En un nuevo episodio de La Fórmula Podcast, el terapeuta especializado en adicciones Christian Curiel Mitja compartió su historia de vida marcada por el consumo problemático desde la infancia, el dolor emocional y una profunda falta de herramientas para gestionar sus emociones.
Relató cómo las adicciones atravesaron su adolescencia y juventud, las situaciones traumáticas que lo empujaron a una espiral de autodestrucción y el largo camino que recorrió hasta entender que la adicción es una enfermedad crónica que requiere acompañamiento, terapia y trabajo constante sobre uno mismo.
Además, habló sobre la recuperación como un proceso diario, la importancia de pedir ayuda a tiempo y el rol central del amor, la contención y la estructura en los tratamientos. Hoy, como director de un centro en España, explicó cómo trabaja con personas y familias atravesadas por el consumo, el valor de la gestión emocional y el mensaje de esperanza para quienes sienten que no pueden imaginar otra vida posible. El episodio completo podés escucharlo en Spotify y YouTube.
Christian es terapeuta especializado en adicciones y director ejecutivo del Centre Terapèutic Dia 1 y de Curiel Adicciones en España. Trabaja acompañando a personas y familias en procesos de recuperación de consumo problemático mediante terapias presenciales y online centradas en el bienestar y la prevención de recaídas. Su propia historia de superación personal, en la que estuvo atrapado en el consumo excesivo de cocaína y las consecuencias devastadoras antes de convertirse en profesional de la terapia, es un ejemplo de transformación y motivación para otros que luchan contra la adicción.

En la vida de Christian, la relación con las drogas comenzó muy temprano. “Yo creo que las personas que somos adictas nacemos con una predisposición a tomar una serie de decisiones ya desde bien pequeñitos”, explicó. Nació en una familia humilde y trabajadora en España; sus padres lo tuvieron muy jóvenes. “Toda la atención que necesitaba o creía que necesitaba en aquel momento de mis padres, no la tenía, y eso fue haciendo mella en mi persona”, recordó.
Se crió bajo el cuidado cercano de su abuela materna y, según él, su entorno lo sobreprotegía y, por ejemplo, le daba más dinero del que le correspondía. La falta de afecto en casa intentó compensarla afuera: “La buscaba en cosas externas: en comprar amistades, en quizás querer vivir más rápido una edad que no tenía”.
A los 11 años probó por primera vez la marihuana en un camping, rodeado de chicos mayores. Aquella curiosidad por lo prohibido pronto lo condujo al alcohol y los tripis. “En aquella época las drogas de diseño estaban empezando y estoy hablándote del 91. Para el 93 yo ya empecé a tomar LSD y sustancias un poco más fuertes, como éxtasis”. En la escuela, ya cargaba con una rutina de malas decisiones y compañías: “Estaba de moda un aerosol que se llamaba cloretilo. Yo ya iba al colegio con eso”.
Además de la adicción, Christian mencionó que tiene un trastorno obsesivo-compulsivo. Los psicodélicos, lejos de aliviarlo, intensificaban esa rumiación mental.
El aislamiento y la espiral autodestructiva
La secundaria trajo un episodio que marcaría su vida: sufrió lo que hoy reconoce como bullying. “Me sentí muy apartado. Me sentí muy solo. Me costó volver a ir al colegio y ahí es donde empecé a autorrebelarme conmigo mismo”. Para entonces, ya se relacionaba con gente mayor, consumía éxtasis cada fin de semana y vendía pastillas. A los 14 años, una noche al salir de una discoteca, vivió un hecho traumático: “Salió una persona mayor que yo, debería tener entre 40 y 50 años. Se me sentó al lado. Al final de la conversación, acabó como una índole más sexual y me dijo si me quería ganar un dinero. ‘O accedes o te esfuerzo’. Ahí empezó una etapa de mi vida muy traumática, porque el hombre este, con un taser me durmió, me electrocutó”.
Al recobrar la conciencia, el miedo y la vergüenza lo dominaron: “La sensación que tuve en aquel momento era de miedo, sobre todo, a lo que me podían haber hecho, si había cogido alguna enfermedad. Yo me despierto sin recuerdos de lo sucedido, solo con dolor y una sensación muy asquerosa en general”. Nunca lo contó en ese momento, ni siquiera en el hospital. El peso de ese secreto lo llevó a una etapa de rabia y autodestrucción: “Ya me daba igual no dormir, me daba igual cualquier cosa”.
Su comportamiento se volvió errático. “Yo lo atribuí y lo etiqueté directamente, lo puse en un colectivo que no tiene ninguna culpa, que es el colectivo homosexual. Me siento mal por haber pensado así, porque soy una persona súper sociable con todo el mundo y no tengo ningún tipo de juicio hacia nadie. Pero sí es verdad que, a raíz de lo que me pasó, tuve rabia y rechazo. Me repercutió muchísimo en mi manera de actuar y pensar. Y yo nunca he sido una persona violenta. Al contrario”, evocó.
A los 15 años, su vida se redujo al consumo y la evasión: “Me levantaba y lo primero que pensaba era en consumir y eso era lo único que hacía yo durante el día, consumir de lunes a viernes, buscar qué fiesta podía ir el fin de semana y no salía de ahí”.

Su entorno familiar intentó intervenir. “Al final acabé volviendo a mi casa y ahí fue cuando mi madre y mi abuela se plantaron”. Un psicólogo marcó un primer freno, pero el bienestar era frágil y la recaída, inminente.
La recaída y la urgencia de ayuda
Tras ese primer intento de cambio, Christian logró integrarse a un círculo de amistades más estables por iniciativa de su madre, aunque pronto volvió al consumo, esta vez centrado en la cocaína, sustancia que lo acompañaría durante años. Reconoció vivir en una mentira permanente: “Yo mentía por todo. Me levantaba y me tenía que hacer un poco un resumen de lo que había dicho el día anterior para no cagarla, para seguir manteniendo una mentira de vida. Eso era un desgaste enorme”.
Se refugió en el mundo nocturno, la música y las fiestas. Cuando la economía familiar ya no soportó más y su madre lo presionó, una sobredosis marcó el siguiente punto de quiebre: “Estaba en la cama de un hospital. Me vino un hombre a enseñarme unos folletos de un centro y yo evidentemente le dije: ‘Bueno, si esto es lo que queréis, voy a ir’”.
Realizó su primer ingreso real en un centro y logró casi cuatro años de abstinencia. Pero la muerte de su abuela lo desestabilizó. “No lo supe llevar. No recaí al momento. Estuve un tiempo, incluso empecé a hacer de monitor y todo en el centro, y ahí fui empezando a tomar pequeñas decisiones que al final me hicieron acabar consumiendo el tóxico”.
La recaída no fue progresiva. “El que recae retoma el consumo donde lo ha dejado. No empieza progresivamente. Sí es verdad que cuando recaes no sueles recaer con la sustancia estrella. Yo no recaí con la cocaína, sino que recaí con el alcohol y con el juego”.
Durante un año y medio, intentó ocultar el consumo a su pareja y madre de su hija, Laura, y a su madre, pero el deterioro era evidente. “Le vendo cosas suyas, hago un desfalco con el banco con tarjetas a su nombre, hago auténticas barbaridades de tener la enfermedad activadísima y hacer pasar por encima de las personas que más quieres y más amas”.
Llegó al límite económico y emocional. “Me intenté suicidar. De hecho, entro inconsciente, entro en coma en el hospital y cuando me despierto me meten quince días en el psiquiátrico, en Girona, y de ahí me meten en una comunidad terapéutica”.
La experiencia en esa comunidad fue extrema: “Entré con 117 kilos y estaba en 78 kilos cuando me vinieron a buscar. Fue una barbaridad. Cocinábamos nosotros, comida caducada, asquerosa, comía lo justo y necesario para poder mantenerme en pie”.
Pidió ayuda para salir de allí y continuar su recuperación en un entorno más adecuado: “Necesitaba terapias, de psicología, de psiquiatría y alguna terapia de grupo. Entonces supliqué que me llevaran a algún sitio a continuar con mi recuperación, pero que ahí no me podía quedar porque no le veía un futuro”.

La recuperación, los vínculos y el trabajo terapéutico
El reconocimiento de la enfermedad fue el primer paso: “Lo que me costó mucho era aceptar que tenía una enfermedad. La persona que entra en tratamiento no lo acepta. Se piensa que se le ha ido un poco de las manos, que quizás tiene un problema, pero que no está tan mal”.
En su proceso, el amor duro y el acompañamiento resultaron fundamentales. “Muchas veces venimos empujados por la situación: ‘O cambias o me separo de ti, o cambias y te echo de casa’. El amor duro que decimos. A veces es necesario practicar eso y otras veces con que se nos hable con un poco de cariño y mano izquierda”.
La estructura y el trabajo constante se convirtieron en el eje de su recuperación. En los centros que dirige, la rutina es la base: “Somos centros de alta intensidad, que quiere decir que después de una hora hacen una cosa, después otra, después otra. Es muy cuadriculado. Un chico se levanta, va al gimnasio, hace deporte, tiene terapia de grupo, comen, hacen arteterapia”.
Aprender a aburrirse también forma parte del tratamiento: “Es necesario aprender a aburrirse, porque lo que hacemos nosotros en consumo es continuamente buscar esa intensidad”. La gestión emocional es central en su método: “Lo que te hace tomar malas decisiones es una mala gestión de las emociones. Si tú la parte emocional la llevas bien trabajada, la conductual la vas a llevar bien”.

Hoy: director, mentor y el mensaje de esperanza
El motor de su vida hoy es su familia. “Mi mujer fue la que realmente me ha ayudado a estar donde estoy y es la que a día de hoy no tomo decisiones sin saber su opinión”. La llegada de su hija, Nina, consolidó su propósito: “Eso es lo que me hace levantarme cada día y querer ayudar aún más personas”.
Se reconoce adicto, pero en recuperación permanente: “Yo sigo en recuperación. No me gusta decir ni el tiempo que llevo recuperado, porque yo sigo en recuperación… lo que tenemos es una enfermedad crónica con tendencia a la recaída y mortal”.
El trabajo lo colma, aunque a veces siente que se vuelve “adicto” también a ayudar: “Estoy superagradecido cada día por la vida que estoy teniendo, porque a nivel profesional cada día me siento más lleno”.
En sus centros, la tasa de recuperación durante los dos primeros años supera el noventa por ciento. Pero sabe que la clave está en no bajar la guardia: “Si el tratamiento durante los dos primeros años no lo has hecho bien, las recaídas suelen venir de los dos años en adelante”.
A quienes sienten que no pueden imaginar otra vida, les dice: “Yo vengo de la calle, de incluso dormir en la calle, de estar comiendo de los containers. Desde ese punto, yo pensaba que mi vida no tenía ningún futuro de nada. A día de hoy tengo una familia, ayudo a muchas personas. Entonces, si tú piensas que tu vida está en un punto en el que no puede cambiar, esa es tu propia enfermedad la que te está vendiendo eso. Si uno quiere, puede”.
Insiste en lo esencial: “Si yo estoy bien, lo demás estará bien”.
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