
Adriana Aguirre lleva más de cinco décadas construyendo una carrera que no se deja clasificar con facilidad. Rosarina, hija de una familia humilde y trabajadora, supo desde muy joven que su camino estaba en el arte, aunque tardó en convencer a su padre de que el escenario no era sinónimo de perdición. Se abrió paso como modelo con una tapa de la *Clarín Revista* de los domingos a los 16 años, casi por casualidad, y de ahí saltó al cine, a la revista, a la televisión y, sobre todo, al teatro comercial, donde construyó un nombre que resiste el paso del tiempo. Hoy, a sus 74 años, continúa actuando, conduce un ciclo periodístico en Net TV junto a Tomás Dente y se suma a uno de los proyectos más disruptivos del verano porteño.
Esa propuesta es Fondo de Olla, la obra número 71 de José María Muscari, que llega el 21 de enero al teatro Piccadilly con un formato que nunca se vio en la calle Corrientes: teatro a la gorra protagonizado por famosos. El público entra, ve la función y al final decide cuánto pagar. Junto a Aguirre, en el elenco, figuran Marta Albertini, Victoria Carreras, Daniela la Cantante, Nadia Di Cello, Alejandra Majluf, Alejo Ortiz, Silvia Peyroú, Raúl Rizzo y la Srta. Lee. Diez figuras del circuito comercial que dijeron que sí a un experimento que el teatro mainstream rara vez se atreve a plantear en voz alta.
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— Vas a formar parte de Fondo de Olla, la obra a la gorra que llega a la calle Corrientes. ¿Qué te convenció de sumarte?
— Para mí es un desafío a nivel personal. Siempre trabajé en el teatro comercial, donde la gente iba a la boletería y pagaba la entrada. Hoy hay mucha gente que no tiene plata para pagar cincuenta mil pesos o más por ver una obra. Yo le debo todo a ese público: me hizo millonaria en los 80 y en los 90, compré propiedades, tuve una vida que nunca había imaginado desde la humildad en la que crecí. ¿Qué me cuesta devolverle algo? Que me vean sobre un escenario sin la necesidad de sacar dinero del bolsillo, porque sé que muchos no lo tienen.
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— El público verá la función y decidirá al final cuánto pagar. ¿Qué sensación te genera ponerle ese valor al trabajo en manos de los espectadores?
— Es absolutamente liberador. Pueden poner diez mil pesos y si no pueden nada, no importa. Tienen la ventaja de poder vernos igual. El argentino tiene una virtud: cuando tiene plata, la gasta. Es gastador, es salidor. Pero en este momento hay mucha gente endeudada, que se va de vacaciones, que usa la tarjeta más de lo que debería. El teatro es un disfrute y no queremos que el precio sea el que los deje afuera.
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— ¿Creés que el teatro a la gorra puede acercar a un público que hoy queda afuera de las salas por el precio de las entradas?
— Claro. Y además esto tiene un significado que va más allá del formato. Hoy hay 15 millones de personas en situación de pobreza en Argentina. El título no es ni peyorativo ni gracioso: tiene que ver con la reflexión, con el bolsillo del otro. Fondo de olla significa eso para nosotros como elenco, porque cada uno de los diez ha tocado el fondo en algún momento de su vida. Y significa eso también para el público.
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— No es la primera vez que trabajás con Muscari. ¿Qué encontrás en él para volver a aceptar una de sus propuestas?
— Trabajé con él en Extinguidas, que también es uno de esos títulos que te hacen pensar. Todas las obras de Muscari apuntan a lo mismo: si tenés dos neuronas, tratá de llegar a tener tres. Pensar, reflexionar, que algo te quede. Me convenció la propuesta porque la vi nacer: cuando estaba en Carlos Paz haciendo Extinguidas en el Candilejas —con un éxito alucinante, pero con entradas de ochenta mil pesos—, él hacía a la gorra con actores no famosos. Acá da el salto: la calle Corrientes, con figuras del circuito comercial. Nunca se había hecho.
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— Hablás del fondo de olla del elenco, del público. ¿Cuál fue el tuyo?
— La pobreza. Nací en Rosario, en una familia maravillosa, muy humilde y muy trabajadora. Mis padres hicieron lo posible y lo imposible para sacarnos adelante a los tres hermanos. Mi padre era artista plástico, egresado de Bellas Artes, también licenciado en toxicología, escribió un libro. Un hombre muy preparado, pero la plata siempre fue ajustada. Siempre vi desde el fondo de la olla. Pero también vi que había una salida: la luz estaba arriba y había que trepar con el esfuerzo y el sacrificio. Mis padres nos inculcaron eso: la educación era la salida. Me faltan diez materias para recibirme de abogada en la UBA, así que hasta ahí llegué.
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— ¿Qué te sacó de ahí?
— Yo bajaba las escaleras hacia el CBC, tenía 16 años, minifalda de jean, tacones, cuando me paró Carlos Vidal, director de fotografía del *Clarín* de los domingos. Me dijo que podía ser modelo, que me iba a hacer un book de fotos y que esa foto podía ser tapa. Yo siempre fui lanzada: el que no arriesga no gana. Crucé la calle, posé entre las flores de un puesto y salí en la tapa. Cuando mi viejo abrió el diario ese domingo y me vio, me preguntó qué hacía yo ahí. Le conté todo. Me dijo que ni se me ocurriera, que tenía que seguir estudiando. Pero el teléfono empezó a sonar. Fui de agencia en agencia con el book bajo el brazo y tuve la bendición. Llegué a tener diez publicidades en el aire al mismo tiempo. La de Cinzano la gente la recuerda hasta hoy. Después vine al teatro de revista y ahí llegó la consagración.
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— ¿Cómo es hoy tu relación con Ricardo García y qué lugar ocupa en tu vida?
— Ricardo García es el gran compañero de mi vida, el compañero de ruta. Podemos tener muchas desavenencias, no siempre transmitimos en la misma frecuencia: a veces él va en AM y yo estoy en FM. Eso fue permanente en nuestra relación durante treinta y dos años. Pero treinta y dos años de compañerismo no se rompen. No voy a abandonar a su persona ni él la mía, estoy segura de eso. Volvimos a convivir desde el Mundial. Pero convivimos como familia, como compañeros.
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— ¿Como pareja amorosa?
— No como matrimonio ni como pareja activa. Por el momento es así, y no sé si las cosas van a cambiar.
— Es decir, sin sexo.
— No, no, no. Está bien hablado eso. Lo que sí sé es que lo que hay entre nosotros es sólido, aunque nuestra manera de pensar, de evaluar las cosas desde la conciencia y el corazón, no siempre coincida. Las rispideces existen, pero no significan abandono.
— ¿La edad pesa en un vínculo o lo que importa es la conexión con la otra persona?
— La conexión. Siempre la conexión. La edad es un número. Lo que importa es lo que se genera entre dos personas, la frecuencia en la que sintonizan, lo que se dicen sin palabras. Eso no tiene edad.
— ¿Tenés límites claros en el amor y en los vínculos ocasionales?
— No busco nada. La vida te presenta todo. Si algo tiene que surgir, surge, y si no tiene que surgir, no surge. No tengo ninguna aplicación, ni Tinder, ni nada, no salgo a la búsqueda de nada. Cuando aparece, aparece. Y sí, como todo el mundo, hay momentos que se dan. Fue lo que pasó con Paco Amoroso: fue un romance corto, fue muy lindo, pero ya pasó. La monogamia estricta es algo que no existe, la gente joven ya lo tiene claro. El caretaje es de toda la vida, pero la monogamia real es otra cosa. Yo no juzgo nada de eso. No me van a escuchar faltarle el respeto a nadie, ni en el periodismo ni en la vida personal. Eso sí es un límite que nunca cruzo.
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