
El doctor Alberto Cormillot celebró el aniversario número 64 desde que se recibió de médico. Lo hizo como le sale: con emoción, gratitud y memoria. En sus redes sociales, compartió una fotografía de aquel instante fundador y un texto que desborda humanidad y lucidez. ¿Cuántos se detienen a hacer balance así, a solas con sus recuerdos y los sueños que le pusieron alas al primer día?
“Un día como hoy, hace 64 años, me recibí de médico. Recuerdo el orgullo de mis padres… y aquellos primeros siete objetivos que anoté casi como un mapa para empezar a andar”, escribió el profesional. En la imagen en blanco y negro, apenas amarillenta por el tiempo, el joven Alberto, de perfil derecho, recibe su diploma de manos de dos figuras emblemáticas: el profesor Molinari y el decano Luis Munist. El brillo en el rostro del flamante doctor no es ficción ni pose. Allí está, estrechando el brazo del decano, canoso y de anteojos gruesos, que lo mira de frente a punto de entregarle el diploma. La sala es oscura y el fondo se diluye. La luz, ese día, estaba puesta en el joven Cormillot.
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Pasaron seis décadas y cuatro años desde esa noche. Los padres de Cormillot, presentes en el recuerdo, fueron los primeros en sentir el orgullo. “Con los años entendí que la vida profesional —y la vida en general— es una mezcla de metas alcanzadas, otras postergadas y algunas que ni siquiera llegaron a empezar”, reflexionó. No es el discurso de quien presume un camino recto, sino de quien mira atrás y reconoce: “En este recorrido hubo aciertos, errores, proyectos que se cumplieron y otros que quedaron en el tintero. Lo que siempre estuvo: perseverancia, estudiar todos los días, lo más posible, trabajar en equipo, servir, escuchar”.
¿Quién puede juzgar la plenitud de un trayecto salvo quien lo camina paso a paso? “Un día a la vez. Haciendo lo mejor posible hoy… y mañana otra vez”, repite, como si aun hablara al muchacho de la foto.
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En la foto, el ritual universitario cobra forma: traje oscuro y corbata para el homenajeado, el decano Munist en la solemnidad de su cargo, Molinari listo para entregar el diploma. Las miradas se cruzan en ese instante breve que convierte a un estudiante en profesional. Al fondo, apenas delimitadas, otras figuras anónimas asisten a la ceremonia.

Desde entonces, toda la vida del doctor Cormillot estuvo “dedicada a cuidar, aprender y compartir”. Pero el eco de ese logro sigue resonando. Mensajes de pacientes, colegas y admiradores inundaron las redes sociales: “¡Felicitaciones, querido Doc! Toda una vida al servicio de la salud. Un orgullo nacional es usted”. Otro mensaje, aun más directo: “¡Felicidades Doctor! ¡Le estoy escribiendo desde una habitación de su clínica! Usted y todo su equipo, son lo MÁS!”. Entre centenares de palabras, se cuela la gratitud de generaciones.
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El recorrido no terminó ahí. Hace apenas unos meses, el nutricionista celebró el cuarto cumpleaños de Emilio, el hijo que comparte con Estefanía Pasquini. La vida y su circularidad: del diploma recibido a los abrazos en familia.
Respecto de su salud, hace solo unos meses explicó que convive desde hace décadas con un problema hereditario. “Tengo colesterol hereditario, me lo diagnosticaron cuando tenía 20 años, y lo vengo controlando desde aquella época. Pero tengo también muchos kilómetros de rodaje, y entonces se van acumulando placas en las arterias. Esas placas, si uno hace todo bien, se estabilizan, eso quiere decir que se meten adentro de la pared y no joroban más”, detalló sin filtros al subrayar los factores de riesgo que arrastra desde la juventud y explica en primera persona las claves del cuidado y la prevención de la salud.
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