Soledad Pastorutti conversando con Teleshow (Fotos y video: Santiago Saferstein)

Abanderada de la música folclórica, en estos últimos años Soledad Pastorutti ha demostrado un crecimiento y una gran ductilidad musical, como intérprete y autora, logrando fusionar sus canciones con otros ritmos ajenos y distintos, como el pop. Y lo hizo sin perder de vista su identidad como artista y su compromiso.

A los 38 años todavía recuerda cada detalle de esa noche del verano de 1996, cuando subió por primera vez al escenario del Festival de Cosquín. Y con apenas 15 años, esa adolescente de Arequito que revoleaba el poncho al viento se convirtió en la revelación del encuentro, recibiendo el Cosquín de Oro. Por aquel entonces, era La Sole. Y nunca se imaginó que era apenas el comienzo de una carrera que cumplió dos décadas y que trascendió la música.

—¿Cómo viviste la gira por Estados Unidos?

—Con mucha emoción. Es la tercera gira: ya habíamos ido varias veces, incluso cuando estaba el festival argentino en Miami. De un tiempo a esta parte con la gente que trabaja conmigo decidimos tomarnos las cosas más en serio y hacer un trabajo bien de hormiguita, bien de a poquito. Y esta gira fue un gran logro: fueron 15 ciudades en 20 días, y no solo con la presencia del público argentino que está en Estados Unidos sino también de toda la comunidad latina. Algunos ni siquiera hablaban mi idioma, y estaban ahí…

—Después de 20 años de carrera, ¿en algún momento pensaste que habías llegado a tu techo?

—Yo creo que el techo muchas veces lo pone el mismo artista, y entonces, te quedas sin ganas. A cierta edad todos tenemos más energías y más ganas, y creemos que vamos a llevarnos el mundo por delante. Y después, cuando pasan los años y ya te vas cansando, y el cuerpo te va dando otras señales, uno tiene ganas como de aflojar, de no remar tanto. Porque no existe esta situación de: "¡Ah, me fue bien en tal lugar!", y entones haces la plancha toda la vida. Esto es trabajar constantemente, como cualquier otro trabajo. Lo que tiene la carrera artística es que un logro se magnifica, y el fracaso también. Tiene esa cosa media injusta del fracaso y del éxito: en los dos extremos hay injusticia, porque el éxito no es tal y el fracaso tampoco. 

Soledad Pastoruti, conversando con Infobae
Soledad Pastoruti, conversando con Infobae

—¿Te pasó en el último tiempo de cansarte, de hacer un replanteo, de ver si seguías con esto?

—No. En los últimos tiempos me siento más cómoda porque llegué a un lugar de mucho disfrute. Después de que cumplí los 20 años me di cuenta de que no logré poca cosa, ¿no? Mantenerme 20 años habiendo empezado con 15, y sin entender tanto del medio ni estar tan preparada para eso, yo creo que es un gran logro. Y la permanencia tiene que con el trabajo, con el insistir. En los primeros años fue inconsciente, y esa insistencia fue más de mi papá que mía…

—¿Por qué? ¿Qué te decía?

—Él me insistía para ir a cantar a algún lado. Vendía mis primeros discos, pero también insistía en los medios de comunicación, en la compañía discográfica. Después esa posta la tomé yo, y me hice cargo: "Esta es mi carrera, quiero hacer esto". Aunque de alguna manera no decidí hacerlo cuando tenía 15 años, o cuando tenía ocho y empecé a cantar, porque yo no creo que ningún niño de ocho años tenga todo tan claro.

—Un visionario tu papá…

—Mi viejo era visionario, pero también tenía una necesidad: había una mezcla de muchas cosas en esas circunstancias. Él, orgulloso de sus hijas (por Natalia Pastorutti), que cantaban y que arrancaban el aplauso del poco público que en aquel momento iba a las peñas folclóricas y a los festivales. Después, también encontró en nosotras una salida, un escape a una situación difícil en lo económico y en lo laboral. Lo quiero contar de tal manera que nadie lo entienda mal, porque por ahí uno puede decir: "¡Ah, qué vivo el padre!". Y no tenía que ver con eso, tenía que ver con un deseo, con una cuestión de decir: "Somos de un pueblo (Arequito) pero lo podemos lograr". En algún aspecto mi viejo parecía un loco por confiar tanto y tan ciegamente. Pero bueno, al pasar el tiempo yo me siento cada vez más cómoda en este lugar, lo que no me convierte en una persona que se estanque; al contrario, yo siempre sigo. Pero he logrado cosas que parecía imposible lograr. Y sigo pensando que puedo lograr muchas más porque me apasiona, porque más de una vez es como decís vos, me siento cansada, tengo ganas de dejarlo todo… Pero al otro día me levanto y ya se me ocurrió otra idea, y eso tiene que ver con que ni siquiera lo pienso. Es como una fuerza que me viene.

Soledad Pastorutti, "La Gringa"

—¿Qué te dice él hoy?

—Mi papá está en una etapa de llorar mucho cuando me ve. No sé, ve esta nota y se emociona. Él siente mucho orgullo por nosotras, y por lo que él logró también. Mi papá perdió a su papá cuando tenía 18 años, él es hijo único y tuvo que hacerse cargo de su mamá, y desde los ocho que trabajaba en un taller mecánico, primero lavando repuestos y después aprendiendo el oficio. Con ese contexto que lo rodeaba podría haber sido un tipo de poco mundo. Sin embargo yo no sé si la enseñanza que le dejó su papá, a pesar de haber muerto muy joven, pero algo lo trascendió de tal manera que él pudo abrir mucho más allá su horizonte, y esa es una de las cosas que yo aprendí mucho de él: no tener límites. Que no te limite haber nacido en un pueblo de seis mil habitantes, ni ser mecánico, lo que mucha gente podría ver como un oficio que te limita. Mi papá siempre participó de cualquier institución del pueblo, siempre estuvo ahí, ya sea de un club de fútbol, la política, lo que sea. Un tipo muy inquieto.

—¿La clave es la insistencia?

—Él siempre fue muy insistente. Eso también hizo que nos peleáramos mucho porque yo le decía: "Basta, papá, ya está". Pero te digo una cosa, yo le hice una canción para mis viejos, aunque nunca dije que era para ellos. Un chamamé, "Principio". La parte que habla de mi mamá dice: "Y si ella se preocupa es porque te ama, de seguro no te quiere molestar, ha sido siempre gente de pocas palabras, pero si buscás en su mirada verás qué tiene para contar". Y de él dice: "Él ha hecho magia siempre con su miseria, silbando bajo vuelve de trabajar, con su sonrisa triste te guiña un ojo, te dice que la vida lo es todo, que no se puede desperdiciar". Y mi viejo siempre fue eso: capaz que estaba abrumado de problemas, los mismos problemas que tenía la clase media baja en aquellos años, fundido por ahí, y siempre venía de trabajar silbando, contento. Nunca trajo esos problemas a casa. Yo nunca vi a mis papás en esa situación de tristeza, por lo menos nunca me lo demostraron. Y eso es lo que a mí me ha hecho ser lo que soy.

—Tus canciones traen mucha alegría.

—A pesar de que el folclore siempre ha tenido letras sobre las realidades sociales más duras, que yo también las abordo, no se puede perder… Creo que la vida es un montón de matices: incluso estando triste uno puede sonreír, ¿no? Entonces, yo siento que un espectáculo, un recital, tiene que ser eso: tenemos que pasar por todos los estados de ánimo, y hay que saber llorar y hay que saber reírse, divertirse. Y a mí me gusta que en un contexto de un festival folclórico la gente se divierta. Me pusieron el mote de El Huracán de Arequito, que a veces me pesa porque la gente estará esperando que venga con el poncho. Pero quiero que la gente la pase bien. Por eso también he abordado en los últimos tiempos otros ritmos, incluso la cumbia, que también es parte del folclore latinoamericano. Trato de que la gente se identifique desde todos los estados de ánimo.

Soledad Pastoruti en los estudios de Infobae
Soledad Pastoruti en los estudios de Infobae

—¿Tuviste miedo de cambiar de ritmo por temor al que dirán?

—Sí, le tuve el miedo. Y lo tengo a veces. No te voy a decir que es tan fácil: a veces los prejuicios parten de uno mismo. La primera reacción de cualquier persona es: "No me gusta". Y a lo mejor no es que no te gusta, sino que no lo conocés. Entonces hay que darse la oportunidad. Todo es un proceso de un tiempo, y creo que en mi caso el cambio fue paulatino, con mis años, con mis deseos, con los cambios que también sufrí yo como mujer, como persona. Es importante en ese sentido ir con el pulso natural de lo que te pide el sentimiento, y creo que no puedo no cambiar porque está en mi esencia: termino esta entrevista y me voy a llevar algo de acá, y eso me va a trascender y va a hacer que una cosa cambie en mí. En esencia, a mí me siguen doliendo las mismas cosas. Pero ahora estamos viviendo un cambio de paradigma que nos tiene a todos medio descolocados: no sabemos muy bien qué pensar. Está la necesidad de replantearse un montón de cosas, y aunque no tengamos muy claro hacia dónde vamos, siempre que haya respeto y que haya cariño e intenciones de convivir, todo lo que está sucediendo puede ser muy positivo.

—¿Contra qué prejuicios tuviste que luchar?

—Bueno, ya el hecho de haber elegido música folclórica. En las grandes ciudades, sobre todo, es como una música muy del interior, muy de una clase social de cierta gente, incluso de una clase social que no se veía reflejada en el contexto donde yo vivía. Cuando empecé no podía compartir con muchos de mis compañeros esta situación de amar el folclore, pero también por un prejuicio propio, no solamente ajeno. Después, creo que el hecho de mi condición de mujer, que si bien en mi familia nunca hubo problema, yo siempre me sentí muy apoyada por mi abuela, mi mamá, mi papá, por ahí para el resto era más complejo porque te miran desde otro lugar. Hoy ya no tanto, pero al principio fue más difícil…

—¿Cómo te miraban?

—El público, en general el femenino, es bastante crítico de muchas cosas: cómo te vestís, qué te pones, si te maquillás, si no te maquillás. Tuve que atravesar la adolescencia siendo una persona pública y no entendiendo cómo manejarme. Y la adolescente está tratando de encontrarse todo el tiempo: se mira al espejo, se gusta, no se gusta. Bueno, a mí me pasó públicamente. Entonces, a mucha gente no le gustaba cómo me vestía, o si me empezaba a maquillar, lo criticaban; si me cortaba el pelo, si me cambiaba el color… Y en ese lío, es muy difícil encontrarse.

—¿Trabajaste con algún psicólogo, con alguien que te ayudara?

—No, nunca. Creo que en algún aspecto la gente me ve como una persona muy linda. Yo creo que tengo mi orgullo y mi ego bastante alto porque sino, no estaría exponiéndome todo el tiempo. No quiere decir que no me duelan los comentarios que son negativos, pero trato de ser superadora, de poder seguir adelante "a pesar de". Y un prejuicio: vos dijiste lo de "La Gringa" también porque para la gente del folclore propiamente dicho al ser yo más de piel blanquita y ser descendiente de italianos, por ahí decía "¿Qué hace ésta haciendo folclore?", porque se supone que los que hacen folclore tienen que ver más con otros, que tienen que tener otros rasgos mucho más arraigados, los primeros habitantes de esta tierra. Entonces creo que la gringa viene un poco a sanar también eso, porque un gringo haciendo folclore es una cosa rara. Creo que el publico eligió una cantante, eligió una manera de ser, y nos hemos respetado mutuamente. Y eso hace que todavía tengamos la relación que tenemos.