientos médicos. Yo, por ejemplo, no tengo miedo de decirlo: tomo una medicación leve, un estabilizante del ánimo, y hago tratamiento psiquiátrico. Eso me ayudó mucho. Son distintas formas de cuidarse. Ir al dentista, por ejemplo, también es una forma de tener orden.
Tiene que haber un cambio profundo de personalidad y, para acompañarlo, uno debe estar ordenado y atento. Hay pequeñas cosas que nos alejan de la recuperación. Una recaída no ocurre de un día para otro. La persona afloja en su recuperación o en el tratamiento, empieza a tener adicciones sustitutas, como el sexo o la ludopatía, que está tan en boga. También puede empezar a mentir o a vivir de manera muy desordenada. De golpe, esa persona vuelve a consumir. Por eso hay que estar atento a cuestiones que parecen menores, pero se acumulan y pueden terminar en un problema grave.

—Hay una frase de Federico Pavlovsky, que vino al podcast, que dice: “No llegues a tener sed”. Es una metáfora que usan muchos corredores: cuando tenés sed, ya es tarde. ¿Cómo lo ves?
—La recaída no es un suceso, es un proceso. Cuando tenemos enfrente a una persona con adicciones, sobre todo al recibirla en tratamiento, hay dos partes: la enfermedad y la persona. Nosotros amamos a las personas, porque si uno no ama a quienes tienen adicciones, no puede trabajar de esto.
Cuando la persona llega, la enfermedad puede ocupar, tal vez, el 90%. A medida que empieza a recuperarse y a hacer las cosas necesarias, la salud crece y la enfermedad se achica. Pero hay pequeñas cosas que, como decías, empiezan a generar la sed: guardar el teléfono de quien me vendía, tener amigos de consumo en las redes sociales o pensar que, si guardo plata, algún día voy a poder consumir o controlar el consumo. Son pequeñas señales que, juntas, pueden llevar a que uno se deshidrate y consuma. Por eso hay que prevenir siempre.
—Entiendo que con la adicción también se alteran mucho las dinámicas del placer, porque al recibir estímulos tan grandes de dopamina a través de una droga o de la sustancia que sea, los placeres que uno disfrutaba antes del consumo pueden perder fuerza. ¿Cómo resignificaste o redescubriste tu relación con el placer?
—Las drogas son dopamina y, después, el sistema dopaminérgico disminuye su capacidad de producirla. La dopamina es lo rápido; las endorfinas son más lentas y sostenidas. Más allá del consumo, existe una forma tóxica de vivir: todo tiene que ser explosivo, como fuegos artificiales. Si me relaciono con alguien, todo tiene que ser perfecto y lindo. Tengo que tener el mejor trabajo del mundo y todo tiene que ser rápido, porque la adicción te entrena para eso.
Son años y años de pensar, actuar y sentir de una manera que tiene mucho que ver con esta lógica. La cuestión es generar otros registros: ir a grupos, hacer ejercicio y reunirse con personas en recuperación. Así se recupera el sistema y uno encuentra otras fuentes de placer, alegría y espiritualidad.
—¿Qué le dirías a alguien que tiene ganas de afrontar este problema, pero siente que su vida va a ser aburrida y poco placentera?
—Le diría que los grandes estímulos, los grandes logros y hasta la adrenalina se pueden alcanzar con mucha más intensidad de otra manera. Ese efecto que uno busca a través de las drogas se logra mucho más cuando uno está limpio. Todo es mucho más placentero, pero hay que atravesar una transformación.
Les diría que se tomen un tiempo, que se animen y que prueben. Que valen, que esa vida quizás no lleva a nada y que la otra puede llevar a logros, felicidad, amor, familia y muchas otras cosas. Que no se la pierdan.

—Hoy estás en contacto con personas que quieren transformar su vida y vivir de otra manera. ¿Cómo hacés para transmitirles que, detrás de todos sus miedos y de lo que están atravesando, existe la posibilidad de una vida distinta que hoy quizás ni siquiera pueden imaginar?
—Hay personas muy informadas y técnicamente formadas, pero a veces lo más importante es lo que uno transmite, más allá de lo que dice o hace. Si uno realmente cree que la persona puede recuperarse, siente empatía y entiende el proceso que atraviesa, eso es lo más importante. Por supuesto, hay que combinar esa empatía con conocimiento. Lo que uno transmite al principio es aceptación y amor incondicional, porque quien viene de una adicción está acostumbrado al rechazo y al juicio.
Una persona con adicciones es como alguien coherente, inteligente, que piensa, pero mete los dedos en un enchufe. Le decís: “No metas los dedos en el enchufe”, pero lo sigue haciendo. Eso genera daño y problemas. Llegan muy golpeados y muy tristes. Decimos que la persona primero se hace daño a sí misma y después recibe el daño de los demás. No juzgar, entender los procesos que atraviesa, acompañarla y mostrarle afecto es lo que realmente cambia las cosas. Para algunos profesionales, entender la enfermedad resulta muy difícil.
—En estos 32 años de sobriedad, ¿alguna vez te volvieron las ganas de consumir? Se suele decir que “el adicto es adicto para siempre”. ¿Por qué creés que es importante seguir considerándose una persona en recuperación? ¿Esas ganas alguna vez desaparecen del todo?
—No tengo ganas de consumir desde hace muchísimos años y, durante el proceso, las tuve pocas veces. A veces pueden aparecer fantasías. La problemática de la adicción se manifiesta de distintas maneras. Hay jugadores anónimos, adictos al sexo y muchas otras situaciones. El problema es que se dispara algo: a uno se le rompe el freno de mano. Tiene que ver con algo mental.
Hablaba de la autoobsesión, el miedo egocéntrico y los pensamientos rumiantes. Si uno no sostiene una continuidad en el tratamiento, todo eso empieza a perjudicar. Uno empieza a inventarse problemas en la cabeza, se obsesiona y, de golpe, aparecen otros problemas que ni siquiera ve.
Creo que también tiene que ver con aprender a controlar la mente o, por lo menos, lograr que sea una aliada y no una enemiga. La adicción se define, en parte, por ese vacío que puede volver. Pero estar en recuperación es lo mejor que hay: es encontrar una vida que uno no podría haber encontrado si no hubiera consumido. La recuperación es alegría. Si uno se mantiene, puede tener una vida mucho más plena de la que quizás habría tenido de otro modo. Pero hay que cuidarse.

—¿Qué cosas te ayudaron a vos a “domar tu mente”?
—La meditación, la lectura de textos espirituales y trabajar en la bondad y la compasión con los demás, porque todo vuelve. Si uno hace el bien, eso también vuelve. El ser humano estaba rodeado de animales salvajes, entonces vivía en tensión y con nervios por los riesgos que podían venir. Hoy no hay animales salvajes, pero la naturaleza humana es fatalista: piensa que algo va a pasar. También es insatisfecha: llega a un lugar y siempre quiere algo más.
Ahí está la naturaleza humana. Escapamos de lo que no nos gusta y queremos aferrarnos a lo que nos gusta. Ese es el problema de los seres humanos. Yo digo: si es bueno para la recuperación de las adicciones, es bueno para todos, porque aplica a todos. La adicción son distintos problemas que se exacerban. Todo el mundo tiene defectos, pero cuando uno está en adicción, se disparan más.
—Recién me hablabas de que tu problema con el consumo empezó con la marihuana y de que hoy es una de las drogas más frecuentes que ves entre las personas que llegan a los grupos. ¿Podrías profundizar?
—La gente toca mucho más fondo con la cocaína. Lo que pasa es que la marihuana hoy es cinco veces, o más, más potente de lo que era hace 20 años, por ejemplo. Y eso está generando, en personas que ya tienen una estructura previa, brotes psicóticos. Muchas personas llegan con brotes a raíz de la marihuana.
También hay gente que piensa que el mundo es insoportable y que la marihuana lo hace más llevadero. Pero el problema es que las personas pierden iniciativa y no maduran. Consumir también es tapar las frustraciones, es decir: “Bueno, me siento mal, tengo un problema, fumo”. Eso genera una inmadurez emocional, sobre todo en el ámbito familiar.
Hoy vemos padres que fuman marihuana con sus hijos. El consumo en chicos también genera más adicción. Para mí, la marihuana es un problema porque quita expresividad afectiva y muchas otras cosas. Es como un filtro entre las personas y la realidad, que no es necesario ni productivo.

—¿Por qué creés que hoy la marihuana está tan aceptada que nadie la considera un problema?
—Justamente por eso: porque una persona no necesariamente va a salir a robar ni a tener conductas extremas, como puede ocurrir con alguien alcoholizado o bajo los efectos de otras drogas. Vivimos en un mundo superficial, en el que cada uno hace lo que le parece. Faltan la empatía, la generosidad, los proyectos y las utopías. Entonces, mientras alguien “no joda” y esté en su propio mundo, no parece haber problema. La marihuana encaja bien en ese mundo desconectado.
—Muchas veces, en una adicción, no solo sufre quien consume, sino también todo su entorno familiar. Después de tantos años de trabajar con personas con adicciones, ¿cuál creés que es el mejor mensaje que podemos dejarle a la familia?
—La familia es un tema central y atraviesa problemas similares a los de las personas con adicciones: se avergüenza. El estigma también es muy importante. Muchas veces, los familiares ocultan el problema, sienten culpa porque creen que la persona tiene una adicción por su responsabilidad y no saben cómo gestionar el enojo. Hacen muchas cosas que quizás no funcionan.
Por eso, es importante informarse sobre las adicciones. Decimos que rogar, amenazar, sobornar o tratar de convencer no sirve, porque a la persona que está en adicción no le importa nada ni nadie. La familia hace un esfuerzo enorme que no funciona. Lo que sirve son los límites, porque los familiares de una persona con adicciones también están severamente afectados.
—¿Cuál es la mejor manera para que un familiar pueda intervenir o ayudar?
—Primero, informarse. Después, establecer límites concretos. Tiene que ser algo suficientemente potente como para contrarrestar la adicción y la conducta que tenga la persona, siempre desde el amor. Yo les digo a las familias: “Tu hijo, las drogas y vos no pueden convivir en la misma casa”. No se puede tolerar eso. Es decir: “Si querés seguir consumiendo, seguí tu vida. Si no querés consumir, yo te acompaño hasta la China”. Se trata de poder desprenderse con amor: “Yo te amo, pero vos te estás matando y no te voy a acompañar a la tumba”.
Es una de las paradojas de la recuperación. Todo el tratamiento implica hacer algo que no responde al sentido común y, por eso, es tan difícil. Una madre, por ejemplo, puede darle plata a su hijo, extenderle los plazos o recibirlo en casa con la cama hecha, la luz prendida y la electricidad paga. De alguna manera, eso perpetúa y facilita la adicción.
Uno dice que una madre nunca abandona a un hijo. Pero abandonarlo también puede ser dejar que siga igual y que no haya consecuencias. La vida y las conductas tienen que tener consecuencias. Las familias deben aprender a desarrollar una dinámica en la que las conductas sí importen.

—Nacho, fuiste director del Hospital Nacional de Salud Mental y Adicciones, subsecretario de la Secretaría de Drogas y ahora sos director de la Fundación CETrac. A partir de todas esas experiencias, ¿qué aprendiste sobre la adicción que no sabías cuando ibas a los grupos y atravesabas tu propia recuperación?
—Tiene que ver con las políticas públicas, que están ausentes. Por ejemplo, hay una posibilidad de intervenir, pero es muy difícil cuando las cuestiones están atravesadas por las políticas partidarias. Yo no pertenezco a la política; no soy un militante político, sino un técnico.
Hay que empezar por ciertas cosas. No hay campañas de difusión. Si bien pueden tener un efecto limitado o el que sea, hay ocho mil publicidades de cerveza, 20 mil de ludopatía. ¿Y qué estamos diciendo? No hay ningún mensaje, desde las esferas públicas, que advierta que esto hace mal.
Después, hay que intentar que el tratamiento sea accesible para las personas en el momento en que lo necesiten y que sea de calidad. Eso lo intentamos desde el hospital, desde la Subsecretaría y demás. También hay que trabajar mucho con el estigma y con la información.
Hay muchas cosas para hacer: formar a las personas que están en roles críticos, como docentes, policías y jueces, para que entiendan qué es esta enfermedad. Lo que mata es que la gente no sabe cómo tratarla. Quienes pueden intervenir no saben o no están informados sobre qué es un tratamiento efectivo ni dónde hacerlo. Es un tema complejo y amplio.
—¿Qué le dirías a alguien que quiere empezar su camino hacia la sobriedad, pero todavía no llegó a su día uno? Y, en segundo lugar, ¿qué mensaje le darías a alguien que ya está en recuperación y necesita un poco de aliento?
—A la persona que todavía no empezó su recuperación le diría que todo lo que sueña y todo lo que no está sucediendo puede suceder si inicia una recuperación. Que pierda la ilusión de control, que no piense que va a poder controlar el consumo o que va a volver a ese primer consumo placentero. Hay otra vida. Que se dé un tiempo, que lo intente, que se quiera, que se respete y que pida ayuda, porque tiene derecho a pedirla.
No es un marginal ni una mala persona: es una persona que tiene una enfermedad. Que pida ayuda porque se lo merece y porque hay otra vida, y va a ser maravillosa si deja de consumir. A la persona que empezó la recuperación le daría todo mi aliento y mi apoyo. Que siga adelante, porque la recuperación es mucho más que dejar de consumir. Se construye con el tiempo, en comunidad, y hay que seguir hasta que se construya otra vida.
El duelo, dejar de drogarse y el dolor que aparece son muy difíciles. Pero del otro lado hay una vida inimaginable y maravillosa. Que se anime, que va a estar todo bien.
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