El cine con escualos atacando a humanos es un género en sí mismo. Desde la mítica película de Steven Spielberg, pasando por la original Mar Abierto o la más cercana y sangrienta Miedo profundo, hemos sido testigos de cientos de filmes que se desarrollan en el agua con estas fieras sedientas de sangre. A 47 metros, que llega a los cines tardíamente esta semana (en los Estados Unidos se estrenó en junio de 2017), pertenece a este grupo de películas.

Dos hermanas, turistas americanas en México, deciden participar de una excursión extrema en las azules aguas del Pacífico: sumergirse encerradas en una jaula rodeadas de famélicos tiburones blancos. Por supuesto, como es de esperarse en este tipo de historias, nada sale bien, y las muchachas terminan a 47 metros de profundidad, atrapadas, con poco oxígeno y muchas chances de convertirse en alimento para los depredadores del mar.

Hay poco para destacar en este thriller subacuático, cuenta con un argumento muy pobre y con personajes motivados por causas poco creíbles. Es un filme que está plagado de clichés sonoros (golpes que acompañan las apariciones de los tiburones) y de efectos especiales baratos que apenas si funcionan. Algún distraído podrá sobresaltarse en la butaca ante alguno de los ataques de los "monstruos marinos", pero no mucho más que eso. El director Johannes Roberts construye este filme recurriendo a patéticos CGI (hasta la sangre es digital) y escenas claustrofóbicas que nunca llegan a ser efectivas.

Mandy Moore y Claire Holt, protagonistas casi exclusivas de la trama, jamás logran transmitir desesperación, los diálogos ridículos y las situaciones inverosímiles las hacen participes de una comedia involuntaria.

Lo mejor de la película es que se arriesga a completar un metraje casi exclusivamente bajo el agua, aunque esto implique que el mismo… nunca salga a flote.

Mi calificación: 4 puntos

Por Alexis Puig