
Una risa casi automática, un reflejo de retirada y zonas del cuerpo que casi todos prefieren proteger: un nuevo estudio sobre las cosquillas halló patrones muy similares entre personas de Asia y Europa, y a la vez puso en duda varias ideas extendidas sobre por qué algunas partes resultan tan sensibles.
La investigación fue realizada por Ziliang Xiong y Konstantina Kilteni, del Instituto Donders de la Universidad Radboud, en colaboración con el Instituto Karolinska, y sus resultados se publicaron en la revista Nature Human Behaviour.
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El trabajo reunió respuestas de 448 personas y detectó patrones comunes en cómo se experimentan las cosquillas. Los datos mostraron coincidencias en las reacciones, las zonas más sensibles y la distancia entre la risa y el disfrute.
Según explicó Kilteni, los participantes mostraron conductas parecidas más allá de su origen. La mayoría relató que se reía cuando alguien le hacía cosquillas y señaló que esa interacción se daba, sobre todo, con familiares o amistades. En la niñez, además, la situación más frecuente era que las cosquillas provinieran de una persona mayor. En la adultez, en cambio, ese papel pasó a recaer con más frecuencia en alguien de edad similar.
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Uno de los puntos del estudio fue la distancia entre la risa y el disfrute. Aunque las cosquillas suelen asociarse con un momento lúdico, los datos indicaron que esa conexión no siempre implica placer. Durante la infancia, el 42% dijo que disfrutaba esa experiencia, mientras que en la etapa adulta esa proporción descendió al 35%. Al mismo tiempo, más de una cuarta parte de los consultados afirmó que le resultaba desagradable, mientras que entre los adultos predominó una posición intermedia.
Esa mezcla de respuestas abrió una pregunta central para los investigadores. Cuando se les consultó a los participantes si creían que la gente hace cosquillas para provocar risa, el 77% respondió que sí. Pero al preguntarles si esa risa expresa un disfrute genuino, la mayoría consideró que no. Para el equipo, esa diferencia sugiere que la carcajada puede funcionar como una reacción social o corporal que no refleja necesariamente bienestar.
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Qué zonas del cuerpo resultan más sensibles
El estudio también avanzó sobre una cuestión clásica: cuáles son las zonas más propensas a despertar cosquillas. Para responderlo, los participantes colorearon diagramas corporales con las regiones en las que sentían mayor sensibilidad. Los mapas resultantes mostraron una coincidencia entre los grupos culturales. Las axilas, las plantas de los pies, el abdomen y los costados del torso aparecieron de forma reiterada como los puntos más sensibles.
A partir de esos registros, los científicos compararon ese “mapa de cosquillas” con otras características del cuerpo. Revisaron variables como la sensibilidad al tacto común, el grosor de la piel, la relación entre contacto y placer, y la frecuencia con la que distintas partes del cuerpo son tocadas en la vida cotidiana. Esa comparación les permitió poner a prueba varias hipótesis históricas sobre el origen de las cosquillas, una pregunta que interesó a pensadores como Aristóteles y Charles Darwin.
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Los resultados descartaron algunas explicaciones. Una de ellas plantea que las zonas más sensibles a las cosquillas son aquellas con piel más fina. Los datos no respaldaron esa idea. De hecho, regiones como los labios o los párpados tienen una piel más delgada, pero no figuran entre las áreas más propensas a desencadenar esa reacción. Otra teoría sostenía que las partes más vulnerables del cuerpo serían también las más cosquillosas. Esa relación tampoco apareció de manera consistente.
Los investigadores hallaron además que las áreas con más cosquillas no coinciden necesariamente con aquellas más sensibles al tacto ordinario ni con las que suelen generar más placer cuando son tocadas.
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En cambio, una de las hipótesis que recibió mayor apoyo fue una propuesta de Charles Darwin: las partes del cuerpo menos expuestas al contacto habitual tienden a ser más cosquillosas. Aun así, los autores aclararon que esa explicación tampoco alcanza por sí sola para resolver el fenómeno.
Para Ziliang Xiong, la evidencia apunta a una combinación más compleja de factores. Las cosquillas no dependerían de una sola causa anatómica ni de un mecanismo simple del sistema nervioso.
El estudio sugiere una interacción entre elementos sociales, sensoriales y fisiológicos. Eso incluye desde quién toca y en qué contexto, hasta cómo procesa el cerebro una forma de contacto inesperada o difícil de anticipar.
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Cómo investigan las cosquillas en el laboratorio
La investigación no se limitó a encuestas. En el llamado Tickle Lab, dentro del Centro Donders para la Cognición, los autores desarrollan experimentos controlados con un dispositivo robótico. En esas pruebas, los participantes se sientan en una silla y colocan los pies a través de dos aberturas para que una máquina haga cosquillas en las plantas bajo condiciones medidas con precisión. Ese tipo de ensayo busca aislar variables que en la vida diaria aparecen mezcladas con el vínculo personal, la sorpresa y la expectativa.

El objetivo de esa línea de trabajo es entender mejor cómo el cerebro construye la sensación de cosquillas. Para el equipo, ese mecanismo se ubica en un cruce entre procesamiento sensoriomotor, conducta social, emoción y evolución.
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A medida que avancen los ensayos de laboratorio, los científicos esperan precisar por qué una reacción tan conocida desde la infancia todavía conserva una parte difícil de explicar.
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