
Un creciente cuerpo de investigaciones científicas sugiere que el poder no solo afecta las decisiones de quienes lo ejercen, sino que produce cambios tangibles en el cerebro y en la forma de relacionarse con los demás. Abordajes en neurociencia y psicología, citados por Science Focus, revelaron que las personas poderosas tienden a comportarse con menor empatía y apego a normas éticas.
Una investigación de la Universidad de California (Berkeley), liderada por el profesor Dacher Keltner, analizó cómo el poder modifica la conducta a través de siete experimentos. Los participantes en posiciones de autoridad mintieron más en negociaciones, hicieron trampa y mostraron menor ética, llegando incluso a tomar dulces destinados a niños en otro laboratorio.
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Keltner, codirector del Greater Good Science Center, afirmó: “Los niños ricos en Estados Unidos tienen más probabilidades de robar en tiendas que los niños pobres”. Además agregó que las personas poderosas tienden a compartir menos, actuar con avaricia y apropiarse de recursos ajenos.
Este patrón no se limita a los laboratorios. De acuerdo con lo difundido en Science Focus, abundan casos públicos en los que figuras poderosas —desde ejecutivos con bonos millonarios hasta celebridades envueltas en escándalos— actúan de forma desinhibida y sin escrúpulos.
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Rol de la jerarquía en la sociedad
El poder también está presente en ámbitos cotidianos como oficinas, escuelas o relaciones personales. Adam Galinsky, profesor en la Columbia Business School, explicó en Science Focus que la jerarquía surgió como un mecanismo para organizar grupos de forma eficiente. “Divide tareas, genera coordinación y reduce conflictos”, señaló.
Aunque el desequilibrio es necesario para que la jerarquía funcione, muchas personas aceptan posiciones subordinadas si la estructura es estable. Esto ayuda a entender por qué los líderes autoritarios suelen emerger en épocas de inestabilidad.
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Un estudio del King’s College London, citado por la revista científica, registró una creciente tolerancia hacia líderes con estilos autoritarios, lo que fue interpretado como el declive del “soft power” en ambientes políticos.

Cambios biológicos y psicológicos
Los rasgos de poder también tienen efectos fisiológicos. El profesor Galinsky, en un análisis observó que al situar a una persona en una posición de poder —sin amenazas externas—, aumentan los niveles de testosterona y disminuye el cortisol, la hormona del estrés. “Es un efecto desinhibidor. Permite actuar sin miedo”, explicó.
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Incluso recordar una experiencia de poder puede alterar la conducta. Ante esto, el experto demostró que quienes evocan tales recuerdos muestran mayor seguridad y mejor desempeño en entrevistas o presentaciones. A propósito de ello, indicó: “El poder ayuda a ver el panorama general, a ser más optimista y estratégico”.
Menor empatía y mayor impulsividad
No obstante, esta desinhibición también puede reducir la empatía y aumentar la impulsividad. Un estudio de 2024 publicado en Archives of Sexual Behavior, halló que quienes sienten tener más poder en una relación tienden a fantasear con nuevas parejas y buscar alternativas sentimentales, motivados por una autoimagen inflada.
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La profesora Ana Guinote, experta en cognición social en el University College London, explicó que, en las relaciones, la parte dominante suele imponer objetivos, mientras que la otra adopta un rol más pasivo.
Adam Galinsky, por su parte, evidenció en un experimento que las personas poderosas tienen más dificultad para adoptar la perspectiva ajena. Cuando se les pidió dibujar una “E” en la frente, muchos la orientaron hacia sí mismos, complicando su lectura para otros.
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Desde la neurociencia, investigadores de la Universidad McMaster en Canadá demostraron que el poder reduce la “resonancia motora”, mecanismo cerebral clave en la empatía. Los expertos destacaron que estos cambios son medibles y afectan la capacidad de comprender las emociones ajenas.
Asimismo, Guinote puntualizó que el poder no corrompe directamente, sino que amplifica sesgos existentes. “El riesgo de corrupción existe, pero depende de la persona y la cultura. El poder revela quién es la persona y cuáles son sus objetivos actuales”, afirmó.
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¿Corrompe o revela?
La frase de Lord Acton —“El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente”— sigue vigente, pero los expertos citados por Science Focus consideran que esta visión es limitada. Guinote sostuvo que el poder puede amplificar tendencias previas como el narcisismo o la vocación de servicio, pero no las genera desde cero.
Mientras que Keltner, en su libro The Power Paradox, planteó que habilidades como la empatía y la cooperación son necesarias para alcanzar el poder, pero suelen erosionarse al obtenerlo, lo que refuerza la necesidad de establecer límites.
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Rol de la rendición de cuentas
La transparencia y la supervisión emergen como herramientas clave para controlar los efectos del poder. Guinote subrayó que la corrupción aumenta en ausencia de rendición de cuentas, mientras que la transparencia puede prevenirla. En gobiernos y organizaciones, esto se aplica a través de leyes, comités o auditorías.
Sin embargo, también advirtieron que la mayoría de los estudios se realizan con población general, no con las élites globales. Keltner recordó que, en encuentros como el Foro Económico Mundial de Davos, algunos líderes parecían disfrutar su capacidad de eludir las normas.
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