
El bullicio en la puerta del teatro Broadway, en plena calle Corrientes, parecía, por un instante, condensar toda la ansiedad de quienes no se resignan a ver a sus ídolos solo sobre el escenario. Una multitud esperaba a Peter Lanzani al salir de la función. Pero esta vez no era solo por una foto o un autógrafo: los teléfonos se alzaron cuando apareció y la exclamación se volvió un eco en las redes sociales: Peter se cortó el pelo.
Hace apenas unos días, en una entrevista para Infobae, el propio actor se permitió una confesión poco habitual en tiempos de blindaje emocional. “A mí me han tildado de todo, desde sucio, de linyera, y he sido desde un zurdo de izquierda asqueroso hasta un facho de derecha. Hiere. Somos, por sobre todas las cosas, seres sensibles. Por más que hay gente que se haga la dura, las balas pasan, claro que duele”, admitió el actor. Aunque suele disimular con humor los embates, esta vez la sinceridad laceró un poco más el rol de “punching ball” que otros le adjudicaron.
Sin embargo, la verdadera razón del corte de cabello obedeció a una cuestión que poco tuvo que ver con la estética: vino impulsado por el reestreno de El Emperador Gynt, la obra en la que Lanzani interpreta a 14 personajes distintos, todos encarnados en Pedro Gynt, el viajero de las fantasías existencialistas. “Hoy me voy a cortar el pelo y me voy a dar cuenta que me va a cambiar la fisicalidad. Y eso es lo que trato de buscar en los personajes. Te coloca en otro lugar o te pone un peso, o te abre los hombros, o te hace respirar de otra manera, o te tira una mirada más al ras de los ojos, o con una leve soberbia, o con una angustia para abajo...”, reflexionó él mismo sobre el proceso.
La temporada de septiembre en el teatro Broadway lo verá todos los martes y jueves, mientras la tragicomedia —que explora el poder del “yo” y el autoconocimiento— dialoga indirectamente y con humor sobre cómo afectan las críticas a la propia autoestima. El destino de Pedro Gynt, empeñado en convencer al “Fundidor de Almas” de su valía, parece un guiño a la batalla interna de muchos artistas ante el ojo ajeno.
Al final, las redes, los pasillos del teatro y hasta las viejas fotos de la adolescencia recobran sentido: lo superficial se fusiona con lo profundo, el cambio de look se transforma en símbolo. Lo cierto es que Peter Lanzani, para bien o para mal, volvió a ser noticia, ocupando el centro del escenario incluso al bajar el telón. ¿Y quién puede decir cuál será su próximo acto?
No resulta extraño, entonces, que sus seguidoras vibraran en la puerta del teatro cuando lo vieron con el pelo cortado. Una usuaria en X (antes Twitter), no dudó en plasmar el momento: “La cantidad de gente que lo esperó a la salida de la función y él se sacó foto con todos, por más cansado que estaba. Es un ángel (sí, secortó el pelo)”. Y otra, con nostalgia, escribió: “Peter Lanzani con el pelo corto y de fondo un póster de ‘Patito Feo’, ¿volvimos al 2008?”.
Las redes sociales, ese escenario tan voraz como inestable, se llenaron de comentarios y comparaciones. No faltó quien apuntó que los críticos no se arrepintieran ahora “diciendo que lo aman”, ni las que, evocando los años de “Casi Ángeles”, aseguraron que solo quien tuvo a Lanzani como primer amor tuvo una niñez completa.
Pero entre los flashes y la euforia, quedaba flotando una pregunta: ¿el cambio de imagen fue una rendición ante la presión de los prejuicios o un acto voluntario, casi artístico? Peter Lanzani lo aclaró, a su modo, en aquella entrevista: “El error es tratar de encantar, quizás... Es increíble cómo todavía seguimos junando a la persona por sus apariencias. Es algo que va a ser difícil de cambiar y cada uno es y puede hacer lo que pueda. Está bien, yo respondo con lo que hago. Pero bueno, trato hoy día de darle un poco más de bola. No tengo un look que me defina porque hace muchos años que no me corto el pelo como yo quisiera, porque si yo me cortase el pelo como quisiera, tendría cosas rarísimas, porque me gustan, lo más probable”. Sus palabras, amplias pero ciertas, interpelan más allá de la inmediatez viral: la apariencia como campo de batalla, la autenticidad como trinchera.
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