
A un año de su partida, el nombre de Alejandra Darín vuelve a ocupar un lugar central en la memoria colectiva del mundo artístico argentino. No solo por su trayectoria como actriz, marcada por la sensibilidad y el compromiso, sino también por su rol fundamental como dirigenta sindical, una figura imprescindible en la defensa de la cultura y de los derechos de quienes viven del arte. Su ausencia sigue doliendo, pero su legado permanece intacto.
“Se cumple un año del fallecimiento de Alejandra Darín, presidenta de la Asociación Argentina de Actores y Actrices, y su ausencia sigue siendo profundamente sentida en el sindicato y en todo el ámbito de la cultura argentina”, expresaron desde la entidad que condujo durante 14 años. Y agregaron: “Evocarla hoy no es solo un acto de memoria, sino también de reconocimiento a una trayectoria marcada por el compromiso, la coherencia y una lucha inclaudicable en defensa de los derechos de las y los trabajadores de la cultura”.
Alejandra fue mucho más que una actriz reconocida y respetada. Fue una dirigenta sindical combativa, con una clara conciencia política y una mirada estratégica sobre el rol del sindicalismo en contextos adversos. Desde la presidencia de la Asociación, impulsó el fortalecimiento institucional del gremio, defendió con firmeza los convenios colectivos de trabajo. Alzó la voz cuando otros callaban y nunca concibió a la cultura como un privilegio: para ella, el arte era un derecho y, sobre todo, un trabajo que debía ser protegido sin concesiones.

Convencida de que no hay organización fuerte sin una base federal sólida, promovió una Asociación más cercana, más territorial, más presente en cada rincón del país. Durante su gestión se alcanzó uno de los hitos más importantes de la historia gremial: el reconocimiento pleno de la profesión actoral a través de la Ley del Actor y la Actriz, una conquista largamente esperada que garantizó derechos laborales fundamentales para miles de trabajadoras y trabajadores.
“A un año de su partida, su legado sigue vivo en cada pelea que damos y en cada derecho que defendemos frente a la adversidad”, señalaron desde la entidad. “Recordar a Alejandra Darín es reafirmar la convicción de que la lucha y la solidaridad son el camino”. Y el mensaje cerró con una consigna que resuena con fuerza: “¡Compañera Presidenta Alejandra Darín, presente, ahora y siempre!”.
Pero la historia de Alejandra comienza mucho antes de su rol sindical. Empieza con una niña de apenas nueve años que, con la naturalidad de quien nació entre bambalinas, debutaba en la telenovela La selva es mujer, compartiendo escenas con figuras como Leonor Manso y Víctor Hugo Vieyra. Esa niña ya conocía el ritual del teatro desde los cuatro años, cuando acompañaba a su madre, la reconocida actriz Reneé Roxana, y observaba fascinada las luces, los ensayos y los aplausos.

Es que el escenario era casi un patio de juegos para ella. Nieta de Andrés Darín, empresario teatral, creció rodeada de telones y tablados. “A los cuatro años ya estaba en el teatro, acompañando a mi mamá cuando hacía Hello, Dolly! con Libertad Lamarque. Me fascinaban las luces, los ensayos, los aplausos. Todo empezó como un juego, pero ese juego nunca terminó”, recordó en su última entrevista, publicada en Página/12.
Sobre su debut profesional, evocaba: “Tuve la suerte de crecer en un ambiente donde el arte no era un trabajo, sino una forma de vida. Trabajar de niña en televisión me hizo entender lo que significa el esfuerzo, pero también el placer de contar historias”.

Con los años, Alejandra construyó una carrera sólida y versátil. En televisión participó de éxitos que marcaron época, como La extraña dama, Amo y señor, Una voz en el teléfono y Rincón de luz. En cine dejó su impronta en títulos como Ni Dios, ni patrón, ni marido y Un minuto de silencio. Sin embargo, fue el teatro, ese ámbito que veneran especialmente los artistas, el espacio donde encontró su verdadera casa.
“El teatro me enseña cosas que ningún otro medio puede. Allí no hay segundas tomas ni atajos. Es el lugar donde los personajes llegan para marcarte y transformarte”, afirmaba con convicción. Entre las obras que definieron su recorrido mencionaba Esquirlas, de Mario Diament, a quien reconocía como una figura clave en su crecimiento artístico. También destacó trabajos como Un informe sobre la banalidad del amor, Tierra del Fuego y Condolencias, experiencias que —según decía— la transformaron no solo como actriz, sino como persona.
El apellido y el linaje artístico fue, para ella, un orgullo y un desafío. Siempre habló con admiración de su hermano Ricardo Darín, pero dejó en claro que cada uno había construido su propio camino. En 2002 compartieron pantalla en el filme Samy y yo, una experiencia que fortaleció aún más su vínculo artístico y personal.

Alejandra continuó el legado familiar con la llegada de Antonia y Fausto Bengoechea, fruto de su relación con el actor Alex Benn. Ambos siguieron el camino del arte y siempre destacaron la influencia de su madre. “Mi mamá es una fuente de inspiración. Hablar con ella siempre me deja algo nuevo, algo que me agranda el alma y el pensamiento”, dijo Antonia en una entrevista con Teleshow. Su hermano destacó un matizque lo acompaña hasta hoy: “Ella nos enseñó a ser nosotros mismos. Siempre nos apoyó para que persiguiéramos nuestros sueños, sin importar de dónde veníamos o el apellido que lleváramos”.
Desde la Asociación Argentina de Actores y Actrices, al despedirla, fueron contundentes: “El gremio perdió a una líder, pero también a una amiga”. Una definición que resume el vínculo humano que Alejandra supo construir, basado en la escucha, la empatía y la convicción.
A un año de su muerte, su ausencia sigue siendo difícil de asimilar. Su sensibilidad, su talento y su compromiso dejaron una huella imborrable en el espectáculo argentino y en la lucha gremial. Las luces del escenario pueden apagarse, pero su voz —la de aquella niña que empezó a actuar a los nueve años y nunca dejó de creer en el poder transformador del arte— seguirá resonando, viva, en cada aplauso y en cada derecho conquistado.
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