¿Es la tiranía de los “vistos” lo suficientemente agonizante para dejar de lado la comunicación digital para siempre?
¿Es la tiranía de los “vistos” lo suficientemente agonizante para dejar de lado la comunicación digital para siempre?

La vida cotidiana pareciera estar atravesada en gran medida por los dispositivos móviles. En las calles, en los ámbitos de trabajo y en las reuniones familiares un paisaje habitual de los últimos años es el de la gente mirando sus celulares. A menudo se termina por descuidar a quien está en frente en pos de tratar de responder esas demandas simultáneas de las muchas otras presencias virtuales. Se prioriza dejar conformes a los demás, quedar bien y participar de los chats grupales con personas a las que muchas veces no nos une un gran afecto por temor a quedar afuera.

Los seres humanos vivimos en una sociedad donde se privilegia la rapidez, la efectividad y donde se exige que el otro brinde soluciones rápidas. Aunque pueda sonar superficial, cuando un mensaje persiste en "visto" sin explicación alguna es suficiente para que incluso los individuos más seguros de sí mismos cuestionen su valor. "¿Fue lo que dije tan fuera de lugar?" o "¿Por qué otra cosa lo habrían leído y no contestado?".

La mayoría de las plataformas de mensajería revelan con exactitud cuándo se abrió un mensaje: en Facebook Messenger, la imagen de perfil del destinatario aparece junto al mensaje cuando es leído. En Snapchat, la flecha de enviado pierde su color de relleno. En WhatsApp y para los mensajes directos de Twitter, la marca se vuelve azul. Y en iMessage, si el destinatario tiene los recibos de lectura activados, "Entregado" cambia a "Leer", y se informa la hora exacta en que lo vieron.

Sin embargo, para la psicoanalista Fiorella Litvinoff no se trata de demonizar el celular, "porque a través de él no solo circula banalidad, sino que se provee información, artículos interesantes, entretenimiento y posibilita las conexiones con otros. Pero es por ese medio también que se ejerce lo que se podría definir como una 'demanda infinita'. Amigos y parejas que reclaman: 'Me clavaste el visto', '¿Cuándo me vas a responder?' pretendiendo inmediatez en las respuestas".

“La inmediatez nos permite sentir del otro virtual una presencia casi física. Se trata de una posibilidad que se convierte en una exigencia, donde el otro siempre tiene que estar para mí”
“La inmediatez nos permite sentir del otro virtual una presencia casi física. Se trata de una posibilidad que se convierte en una exigencia, donde el otro siempre tiene que estar para mí”

"Uno de los factores que inciden en este rasgo de pretender inmediatez en las respuestas a los mensajes enviados -continuó la especialista- tiene que ver con que dependemos mucho de los demás, de cómo nos consideran, si nos registran y si nos aprueban en nuestras decisiones".

Incluso cuando ha mejorado ostensiblemente, este tipo de problemáticas sociales son un ejemplo de cómo la comunicación ha ido cuesta abajo. Los seres humanos se acostumbraron a que les sucedan cosas buenas al instante, y cuando envían un mensaje, el tiempo que el destinatario tarda en elaborar una respuesta reflexiva se considera algo malo. Los puntos tipográficos que aparecen y desaparecen son causantes de ansiedad, estrés e incluso agonía.

En la web 2.0 parece que la buena voluntad no existiera. A menudo, cuando se supone que todos están disponibles en todo momento, si no responden en el instante significa que se trata de una cuestión personal. No se los imaginan conduciendo, ni en el baño, ni con familiares que no creen en los teléfonos en la mesa. En el momento, la probabilidad de que el destinatario te resienta secretamente, o intencionalmente te haga sufrir por una respuesta que seguramente te decepcionará, parece mucho mayor de lo que realmente es.

“Otro factor que cuenta es la necesidad de compañía del ser humano. Que nos respondan un mensaje nos hace sentir menos solos y a menudo aquellos que se sienten inseguros y solitarios necesitan rápidamente confirmar que el otro está allí”
“Otro factor que cuenta es la necesidad de compañía del ser humano. Que nos respondan un mensaje nos hace sentir menos solos y a menudo aquellos que se sienten inseguros y solitarios necesitan rápidamente confirmar que el otro está allí”

En diálogo con Infobae, Diego Luparello, psicoanalista y ex presidente del Claustro de analistas en formación de la Asociación Psicoanalítica Argentina, aseguró: "Se trata de un efecto sintomático de la inseguridad, es decir, es la necesidad de una respuesta inmediata por la dificultad de soportar la incertidumbre. Cuanto más inseguros estamos, exigimos con más rapidez una respuesta".

Para el experto, la ansiedad es un síntoma histórico. Es difícil de creer que no haya existido la ansiedad en el sujeto humano en el pasado. Sin embargo, sostiene que lo que define a la época actual sea cierto ambiente particularmente ansiógeno: "Vivimos bombardeados por mensajes contradictorios. Por un lado por una inminente amenaza de distinta índole; la inseguridad económica, ambiental, de protección y de enfermedades. Y por el otro, se nos ofrecen todo el tiempo gadgets, objetos que nos permitirían lidiar con esos peligros".

"La tecnología muchas veces aleja a los que están cerca y acerca a los que están lejos, y este alejamiento es notorio. No es que en tiempos pasados la conexión fuera más auténtica ya que cualquiera podía simular escuchar al otro cuando en realidad estaba pensando en otra cosa, pero también es cierto que hoy los distractores son mayores y hay una sobreestimulación de imágenes y sonidos", aseveró Litvinoff. 

Actualmente es muy común que las personas se sientan inseguras y frágiles ante exigencias sociales elevadas de alcanzar ideales de belleza, de ganancia económica, de poseer objetos valiosos, de mostrar imágenes de felicidad, y ante esto el sujeto se ve compelido a buscar la aprobación de los otros, de corroborar si es capaz de lograr estos objetivos.

"Ser 'visto' es para muchos interpretado como ser amado o tenido en cuenta. Si el destinatario no responde se siente como estar muerto para el otro, y eso angustia hasta la desesperación", manifestó en diálogo con Infobae la doctora Mirta Goldstein, psicoanalista y vicepresidente de la misma asociación.

Baja tolerancia a la frustración y sensibilidad excesiva

“En general las personas más impulsivas, ansiosas y con menor capacidad de espera son más inestables y en general toman decisiones de manera impulsiva” (Getty Images)
“En general las personas más impulsivas, ansiosas y con menor capacidad de espera son más inestables y en general toman decisiones de manera impulsiva” (Getty Images)

"La capacidad para la espera es algo que se adquiere con la crianza, con el crecimiento y con la maduración. En los bebés recién nacidos sus necesidades deben ser satisfechas inmediatamente y cuando eso no sucede exigen con ansias que lo hagan. La crianza junto con la maduración y la capacidad de desarrollar un pensamiento, brindan la posibilidad de aprender a esperar y tolerar un espacio entre que surge una necesidad hasta que finalmente algo se satisfaga", explicó a Infobae Maximiliano Martínez Donaire, psicoanalista y ex secretario científico de la misma asociación.

A su vez, en ese espacio se desarrolla una potencialidad. Que no todo esté inmediatamente satisfecho da lugar al pensamiento, al desarrollo y a la planificación. "En general -manifestó- las personas más impulsivas, ansiosas y con menor capacidad de espera son más inestables y en general toman decisiones de manera impulsiva".

Para Martínez Donaire, gran parte de la propuesta social y cultural tiene que ver con acortar los caminos hacia la satisfacción. Que esta sea más directa, más rápida y más accesible. La cultura propone cierta accesibilidad al goce más inmediato. "Las aplicaciones de mensajería junto con las redes sociales permiten, con cierta dosis ilusoria, mostrar a un otro presente aunque este no lo esté físicamente. "La inmediatez nos permite sentir del otro virtual una presencia casi física. Se trata de una posibilidad que se convierte en una exigencia, donde el otro siempre tiene que estar para mí. Y esto a menudo se vuelve enajenante y enloquecedor", concluyó.

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