
La expresión “si yo hubiera” aparece de forma recurrente en la vida de muchas personas. Este pensamiento suele surgir en momentos de tranquilidad o rutina, como antes de dormir o durante una pausa, y genera tensión corporal y modifica la respiración. A pesar de que los hechos ya concluyeron, la mente insiste en repasar cada detalle, con la esperanza de que aún sea posible corregir lo que ya sucedió. De este modo, el pasado se transforma en un escenario permanente de revisión y autoexigencia.
Quienes se quedan atrapados en este ciclo suelen experimentar una desconexión con sus deseos y necesidades actuales. Las exigencias internas, los miedos anticipados y los mandatos sociales limitan la presencia en el presente. En lugar de vivir plenamente, la persona se somete a un juicio continuo sobre lo que debería haber hecho, lo que genera una sensación de deuda y culpa persistente.
El “hubiera” no solo afecta la mente, sino también el cuerpo y la vida cotidiana. Muchas personas bloquean sus emociones para evitar el dolor, pero este mecanismo también disminuye la capacidad de experimentar placer y vitalidad.
La desconexión se manifiesta en tensiones físicas, dificultades en las relaciones y problemas de deseo o intimidad. Las relaciones pueden mostrar dependencia, miedo al abandono, control o distancia afectiva, dificultando la construcción de vínculos sanos.

El papel de la culpa inconsciente y la obsesión
De acuerdo con el análisis psicoanalítico, el pensamiento “si yo hubiera” no representa un simple error de razonamiento. Según detalló la psicóloga Alicia Ronzoni a Psicología y Mente, Sigmund Freud vinculó este fenómeno con la culpa inconsciente, especialmente presente en la neurosis obsesiva. En estos casos, la persona revisa constantemente sus acciones, buscando el momento exacto en que podría haber actuado diferente, bajo la ilusión de que el dominio total de los hechos era posible.
Jacques Lacan profundizó en esta idea y sostuvo que cada acto produce un antes y un después que no se puede modificar. El “si yo hubiera” se configura como una escena imaginaria que pretende ocultar el límite real impuesto por los hechos. Aunque el sentido de lo vivido puede construirse con el tiempo, reinterpretar el pasado no equivale a reescribirlo. Así, la insistencia en esta frase se convierte en una defensa psicológica, más que en una reflexión racional.
El deseo, según esta perspectiva, no se conoce de antemano; se deduce a partir de los actos realizados, y la ilusión de que alguien podría haber deseado otra cosa antes de actuar encierra una negación de la temporalidad propia de la experiencia humana.

Según indicó la profesional a Psicología y Mente, el “hubiera” sostiene la ficción de un yo que debería haber sabido y actuado de otra manera, lo que refuerza la culpa y dificulta el avance personal.
Cómo abordar el pasado y recuperar la responsabilidad
El abordaje terapéutico de estos pensamientos no consiste en corregir el pasado ni en reemplazar el “hubiera” por ideas más racionales.
Según Ronzoni, la clave radica en interrogar qué se pone en juego al insistir en ese pensamiento: qué culpa se mantiene, qué escena se repite y qué responsabilidad se evita. La terapia busca que la persona deje de exigirse un dominio imposible y encuentre una forma personal de convivir con lo que realmente ocurrió.
Los síntomas, como la ansiedad, la tristeza y los conflictos en las relaciones, no se interpretan como fallas personales, sino que representan respuestas que, en algún momento, tuvieron sentido para la persona.
El objetivo del trabajo psicológico no es borrar lo sucedido ni normalizar a la persona, sino permitirle dejar de vivir bajo la exigencia de haberlo controlado todo. Cuando esto sucede, se abre la posibilidad de estar presente en la propia vida y de asumir la responsabilidad por lo ocurrido, sin quedar atrapado en la culpa.

En los momentos en que el “si yo hubiera” se vuelve persistente y genera malestar, la terapia puede ofrecer un espacio para trabajar sobre este pensamiento. No se presenta como una solución inmediata, sino como una oportunidad para expresar aquello que se repite y escucharlo de otra manera. Así, la culpa puede transformarse en una pregunta por el deseo y la responsabilidad posible, sin exigir un control absoluto sobre lo que ya pasó.
El desafío de soltar el pasado
Liberarse del pasado implica aceptar los límites de lo que se puede modificar y reconocer que el sentido de los hechos se construye con el tiempo. El proceso de asumir la responsabilidad requiere dejar de lado la autoexigencia y abrirse a una vida más auténtica. Recuperar la conexión con los propios deseos y necesidades permite que la persona viva con mayor presencia y espontaneidad.
La revisión constante de las decisiones pasadas, lejos de facilitar el aprendizaje, puede convertirse en un obstáculo para el desarrollo personal. Cuestionar el “si yo hubiera” y comprender su función defensiva contribuye a soltar el pasado y a construir una vida más plena. La terapia, en este contexto, se presenta como un recurso valioso para quienes desean avanzar hacia una mayor libertad emocional y responsabilidad real.
El proceso para dejar atrás la culpa inconsciente exige reconocer los propios límites y aceptar que el pasado no se puede cambiar. Recuperar la presencia y el deseo constituye el primer paso para vivir de manera más plena, sin quedar atrapado en reproches ni en exigencias imposibles.
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