
La sexualidad sigue atravesada por inhibiciones, tabúes y por una mirada crítica hacia quien la vive diferente. Una cosa es el sexo que se muestra en las redes donde pareciera que todo es posible y que nos hemos liberado para siempre del corsé impuesto por siglos, y otra es lo que ocurre en la intimidad de los cuartos y en el discurso más profundo y honesto.
Es cierto, los argentinos hablamos más de lo que hacemos en la cama. Y ese hablar está teñido de jactancia y de prejuicios.
Empecemos con la falta o la dificultad para implementar el Programa de Educación Sexual Integral (ESI), por el cual la escuela, además de la familia, se constituye en educadora para un tema tan sensible que requiere de conocimientos y de un plan metodológico de enseñanza de la sexualidad según la edades.
Un programa necesario para terminar con tanta ignominia y coerción sobre los cuerpos, la sensibilidad y el desarrollo del mundo afectivo/emocional signado por patrones rígidos desde la más tierna infancia.
Sexo y sexualidad

Uno de los temas que no está nada claro es la diferencia entre sexo y sexualidad, siendo el sexo todo aquello que está determinado por la biología y limitado a los órganos sexuales y hormonas, y la sexualidad, como una configuración mucho mayor que abarca aspectos físicos, psicológicos, sociales y culturales.
La sexualidad es una parte fundamental de la personalidad y por lo tanto es tan singular como la identidad misma. Limitar el conocimiento de la sexualidad a la biología es pretender que los seres humanos solo se deben relacionar para copular en época de celo sin ningún tipo de conexión erótica ni afectiva.
Por más que nos pese, las presiones que determinan lo que se debe se hacer en la cama están todavía muy presentes:”El hombre debe tener su pene erecto para complacer a la mujer y ella debe aceptar sin demasiados planteos de sus gustos personales”.
Las camas argentinas todavía son consideradas como el espacio mágico donde el deseo debe aparecer espontáneamente por el hecho mismo de acostarse y estar juntos. No hay nada de magia, sobre todo después de pasar un tiempo de pareja: hay que acercarse, comunicar, insinuar, sugerir, tocar, para que el deseo se encienda.
De confesiones y de mentiras

Si la cama es el espacio dónde se espera que los cuerpos se junten y se enciendan con pasión, la mesa de café de los hombres sigue siendo el lugar de la jactancia. Entre discusiones de política, futbol y mujeres, la heterosexualidad masculina saca a relucir sus ganancias sexuales, aunque la pastillita azul sirva de ayuda. Todo se acepta mientras la virilidad se mantenga intacta.
El macho argentino debe cumplir sea como sea. La verdad no está en la mesa de café, queda limitada a la charla con el amigo íntimo, o en el mejor de los casos, con el terapeuta.
La mesa de café de las damas se nutre de las nuevas conquistas, de los problemas conyugales y de cómo el erotismo se modifica con la edad. Las mujeres comparten con sus pares más verdades que los hombres. Si la mujer se muestra vanidosa por las nuevas conquistas no lo hará para defender su feminidad, sino para hacer saber que sus atractivos siguen tan vigentes como antes.
La juventud trae cambios

Si bien los varones jóvenes tienen menos inhibiciones sexuales que los adultos, todavía la conquista amorosa está condicionada por las pautas que les exigen tener una buena performance. El miedo a fallar, a no tener habilidades de conquista, a tener un deseo sexual alto por el hecho de ser jóvenes, etc., son algunas normativas que naturalizan del entorno.
La movida de las personas asexuales está ayudando a que muchos millennials y centennials no se sientan obligados a debutar o a sentirse atraídos sexualmente por otra persona. Los movimientos LGTBIQ rompen con el binarismo de género abriendo nuevas opciones de identitarias. Sin embargo, llegar a la congruencia entre el sentir, pensar y actuar, requiere de un lucha constante.
La visibilidad del cuerpo en las redes, sobre todo de mujeres jóvenes, no condice con la falta de relación con el cuerpo físico y erógeno. El porcentaje de mujeres anorgásmicas sigue siendo alto (aproximadamente un 20%) y esto habla del desconocimiento de las sensaciones erógenas y la poca autoexploración corporal.
Todavía queda mucho por hacer, me refiero a “abrir las cabezas”, a dejar que el cuerpo se exprese con libertad, a romper con los prejuicios e impedir que la intromisión de las normativas religiosas siga atravesando los cuerpos y las almas de las personas con sus imperativos de pecado y culpa.
La sexualidad debe ser responsable con el propio cuerpo y el del otro, pero fundamentalmente debe ser una conexión libre, disfrutable, como todo acto plenamente humano.
*Walter Ghedin, (MN 74.794), es médico psiquiatra y sexólogo
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