
La Bella y la Bestia es un cuento popular francés. Su origen no es claro, de hecho hay varias interpretaciones sobre el nacimiento de la historia. Una línea sugiere que retrata la vida de Petrus Gonsalvus, un servidor de Enrique II que vivió en Francia entre 1537 y 1618. Padecía la enfermedad de la hipertricosis o "síndrome del hombre lobo" -muy atípica: sólo se documentaron 50 casos desde la Edad Media- que se caracteriza por tener un exceso de vello en todo el cuerpo, menos en las palmas de las manos y los pies. Por esta razón, se cree que Gonsalvus, también conocido como "el Salvaje Gentilhombre de Tenerife", era el personaje real de la historia. Podría ser, ¿no?
Lo cierto es que el cuento alude a la relación entre lo humano y lo animal, una suerte de hechizo oscuro que sólo el amor puede romper. Se le atribuye, no la autoría, sino la primera publicación del relato (1740), a Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve, aunque la popularidad la obtuvo la versión breve de Jeanne-Marie Leprince de Beaumont de 1756. Su carácter folclórico pero a la vez universal dio pie para que se hagan las más variadas producciones, sin embargo hubo una que se destacó por el resto: la que Jean Cocteau estrenó en el cine el 29 de octubre en 1946, hace exactamente 70 años.
Además de cineasta, Cocteau era poeta y tenía una relación muy arraigada con el arte. En uno de su libro, Retratos-Recuerdo, publicado en 1935, se pregunta: "¿Para qué referir una historia que no lleve en sí el peso inimitable de la verdad?" Desde ese lugar hablaba, desde un compromiso profundo con narrar la realidad -aunque con La Bella y la Bestia parezca lo contrario, ya que se lo conoce ingenuamente como "un cuento de hadas"- o al menos su visión de esa realidad, utilizando los mecanismos que el dispositivo le permita, sea el género que sea, sea el arte que sea. Pero, ¿realmente es "un cuento de hadas"? Por empezar, los protagonistas de la película ya se conocían de antes: Jean Marais (Bestia) y Mila Parély (Félicie) estuvieron casados entre 1942 y 1944 en una relación corta pero intensa, sin embargo cuando la rodaron, en el año 1946, ya estaban separados.

Pero la historia viene de antes y data del año 1937, cuando Cocteau conoció a Jean Marais. El actor tenía 24 años, el director 48. Comenzaron a tejer una sigilosa amistad que al poco tiempo se convirtió en romance. Mezcla de tutoría, admiración, inteligencia, pero sobre todo belleza: el atlético cuerpo desnudo de Marais lo deslumbró de manera tal que llegó a decir que poseía "las características de esos hiperbóreos de ojos azules de los que habla la mitología griega".
Criticado por la homofobia de la época, su vínculo fue tan intenso que se transformó en lealtad. Basta un ejemplo: cuando realizaron juntos en el teatro la obra Los padres terribles, estrenada en 1938, famosa por narrar un romance homosexual, las críticas no fueron buenas. Eran años difíciles para Francia que, pese a ser una vanguardia progresista en Europa, recibiría la ocupación nazi en 1940. La anécdota cuenta que Malais, tras leer una nota en una revista cultural que denunciaba la obra por ser "degenerada" y "corromper a la juventud", fue a buscar al crítico y lo golpeó hasta que se retractase. Teniendo en cuenta el porte de Malais, es probable que no le haya bastado con unas temerosas disculpas.

La Bella y la Bestia tiene un preámbulo que hay que destacar. Después de los créditos de apertura, Cocteau rompe brevemente la distancia entre el productor y el espectador con un texto escrito anticipatorio: "Los niños creen lo que les decimos. Tienen fe en nosotros. Ellos creen que una rosa arrancada de un jardín puede hundir una familia en conflicto (…) pero también creen en mil cosas más simples. Les pido un poco de esa simpatía infantil… esas tres palabras verdaderamente mágicas: Érase una vez…" El pedido es directo, no así sencillo. ¿Puede el espectador despojarse de sus prejuicios, su ideología y su historia para recibir con holgada ingenuidad infantil el producto artístico? Ese purismo es objetivamente imposible, pero su búsqueda es necesaria. "Esta película es una pieza tan libre como un dibujo animado", decía Cocteau. En esa libertad de interpretación radica su potencia: un camino de ensueño luminoso con el énfasis puesto en las formas más que en los temas, en los planos y sombras, más que en las acciones, en las miradas y vocalizaciones más que en los diálogos.
A diferencia de la connotación desagradable y temerosa de las bestias, la de Jean Cocteau es, no sólo imponente, también luminosa (mérito de Henri Alekan, el director de fotografía del film, conocido como "el poeta de la luz"). Cuando Josette Day en el papel de Bella baja las escaleras apresuradas y se encuentra con la Bestia la escena funciona como un látigo: ella abre la boca y levanta las cejas en señal de asombro; cambia el plano y la cámara toma al monstruo que se erige, alto y formidable, bajo el marco de la puerta. Entonces Bella se desmaya.
En esa aparición -la primera vez que los protagonistas se encuentran- se puede apreciar lo que el propio Cocteau dijo en una entrevista: "el cinematógrafo es un arma muy poderosa para la proyección del pensamiento, incluso ante una muchedumbre reticente". Toda película tiene su escena contundente, pero son pocas las que logran romper con la barrera de lo efímero y alojarse en el recuerdo del espectador. En el mismo reportaje, realizado por André Fraigneau, cuenta que un amigo suyo odiaba el cuento, le parecía repulsivamente banal, pero que al ver su película quedó fascinado. La importancia, sostiene Cocteau, está en comprender al cine como un vehículo del pensamiento o "un medio para decir ciertas cosas en lugar de expresarlas con tinta y papel", más que un mero entretenimiento pasatista. Como una maquinaria de la conmoción y la reflexión, así militaba el cine.
Se podría decir que La Bella y la Bestia es una historia sobre la belleza, y como se sabe, la belleza no está en los temas sino en las formas. Hay un pasaje de la película donde el diálogo entre los protagonistas resuelve algunas dilemas de la época: ¿qué es la belleza: un patrimonio genético de pocos, una construcción cultural intencionada o un relativismo absurdo? Probablemente se todo junto y a la vez.
—Mi corazón es bueno, pero soy un monstruo.
—Hay hombres mucho más monstruosos que vos y que lo ocultan.
—Además de feo, no tengo inteligencia.
—Tenés la inteligencia para darte cuenta.
La influencia surrealista de la época se observa en el fin que, si bien no tiene las destrezas del absurdo de Un perro andaluz (Luis Buñuel con Dalí, 1928), entra dentro de lo que André Breton aclamaba en el Manifiesto Surrealista de 1924: "Amada imaginación, lo que más amo en ti es que jamás perdonas". Sobre esa imaginación originaria que todo ser humano cultiva desde la infancia y se va extinguiendo y racionalizando con el correr de la adultez está edificada esta película de Jean Cocteau que, no es un hecho menor, cumple 70 años. ¿Cuántas obras cinematográficas han logrado prevalecer tanto? Se podría decir que un pequeño grupo selecto, un listado de films que quedará guardado para mostrarle, miles de años más adelante, a alguna extraña cultura del futuro, qué hacía la humanidad en este tiempo. Seguramente quedarán fascinados.
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