Érica Johana, en su encuentro con Teleshow

Su voz no fue escuchada. Y eso es mucho más que un contrasentido: es una injusticia. Porque mucho antes de que Érica Johana subiera a los escenarios para cautivar con sus canciones -como líder de La Sonora Master– a miles de fanáticos, siendo una de las grandes figuras de la escena tropical, su familia, sus amigos, sus compañeros de escuela, sus vecinos hicieron oídos sordos a lo que más importaba: su denuncia contra su padre por abuso sexual.

Sucedió hace más de 20 años. Y a Érica le llevó mucho tiempo hacer visible aquella experiencia tan traumática, tan como le costó que le creyeran. En esta nota abre su corazón para narrar todo lo que debió enfrentar. Y al igual que las miles de mujeres que padecen lo mismo, puedan ser escuchadas. De una vez por todas.

—¿Te imaginabas el éxito de Sonora Master?

—No, nunca. Fui a probarme a un casting donde buscaban cantante de cumbia, pero era una banda de barrio, no pensé que iba a tener tanta salida.

—¿Qué edad tenías?

—27.

—¿Por qué no habías probado antes?

—A los 16 fui a (al reality) Pop Stars; no quedé porque era menor. También a Escalera a la fama, y no quedé. En La Voz Argentina me dijeron: "Mirá, cantás muy bien, tenés muy linda voz, entonás bien, pero tu género es la cumbia, dedicate a la cumbia". Y me dediqué, fui, probé y acá estoy (risas).

"Lo intentamos", de La Sonora Master, con la voz de Érica Johana (Video: YouTube)

—Fuiste mamá muy joven, a los 19 años.

—Sí. Estaba en pareja, pero después me separé y seguí con mi hijo sola. Cuando tenía tres meses retomé la secundaria, y trabajaba a la mañana. Mi vida siempre fue a las corridas, a mil, de no estar, de no poder pasar mucho con mi nene. Ahora, con los dos. Siempre fue así, ellos ya están acostumbrados. Una vez me agarró un principio de ACV por estar tanto a mil, a mil, a mil… Sentí un calambre en la cabeza y fui volando al médico; me dijeron que bajara un cambio.

—¿Qué pasaba con tus parejas?

—Yo creía que mi vida siempre sería así: yo a cargo de todo, de la casa, de las cuentas… Pero me acostumbré. Hubo un tiempo que elegí estar sola para no defraudarme otra vez. Pero ahora no: me casé y estoy feliz con Matías Jesús. En solo un año que estamos, él me dio todo lo que no me dieron antes. Mi ex pareja me levantó la mano, y fue algo que no iba a permitir nunca más en mi vida.

—¿Te llegó a pegar?

—Me llegó a pegar con el nene en brazos. Ahí dije basta.

—¿Y te recuperaste rápido de esa situación? ¿Al segundo te separaste o te quedaste más tiempo?

—Con el papá de la nena estuve siete años. Después de la nena cambió todo. Decidí separarme porque no era la vida que yo quería.

Érica Johana con su marido y Emma, su hija menor (Instagram)
Érica Johana con su marido y Emma, su hija menor (Instagram)

—A los 16 te fuiste de casa.

—Por el abuso de mi papá.

—¿Cómo?

—A los 11 años mi papá abusó de mí y yo me callé mucho tiempo. No lo decía por amenazas; mis padres se habían separado y yo me quedé con él. Y pasó un tiempito nada más, me acuerdo bien porque fue el Mundial de Francia 98, yo era muy chiquita; ese mundial me quedó grabado en la cabeza. Él necesitaba de una mujer, y la única mujer en la casa era yo. Y sufrí sus abusos. Después volvió mi mamá, y yo no podía decir nada.

—¿Te tenía amenazada?

—Sí. Una sola vez se los conté a mi abuela paterna y a mi tía, la hermana de mi papá. No me creyeron, no me hicieron caso.

—¿Qué te decían?

—"¿Qué pasó? ¿Cómo fue? ¿Estaba borracho?". "Sí, estaba borracho". "Ah, pero estaba borracho", me decían. Es al día de hoy que no les hablo.

—¿Y cómo te aguantaste todo ese dolor y toda esa situación tanto tiempo?

—Lo callaba, lo callaba… Te juro que ahora es como si hubiese sido un sueño, como que no pasó. Pero en ese momento, yo me pongo a pensar ahora, tantos años… A los 16 le dejé una carta a mi mamá y me fui de casa.

—¿Ella nunca lo supo?

—Ella me escuchaba que yo gritaba, pero cuando me preguntaba qué pasaba yo le decía que no pasaba nada.

—¿Llegó a abusar de vos estando tu mamá en la casa?

—Sí, a la noche. Todas las noches se iba a mi cama. Teníamos cama cucheta: mi hermana estaba en la cama de arriba, y yo en la de abajo. Y mi hermana no veía nada, ella era chiquita. Y yo me callé porque pensaba que si él me lo hacía a mí, no se lo iba a hacer a mis hermanos. Después, de grande, se los dije. Y lo denuncié: fue preso. Mis hermanos al principio me odiaron: "Me sacaste a mi papá", me decían. Cuando crecieron y tuvieron hijos me pidieron perdón porque ahí entendieron. Mi familia paterna tampoco me creyó: me amenazaron para que saque la denuncia, hasta me ofrecieron una casa, plata.

—¿No lo veían capaz de hacer algo así?

—Estaban acostumbrados. De grande escuché versiones de ellos, cosas que hablaban, y entendí que ellos vivían así. El hermano de mi papá también está preso por violación: lo denunció su propia hija. Para mí, estaban acostumbrados a una vida así. Mi abuela paterna fue golpeada toda su vida por el marido y no se separaba para que sus hijos tuvieran un papá. Estaban acostumbrados a esa vida, pero yo no me iba a callar para que la gente no lo supiera. Ni los vecinos me creían: "¿Cómo le hiciste esto a tu papá? Sacale la denuncia, sos una basura de hija". Y lo peor fue tener que enfrentar las burlas en la escuela.

—¿Qué te decían?

—"Ahí va la violada", cosas así. En el barrio también se burlaban. Y yo andaba de casa en casa buscando trabajar de lo que podía, como en un barcito de 9 de la mañana a 9 de la noche.

—Cuando te levantabas a la mañana, ¿qué te motivaba a seguir?

Comprarme ese par de zapatillas que tanto quería. Vivía en una pobreza terrible. Me iba a la escuela con las zapatillas con los dedos afuera. Iba todos los días con la misma ropa porque no tenía otra, y me cargaban: "Ahí va la sucia". Porque iba todos los días con la misma ropa, no tenía qué ponerme. Mi papá no trabajaba, mi mamá tampoco, y se vivía, no sé cómo vivíamos. A veces caían dos monedas del cielo y con eso compraban lo que podían para comer.

—¿En algún momento le preguntaste a tu papá por qué te hacía eso, o qué pasó?

—Si. Una vez lo enfrenté, cuando fue a buscarme con mi mamá a la casa de mi abuela materna. Lo miré a la cara y le dije: "¡Decí las cosas que me hiciste, decí las cosas que me hiciste!". Y él no me miraba a la cara, miraba al piso y tosía. Fue la única vez que lo pude enfrentar y decirle las cosas gritándoselas: "¡Decí la verdad, decí todo lo que me hiciste!". Una tras otra le decía todas las cosas que me hacía, y no sabía qué decirme.

No me podían tocar el cuerpo, me daba rechazo, no disfrutaba estar con un hombre, no podía besar. Llegó a molestarme que mi hijo me tome la teta. Se me venía la imagen de mi papá

—¿Te sentiste más liberada?

—Sí, porque yo le tenía miedo. Hasta el día que cayó preso yo tenía miedo de andar por la calle, de que me buscara, de que me pise con el auto. Cuando él cayó preso me agarró una tranquilidad… Cuando salió pensé que se iba a vengar, pero no, no hizo nada. Me escribió una carta diciéndome que me extrañaba, que quería conocer a mis hijos.

—¿Y le respondiste?

Agarré ese mismo papel y le dibujé un violín bien grande con lapicera, y se lo mandé. Violín. Lo único que me acuerdo que hice. Después nunca más. Seguía mandándome cartas pidiéndome perdón, que me entendía. "No te juzgo", me decía, porque para él, era mi culpa. "Quiero que seamos la familia que fuimos una vez", me dijo. Él nunca se creyó culpable.

—¿Cuánto tiempo estuvo preso?

—Le dieron 11 años.

—¿Los cumplió?

—Cumplió 7. Estuvo en el Penal de Sierra Chica.

—Y una vez que fue preso, me imagino que tu mamá te habrá entendido.

—Ahí lo comprendió porque yo se lo dije: "Si lo metieron preso por algo es. No fue un invento mío, como todos decían". Porque se comprobó: a mí los forenses me dieron vuelta el cuerpo, psicólogos, me hicieron un montón de estudios, juzgado tras juzgado. Y yo, con mi abuela materna.

—La única que te creía.

—La única que me acompañó en todo. Pasa que él tenía el poder de darle vuelta la cabeza a todo el mundo. No sé cómo hacía. Manejaba a la gente como quería. Así son los violadores, así son los abusadores. Y después me enteré de que no fui la única: abusó de nenes varones, que abusó de vecinas… A una nena de 12 años la dejó embarazada; los padres la hicieron abortar.

—¿No lo denunciaron?

— No, por vergüenza de la hija. O sea, según ellos, la hija quiso. Pero era una vergüenza que a los 12 años traiga un hijo de un hombre grande.

—¿Llegaste a sanar todo este dolor?

—De a poquito, de a poquito… Hoy tengo 32, y hará un par de años que ya no sueño. No me podían tocar el cuerpo, me daba rechazo, no disfrutaba estar con un hombre, no podía besar. Llegó a molestarme que mi hijo me tome la teta, que es el acto de amor más grande de una mamá. Y yo no quería que me toque, no quería que me tome la teta porque lo sentía a él…

—¿Se te venía la imagen de tu papá?

—Sí. Sí, sí… Cerraba los ojos y lo sentía a él. No quería que nadie me toque. Después, con el tiempo, fui soltándome…

—¿Cómo hiciste? ¿Con ayuda de un psicólogo?

—No, no fui a un psicólogo. No, yo sola. Yo sola.

—¿Te acordás el día en que todo empezó?

—Tenía 11 años. Me acuerdo muy bien de ese día… Me llevó al fondo, me preguntó si yo conocía lo que era el sexo, se bajó los pantalones y me hizo que lo tocara. Él en casa pretendía que yo fuera su mujer, que duerma con él; y yo no quería, yo me escapaba. Me decía: "Yo quiero que la primera vez la tengas conmigo". Yo no sabía qué hacer, me defendía con golpes, con lo que encontraba, con cadenas, con palos. Era mi papá y yo le pegaba para que me suelte, que no me toque. Me llegó a decir: "Traéme a tus compañeras y yo no te hago nada". Yo no quería llevar a nadie porque no quería que nadie pase lo que estaba pasando yo. Hasta que me fui de ahí.

Érica Johana, en los estudios de Infobae (Foto: Santiago Saferstein)
Érica Johana, en los estudios de Infobae (Foto: Santiago Saferstein)

—¿Eso pasaba todos los días?

—Todos los días. Cuando me quedaba a dormir en la casa de una amiga me daba una paz… Para mí no era normal que un padre y una hija se llevaran bien porque él me hacía creer que en todas las familias pasaba lo mismo, que todos los padres se acostaban con las hijas, que cuando los hijos tenían ganas, se acostaban con los padres. Cuando fui creciendo me di cuenta de que no era normal que un padre desee a su hija. Y yo, le deseé la muerte: me levanté muchas veces con un cuchillo en la mano para matarlo. 12, 13 años tenía yo. Me levanté a matarlo.

—Y llegabas a ir hasta la cama…

—Sí. Él dormía, mi mamá dormía, y yo me levantaba para matarlo.

—¿Qué te frenó?

Que nadie iba a saber por qué lo maté.

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