
Durante décadas, la educación infantil estuvo atravesada por una mirada simplificadora: enseñar contenidos, disciplinar conductas y evaluar resultados. Sin embargo, desde hace un tiempo, las investigaciones nos interpelan con fuerza y señalan que aprender no es solo un acto cognitivo, sino un proceso profundamente emocional, corporal, social y cultural.
Las neurociencias, la Psicología y la Pedagogía crítica coinciden en algo fundamental: no existen infancias homogéneas. Existen infancias diversas, atravesadas por los contextos sociales, culturales, económicos, tecnológicos y afectivos. Es por eso que hablar en plural es reconocer la complejidad del mundo real. Según la UNESCO, el 40 % de los niños y niñas en América Latina crecen en contextos de pobreza multidimensional, lo que impacta directamente en su desarrollo neurocognitivo y socioemocional (UNESCO, 2023). Esto obliga a repensar el rol de la escuela: ya no alcanza con transmitir saberes, es necesario reparar, acompañar, fortalecer y sostener trayectorias vitales. Y, en ese sentido, comprender cómo el niño se va apropiando de nuevos conocimientos y habilidades es una responsabilidad docente en pos de mejores aprendizajes.
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En nuestro último libro: Neurospsicoeducación en las infancias, escrito con la Mg Sandra I. Vigo, planteamos una evidencia científica contundente: no hay aprendizaje sin emoción. Las indagaciones en el área muestran que la motivación, la seguridad afectiva, el juego y el vínculo son variables decisivas para la consolidación de aprendizajes duraderos.
Por lo tanto, la escuela del siglo XXI enfrenta un gran desafío: incluir los últimos conocimientos científicos sobre cómo aprende un niño y llevarlo a las prácticas reales. Necesitamos aulas cerebralmente saludables: espacios donde se priorice el vínculo, la curiosidad, el movimiento, la expresión, el pensamiento divergente y la palabra compartida. Donde el error no sea penalizado, sino entendido como parte del proceso.
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A su vez, partiendo de la idea de plasticidad cerebral, sabemos que cada experiencia, cada palabra, cada gesto, cada clima emocional en el aula construye o debilita circuitos cognitivos. Por eso, educar no es llenar cabezas: es promover potencialidades y fomentar posibilidades.
Cada aula es un territorio simbólico donde se reproduce o se transforma la cultura. Allí se decide, muchas veces sin saberlo, si un niño o niña se sentirá capaz, valioso y autónoma o limitado, subordinado y silenciado, lo que se traduce en un adulto feliz o infeliz.
En un mundo atravesado por la inteligencia artificial, la automatización y la hiperconectividad, la educación enfrenta un desafío radical: formar seres humanos capaces de pensar, sentir, crear y convivir. En ese marco, rescatar el juego como estrategia de enseñanza es fundamental. Cuando un niño aprende jugando, se activan neurotransmisores que favorecen la atención, la memoria y la creatividad. Jugar no es perder tiempo: es ganar pensamiento y salud emocional.
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Tal vez el gran desafío educativo de esta época sea animar a los docentes a profundizar su formación para comprender, con base científica y sensibilidad pedagógica, cómo acompañar las trayectorias infantiles en contextos cada vez más complejos. Formarse en estas claves es comprender cómo aprenden, sienten y se desarrollan las más chicos y nos permite diseñar prácticas más justas, inclusivas y transformadoras.
La actualización profesional continua, a través de espacios de formación rigurosos y situados, se vuelve así una herramienta fundamental para construir aulas más humanas y emocionalmente saludables. Porque educar mejor también implica seguir aprendiendo.
Es por eso que estamos trabajando en un espacio académico de posgrado en la Universidad Nacional de Rosario que ofrece la posibilidad de transformar el saber científico en prácticas pedagógicas sensibles, situadas y verdaderamente inclusivas para transformar la escuela en un espacio de aprendizajes, de cuidado y de fuertes vínculos.
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En un tiempo que exige educadores reflexivos, sensibles y científicamente actualizados, profundizar en las claves neuropsicoeducativas no solo amplía saberes, sino que habilita nuevas miradas, nuevas preguntas y nuevas formas de enseñar y aprender en la escuela. Seguir aprendiendo es, también, una manera de cuidar.
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