
Gonzalo Erize estaba en medio de un curso de kung-fu en Tailandia, cuando escuchó un ruido extraño que lo sobresaltó en el restaurante del establecimiento. El chef se retorcía del dolor en la cocina. Desde las mesas se oía como si lo hubieran apuñalado. En realidad, había sufrido un paro cardiorrespiratorio. Por suerte, estaba junto a un amigo italiano, quien sabía hacer resucitación. Le practicó las maniobras pertinentes, lo cargaron entre los dos, lo subieron a la camioneta y lo llevaron a toda velocidad al hospital más cercano. Le salvaron la vida.
Movilizado por la experiencia iniciática, a los pocos días, le tiraron las cartas. Se lo tomó como un juego. "En un futuro cercano te va a pasar algo que te va a cambiar la vida", le dijo la tarotista. Gonzalo Erize sonrió escéptico, le restó importancia hasta que en su viaje, que había empezado como un Work and Travel en Australia, arribó a Pho Kham, un pequeño pueblo al norte de Laos.
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Al borde de una cancha de fútbol rudimentaria -un potrero, más bien, como los tantos que había visto en Lincoln, su ciudad natal en Buenos Aires- se encontró con Saun, un niño de 11 años que se mantenía alejado del partido. Gonzalo se acercó hacia él. "El primer contacto que tuve con Saun fue realmente espontáneo. Creo que él me estaba esperando. El enano me sonrió. No pude entender cómo alguien en su estado podía siquiera moverse y ahí estaba él, sonriendo como si nada le pasara", recordó en diálogo con Infobae.

El trastorno de Saun era notorio. Un cuerpo flaco, desgarbado, del que resaltaba una panza enorme, que nada tenía que ver. Pese a las barreras idiomáticas, Gonzalo se sentó a su lado. A través de señas, chistes universales, buscó entablar una relación de confianza con el niño. "Mientras, yo por dentro ya empezaba a pensar cómo salvarlo", comentó.
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El laosiano resulta incomprensible para los hispanohablantes. Por eso, recurrió a un italiano que vivía en el pueblo que hizo de traductor. Fueron a la casa de Saun. Una choza modesta construida con caña y bambú en la que en solo una habitación dormían 7 personas. Entendió que nadie sabía en verdad qué tenía. Por qué esa panza no dejaba de crecer con el correr de los días. Por qué esa panza estaba a punto de estallar.

Jugaban juntos, le compraba ropa, lo acompañaba a donde fuera. A la vez que la relación con Saun se estrechaba, Gonzalo recorrió los hospitales laosianos, pero ningún médico pudo identificar la enfermedad. Decidió dejarlo un par de días y emprender vuelo otra vez hacia Tailandia en búsqueda de un diagnóstico exacto.
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Ya en Tailandia deambuló por 4, 5 hasta 6 hospitales sin éxito hasta que, por fin, llegó al Hospital Estatal de Pediatría donde lo escucharon. Le pidieron que escribiera una carta al Ministerio de Relaciones Exteriores de Laos para poder trasladar a Saun. Había un detalle: el trámite duraba 4 meses. "No la contaba ni en pedo", expresó.
La situación era angustiante. Debía encontrar ayuda de inmediato para salvarle la vida. La insistencia rindió sus frutos. Le dijeron que otra vía era posible. Debía llenar un extenso formulario en tailandés. El idioma no iba a ser un impedimento. Un joven chino que hablaba inglés lo ayudó a llenarlo en una larga hora y media. Al día siguiente de la presentación de los papeles, les pidieron los pasaportes. "Ahí me di cuenta de que había algo empujando todo. No podía ser casual lo que estaba pasando".
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Le habían comentado que un presupuesto estimado entre la internación y la cirugía estaría en los 10 mil dólares; una cifra imposible de costear para él. Por eso, lanzó un crowdfunding -una recaudación colectiva- a través de Internet que superó con creces las expectativas. En menos de 10 días, alcanzó los 15 mil dólares.
A los dos días viajaron Gonzalo, Saun y su madre hacia Tailandia. El niño no terminaba de comprender lo que pasaba. Jamás había pisado un aeropuerto. Ni bien aterrizados, Gonzalo lo llevó al cine a ver Godzilla para tranquilizarlo, distenderlo. 24 horas después comenzaría una internación de 60 días producto de una extraña enfermedad llamada Hyrchsprung. En sus 11 años de vida, el niño había defecado solo el 30%. La acumulación lo había llevado al borde de la muerte.
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El tratamiento consistió en un lavaje intestinal, dos veces por día durante tres semanas eternas. "Fue muy fuerte. Salían cosas de todos los colores. Y el chiquitín gritaba desesperado del dolor. Yo estuve todos los días ahí, con él. No me despegué ni un segundo", rememoró Gonzalo. A su recuperación le quedaban dos cirugías más. Una donde se le conectó el colon con el ano y otro lavaje para finalizar.
Parte del dinero recaudado había sobrado, pero Gonzalo sabía que no le correspondía a él. En el hospital tailandés, había un refugiado pakistaní desesperado porque su hija necesitaba un caro tratamiento. Le dio los 5 mil dólares dólares que necesitaba y otra parte del excedente lo destinó a iniciar un nuevo hogar para Saun y su familia.
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Pasaron los 2 meses más largos y sufridos. El tratamiento terminó. Saun salió adelante. Dejó atrás su rara enfermedad, su panza a punto de explotar. Al momento de irse de la clínica, no podía llevarse todos los juguetes de vuelta a casa. Por pedido de Gonzalo -ya un hermano mayor-, los repartió entre los niños que pasaban sus días en el hospital. Después, se dirigió a cada enfermera que lo habían tratado. "Thank you, thank you", les dijo en un inglés rudimentario ante las miradas incrédulas.
3 años después…
Pese a las distancias, Gonzalo Erize y Saun mantienen contacto frecuente. Sus amigos que van de paso por Laos le mandas fotos para que vea su evolución, su excelente estado actual. El niño que conoció, que no podía jugar al fútbol, hoy es el mejor de su clase y corre y juega y disfruta todo lo que no lo pudo hacer durante 11 años.
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Gonzalo, por su parte, se enamoró de la acción solidaria. Saun fue solo el germen de una historia vinculada a la ayuda en Argentina y en el mundo. El sábado 3 de junio a las 15 tendrá lugar el Saun InspirAction Talks, de las que es organizador, en el Museo Nacional de Bellas Artes. Allí, Gonzalo junto a otros héroes anónimos contarán sus increíbles experiencias. La intención: contagiar y motivar.
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